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PONENCIAS
DE LA
PUBLICIDAD DE OBJETOS AL OBJETO DE LA PUBLICIDAD
Un discurso gratuito
Gérard Imbert (*)
La publicidad fue un vector fundamental
de la modernidad. En la posmodernidad, los objetos cobran
autonomía y los signos se autoproducen. Hoy llegamos
a una publicidad que está más allá del
referente.
"Cuando desaparece el jefe,
sobreviene el Pánico" Jesús Ibáñe
LA PUBLICIDAD COMO VECTOR DE LA MODERNIDAD
La modernidad que arranca con el Siglo
de las Luces se caracteriza por una extensión del espacio
público:
mediante la instauración
de aparatos de representación en el ámbito político:
se legisla el deber-decir y el deber-hacer del ciudadano;
pero también en
un plano más simbólico, asistimos a una extensión
del discurso público (en términos modales para
retomar una categoría semiótica una liberalización
del poder-decir y poder-hacer en público).
A esto se añade
una mutación en el régimen de visibilidad social:
acceden a un reconocimiento social sujetos que hasta entonces
no tenían derecho a voto: clases marginadas, grupos
excluidos política o moralmente hablando...
Se establecen así nuevas formas
de publicidad (utilizo el concepto en el sentido habermasiano)
mediante las cuales se escenifican una serie de instancias
y actores constitutivos de una cierta visibilidad social.
Lo social cobra cuerpo a través
de la escenificación del actante colectivo en sus diferentes
encarnaciones: pueblo, nación, electores proyectados
en las simulaciones estadísticas, a través también
de la visibilización de los actores sociales y de sus
representantes (portavoces, grupos, plataformas: institucionales,
gremiales, marginales).
Emergen nuevos actantes: la opinión
pública es uno de ellos, la figura del consumidor es
otro y, más extensivamente la del espectador (el que
contempla el espectáculo mediático). El discurso
social se figurativiza.
Emergen por otra parte nuevas figuras
del Poder (donde lo que desaparece es precisamente una distancia
infranqueable, una imagen inasequible, del Poder: el Poder
como instancia trascendente) y se instalan nuevas formas de
mediación que obligan a una redefinición del
espacio público.
La publicidad ya sea publicidad
de productos, marcas, imágenes o símbolos
es un vector fundamental casi se podría decir
fundacional de este nuevo régimen de visibilidad
social. Y lo es de manera ambivalente: a la vez como conquista
de un derecho a decir y dar a ver y como exacerbación
del mismo, como una especie de polución visual, de
saturación semiótica. En cualquier caso, una
transparencia excesiva acaba por cegar la vista. El bosque
acaba ocultando el árbol, la saturación de representaciones
termina desvirtuando el objeto, desmaterializándolo.
La publicidad, como discurso de la modernidad,
está plenamente involucrada en esta ampliación
del espacio público (el discurso publicitario es de
todos y no es de nadie: no man's land de la modernidad): con
el paso de una representación política a un
régimen formal de representación se instaura
una era de los signos en la que domina la imagen-representación
sobre la realidad-historia.
La mediación, hoy, pasa cada
vez más por el discurso, por una economía política
del signo en un proceso que está operando una culturización
de lo social consistente en hacer de los signos culturales
signos de distinción, esto es, indicadores sociales.
Se establece así un imperio de
las formas que tiene su principal vehículo en la publicidad:
no sólo la publicidad comercial, sino también
la publicitación de los signos, de las imágenes
de marca que invade hoy el mundo de la política, de
la administración pública (véase la publicidad
institucional) y por supuesto la cotidianidad (el imperio
del look).
LA PUBLICIDAD: DE OBJETO DE CONQUISTA
A OBJETO DE INVASIÓN
La publicidad históricamente
hablando ha contribuido a ventilar una serie de objetos
que airean valores hasta entonces tabú, o por lo menos
reservados a la expresión privada, es decir excluidos
del decir (del discurso público); en particular todo
lo relacionado con el cuerpo, la intimidad, el inconsciente,
la parte oculta por no decir maldita (véase Bataille)
del individuo.
Hay una fase ascendente de la publicidad
que coincide con la posguerra que expresa una
idea de conquista del mercado, pero también conquista
simbólica, conquista de un espacio de expresión;
esta expansión culmina con el desarrollo de los medios
de comunicación audiovisuales en los anos 60 y el auge
de las ideologías desarrollistas. Traduce una fe ilimitada
en la Historia basada en la idea de progreso y conquista:
conquista del planeta e incluso del universo, descubrimiento
de la otredad con el desarrollo de los viajes y de la ciencia-ficción...
Como tal, la publicidad es expresión
de la ideología de la ilusión progresista (fe
en el progreso) consistente en siempre producir más
(tanto bienes materiales como simbólicos) para consumir
más y cada vez más diferente. En las pequeñas
diferencias (lo mismo pero envuelto de otra manera, dicho/figurativizado
de otra manera) se encuentra la engañifa de la publicidad
moderna (lo mismo pasa con los productos comerciales que con
los políticos... hasta que algunos políticos
franceses inventaran le parler vrai - el habla auténtica...¡Como
si antes no lo fuera!).
Esta ideología se asienta en
la exploración de los límites, en la conquista
de un objeto indefinido (que siempre hay que redefinir) que
tiene que ver con la fe en lo ilimitado de la Historia (dogmas
que se verían todos seriamente cuestionados en el 68...).
Desde esta perspectiva, cuatro podrían
ser las características esenciales del discurso publicitario:
Es derrochista: se basa en la
abundancia, la sobrepuja de mensaje e imágenes. Produce
bienes simbólicos: imágenes de marca, es decir
proyecciones fantasmáticas de la realidad y no directamente
riqueza. Traduce una fase expansionista glorificante
del capitalismo. Va contra cierta tendencia protestante del
mundo capitalista; es contrario a toda idea de ahorro. Hasta
cierto punto se vuelve una necesidad intrínseca, mas
allá de la finalidad comercial: aunque no se venda
más, hay que estar presente en el mercado... Es de
alguna manera, anti-económico.
Es hedonista: está
ligado a la idea de placer inmediato (negación de la
racionalidad dominante). Hay incluso un componente gratuito
en él. Descansa en el principio de placer ligado al
consumo/a la consunción del objeto. Va en contra de
cualquier idea de prohibición. Incluso se deleita en
infringir la ley (pequeñas infracciones como por ejemplo
el pecado de gula, la envidia, etc.).
Es lúdico: se basa
en el juego: con los objetos, hasta conseguirlos; juega también
con las reglas: hay siempre en el mensaje publicitario pequeñas
trampas para conseguir su objetivo como ocurre por ejemplo
en la limpieza del hogar (eliminación del malo: la
suciedad) o las escenas de seducción (eliminación
del obstáculo, dominación del adversario).
Es, por fin, narrativo:
en un universo mediático en que los grandes relatos
(los metarrelatos ideológicos como los llama Lyotard),
se derrumban; donde se habla de crisis de la narratividad
con la introducción de nuevas técnicas narrativas
(el video-clip); donde se introducen nuevos códigos
ya no basados en el continuum sino en lo puntual, lo efímero
(la música minimalista por ejemplo o repetitiva, el
lenguaje digital mediante imagen fija, etc.); el mensaje publicitario
reintroduce el relato corto, una forma asequible, digerible
de narratividad.
Pero, más allá de esta
función inmediata, la publicidad a través de
esta relación fuerte con la ley y con el lenguaje,
expresa una relación profunda con el deseo, con el
inconsciente que se esructura aquí como un lenguaje
a través del relato, aunque sea a veces de naturaleza
onanista.
Hoy, con el desarrollo de las técnicas
audiovisuales, la publicidad ha pasado de ser una conquista
a ser una invasión: un objeto omnipresente, recurrente,
redundante, tópico; lugar común, que se vuelve
inevitable hasta invertir totalmente la relación entre
sujeto y objeto. Es ahora el sujeto el que se ve perseguido
por los objetos.
En la modernidad decadente que
arranca en los 70 el estatus de lo público evoluciona.
En el régimen de visibilidad moderno, todo es decible,
incluso lo que escapa a lo referencial: desde el inconsciente
(el estadio previo a la realización del acto), hasta
el futuro (la ciencia-ficción por ejemplo), es decir
la proyección de lo real en el futuro, produciendo
así una virtualización de los objetos. Es la
paradoja de los modernos medios de comunicación, en
particular la publicidad: mezclan lo real con lo imaginario,
lo referencial con lo fantasmático, llevando aquí
también a una virtualización del sujeto, imponiendo
ley del deseo, consagrando un sujeto en permanente carencia,
en construcción continua, indefinido: sujeto deseante
por excelencia,llegando a imponer un imperialismo del decir
y del mostrar.
En ese universo no hay secreto que valga,
no existe intimidad que se pueda salvaguardar. Todo tiene
que ser (o tener) imagen, look.
Estamos envueltos en una especie de
hilo visual, que hace las veces de vínculo formal (más
que social), que crea un consenso formal y el consenso es
un acuerdo con el sentido imperante, fundador de una estética,
esto es un sistema formal, una forma colectiva de sentir (mirar)
creadora de un "estar juntos" (Maffesoli).
LA PUBLICIDAD COMO POTLATCH: DERROCHE
DE SIGNOS E INFLACIÓN DEL DISCURSO
Este hilo visual se desarrolla dentro
de una economía del derroche que no deja de recordar
el potlatch de las sociedades primitivas estudiadas por Marcel
Mauss y al que Bataille le sacó tanto jugo.
Produce una sobrepuja en el régimen
discursivo: a un producto que lava bien, sigue otro que lava
más (recuérdese en Francia, el "Omo lava
más blanco" en los años 60); a un discurso
que habla de las cualidades intrínsecas del objeto
sigue otro que habla de sus cualidades extrínsecas,
es decir de lo que aporta el poseer o utilizar dicho objeto;
al valor referencial contesta el valor añadido: la
publicidad de discurso de lo real se convierte
en exploración de lo virtual.
"La publicidad, un remedio
contra el pánico" como tan acertadamente decía
Jesús Ibáñez (1) en este mismo foro en
noviembre del 89... Para él, el pánico era lo
no semiotizable (lo que no se puede explicar ni comprender:
lo inconsciente). Ese pánico que surge de la desaparición
del Jefe (en expresión de Ibáñez), o
sea, del principio trascendente: ya sea Dios, Ideología,
Historia o Progreso... La publicidad aparece entonces como
dispositivo de simulación que alivia el dolor simbólico
ante la pérdida (o la crisis) del principio estructurante.
La publicidad reestructura el mundo, su discurso lo reelabora
(reescribe su relato). Actúa como una especie de dios
inmanente (interno al mundo de los objetos), presente en la
esfera cotidiana visible, palpable. El mensaje se vuelve masaje.
Escribía Ibañez al respecto:
"Los ideales se ven (Eidein es ver).
Los objetos se tocan. Hemos pasado de lo visual a lo táctil,
de lo analógico a lo digital. De una geometría
(euclídea) de la lejanía a una topología
de la proximidad.
Los anuncios señalaban antes,
en una dimensión referencial, a los productos: a un
objeto real idealizado. Pero la idealización era una
ornamentación del objeto real. Ahora la publicidad
no habla de los objetos: los objetos hablan de sí mismos
(se exhiben), y la publicidad los simula. Los objetos se transforman
en símbolos: sim-bolo (de syn-ballein = lanzar juntos)
es lo que une lo que estaba separado, a los objetos entre
sí y al sujeto con los objetos... Los objetos ponen
juntos (lanzan juntos) a los sujetos. La marca de un producto
no marca ya al producto, marca al consumidor como miembro
del grupo de consumidores de la marca. Los lanzan: ¿hacia
dónde? Ahí está el problema: hacia ningún
lugar. No importa a dónde vamos, lo que importa es
qué deprisa vamos".
Este ningún lugar es de alguna
manera la utopía (u-topos) moderna, un no-lugar como
los califica Marc Augé, un lugar vacío sin
sentido pero donde todos se encuentran, se reconocen
sin conocerse: lugar de identificación más que
de identidad como distingue Maffesoli, es decir de proyección
puntual del deseo, de agrupamiento efímero.
A la Historia se sustituye la historieta,
a lo trascendente, lo intrascendente (historias de vida: tranches
de vie como se dice en francés), al Progreso lo serial,
lo repetitivo.
Pero esta utopía es también
una conciliación de los contrarios, una fusión
de los polos: el sujeto desaparece hasta fundirse en el objeto
(el objeto le identifica: "Lee te identifica"),
hasta desaparecer como instancia: "Los objetos hablan
de sí mismos" decía Ibáñez
y podríamos añadir: los objetos hablan por sí
solos y "la publicidad se anuncia a sí misma".
Este fue precisamente el título
de una artículo de Ibáñez sobre el tema
(ver Telos núm. 8, diciembre de 1986) y sirva este
texto para rendirle un modesto homenaje.
¿LA PUBLICIDAD COMO ESTÉTICA
DE LA DESAPARICIÓN?
La publicidad sería algo así
como el parangón del discurso público moderno:
un discurso que se auto-produce y reproduce, con infinidad
de voces pero sin enunciador delimitable, en una especie de
hipertrofia semiótica donde el discurso se vuelve él
mismo referente, en una suerte de redundancia enunciativa...
Lo mismo que en el orden de los contenidos,
hemos pasado de los productos con a los productos sin o a
los no-productos (véase Benetton...), hemos pasado
en el orden de los discursos de una publicidad referencial
a una publicidad sui-referencial: Otra vez echaré mano
de Ibáñez cuando escribía: "En el
capitalismo de producción, la publicidad era referencial:
se refería a los objetos (los indicaba: era una indicación
notificativa).
En el capitalismo de consumo, la publicidad
es estructural: se refiere a sí misma (significa los
productos: es una indicación significativa)".
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Ya no se trata entonces de verdad o
mentira: la publicidad se refiere a un valor añadido,
que está más allá del producto. Su discurso
se sitúa más allá de la realidad, de
lo puramente referencial: ¿La publicidad como estética
de la desaparición? Más adelante escribe Ibáñez:
"La publicidad no habla de los productos, los productos
hablan de la publicidad" y lo explica así, muy
gráficamente: La publicidad no habla de los productos.
Si ves en televisión, por ejemplo, un anuncio de pantalón
vaquero, no te enterarás de qué está
hecho, cuánto cuesta, o qué resistencia tiene
al choque o a la tracción; pero te enterarás
de cómo son sus consumidores (el anuncio no describe
el producto, describe el modo de vida imaginario
de los consumidores). Cuando compras el producto es con la
esperanza de llegar a ser como los modelos que salen en su
publicidad. Los anuncios de Martini no ofrecen un vermouth,
sino un estilo de vida. Los productos hablan de la publicidad.
No compras el producto, compras el derecho a participar en
el anuncio. El anuncio no es una flecha que apunta al producto:
el producto es una flecha que apunta al anuncio. Basta que
compres una determinada marca de colonia masculina para que
puedas ligar en el transiberiano o en la casbah".
De ahí la inversión de
las figuras y de las instancias enunciativas: el objeto habla
del sujeto (lo identifica, lo clasifica como miembro de una
clase de consumidores de la marca) que llega a ser una reversión
de la figura del consumo. Al "no consumimos, somos consumidos"
de Ibáñez, podríamos añadir el
"no miramos, somos mirados...".
El problema de la posmodernidad está
ahí: en el ser autor (auctor = es decir dueño)
de su mirada, de su punto de vista, esto es, dueño
de su propio mensaje, parte activa del acto de comunicación/consumo.
En la posmodernidad (el capitalismo de consumo, el reino del
potlatch semiótico), los objetos comunican solos (un
anuncio contesta a otro), los signos, y hasta la realidad
se auto-producen (véase la realidad virtual) y se re-producen
ad libitum (véanse las series y los remake).
Esta autonomización de los objetos
trae como consecuencia una descolocación (un desplazamiento)
por no decir una desaparición del sujeto. En un mundo
de sobreproducción de signos, los objetos pierden valor
intrínseco, ya no tienen valor de cambio, ya no comunican.
Hablan de por sí pero ya no se intercambian... Tal
vez en ello resida la paradoja de la publicidad: es un discurso
gratuito. Tal vez en ello se divise la contradicción
de la política: es un discurso que, queriendo cambiar
el mundo (operar sobre la realidad), se está pareciendo
cada vez más a la publicidad...
Es esta gratuidad lo que convierte a
la publicidad en algo atrayente, en particular para los niños,
y la hace al mismo tiempo inocente y perversa. Inocente porque
no tiene pretensiones (no es real); perversa porque se la
puede considerar o confundir como un objeto real.
Hoy la publicidad está superando
no sólo la fase referencial, sino también la
fase estructural. Con las campañas de Benetton, hemos
llegado a una publicidad más allá del referente
(ya no hay objeto de publicidad), más allá del
régimen de visibilidad social (se entromete en lo íntimo:
el acto de nacer o de morir), más allá también
de la aceptabilidad moral (el acto de sufrir). Es una publicidad
que ya ni siquiera quiere ser publicidad, cuyo objeto es evanescente
o polivalente: habla de otras cosas, aparentemente ajenas
(pero no tanto...); es doblemente escandalosa, desde el punto
de vista semiótico (ni siquiera es sui-referencial),
y ético (no es confidencial).
Estamos más allá de la
publicidad que identifica: es una forma de publicidad que
puede producir desidentificación, que puede causar
repulsión. Con ella estamos de pleno en un universo
posmoderno, creador de consensos a contrario, en el que el
querer vivir no nace de la adhesión a valores comunitarios
sino del miedo al contagio (real y simbólico)... Esta
evolución es patente hasta en la transformación
de los mensajes de las campañas de Benetton, donde
hemos pasado de un discurso de la solidaridad (Colores Unidos)
a un discurso de la desagregación, de la violencia,
del no-valor...
¿Cada época tiene
la publicidad que se merece?
(*) Ponencia presentada en el Seminario
de la UIMP Medición, investigación e información
de la publicidad. Cuenca, 1994.
(1) Las citas de Jesús Ibáñez
están sacadas de su obra póstuma: Por una sociología
de la vida cotidiana. Ed. Siglo XXI, 1994.
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