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Editorial |
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Telecomunicaciones:
Si antes virtud, hoy necesidad.
Jesús Benegas Nuñez |
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La revista Telos ha venido siendo pionera en
España a la hora de conectar las telecomunicaciones con la sociedad,
incluso en tiempos en que las múltiples consecuencias de esta relación
eran menos evidentes.
Al fin hemos dejado de estar solos. Las revistas, los periódicos
y los medios de comunicación en general cada vez otorgan más
protagonismo a nuestra tradicional preocupación. Incluso a nivel
personal, familiar y profesional, las telecomunicaciones han dejado de
ser un tabú para convertirse en un asunto de común interés.
La telefonía móvil ha sido quizás el nuevo servicio
de telecomunicaciones que más ha contribuido a la difusión
social de estas inquietudes. Su impacto ha sido tan directo y sus consecuencias
tan extraordinarias, que la gente comienza, después de digerir
y disfrutar en muy poco tiempo este nuevo alarde tecnológico, a
interesarse, además, en otras posibilidades de telecomunicación.
El vicepresidente norteamericano Al Gore, con su enfático apoyo
a las autopistas de la información, incluso si las consecuencias
directas de su acción política son hoy escasas, ha contribuido
sobremanera a vulgarizar a nivel mundial esta especie de nuevo paradigma
de fin de siglo.
Si en el pasado la socialización de las telecomunicaciones pudo
considerarse un mero voluntarismo sin demasiada transcendencia, hoy la
difusión de las mismas se está convirtiendo en una necesidad
para vivir integrados, no sólo social sino económicamente,
en la nueva economía global que estamos comenzando a vivir.
¿Y qué posición ocupa
España en esta encrucijada histórica?
Una pertinente respuesta viene dada por el Informe 1995 del Observatorio
Europeo para la Información Tecnológica (EITO), en el que
se señala que España, junto con Grecia y Portugal, son los
países de Europa occidental que menos dinero invierten en tecnologías
de la información, siendo EEUU y los países escandinavos
los líderes en esta materia.
Nuestro país parte de una buena base
de equipamiento y desarrollo, aunque aún dispar e insuficiente,
en telecomunicaciones.
Si bien en número de televisores y otros
aparatos electrónicos, el consumo por hogar en España es
equivalente al de otros países europeos, en materia de teléfonos
fijos y móviles, ordenadores personales y televisión por
cable nuestra situación deja mucho que desear.
Y frente a este sensible retraso en la difusión
social de las tecnologías de la información, en algunos
ámbitos, España es, sin embargo, un país avanzado
e incluso precursor. Es el caso de la telefonía rural basada en
la infraestructura celular móvil. El interés político
del Gobierno, el apoyo financiero de las comunidades autónomas,
y la capacidad tecnológica nacional, conjugadas empresarialmente
por Telefónica, han proporcionado una brillante solución
a un problema endémico, que siempre había quedado aplazado
en nuestro país.
En telefonía de uso público,
la oferta de equipos y servicios españoles se compara con ventaja
con los mejores países.
No deja de ser paradójico -o acaso no lo es- que nuestro país
esté más avanzado, precisamente en aquellos servicios que
ha desarrollado con tecnología propia, y que luego, naturalmente,
termina exportando a otros mercados.
A nivel global, falta en España un impulso suficiente y sostenido
a las inversiones en tecnologías de la información.
En materia de inversiones en tecnologías de la información
como porcentaje del PIB, puestos de trabajo asistidos por ordenador y
número de modems por habitante, España está considerablemente
alejada de la media europea.
Caben pocas dudas, y aún menos o ninguna
en el ámbito de esta publicación, que en un futuro próximo,
el ser o no ser shakesperiano de las naciones,pasará por su pertenencia
o no al mundo de las telecomunicaciones avanzadas, o en el brillante modo
de decir americano, las autopistas de la información.
Los EEUU, líderes históricos
en la materia, han recuperado con extraordinaria energía su fe
en el sector, multiplicando por doquier las inversiones en telecomunicaciones.
En Dinamarca está previsto el próximo
lanzamiento de un plan nacional de tecnologías de la información,
que con el nombre de Infosociety 2000, pretende "enlazar a las instituciones
públicas y las compañías a través de la información
y crear nuevas posibilidades para los ciudadanos".
Quizás no sería exagerado plantear
en España un plan equivalente al danés en materia de tecnologías
de la información.
El proyecto de Ley de Telecomunicación
por Cable, hoy en el Congreso de los Diputados que debiera ver la luz
pública lo antes posible y servir, junto con la liberalización
de la telefonía móvil, de acicate a la inversión
privada y pública, aun siendo muy importantes, son insuficientes
para que nuestro país dé el salto que necesita.
La pretérita virtud de las telecomunicaciones se ha convertido
hoy en una necesidad ineludible.
En España no deberíamos seguir
por más tiempo esperando que los buenos deseos, simplemente por
el hecho de serlo, se cumplan. Es el caso del Plan Nacional de Telecomunicaciones,
que tan lleno de buenas intenciones como ayuno de recursos, no se está
cumpliendo por falta de medios.
En materia de telecomunicaciones públicas,
una coherente y estable (no coyuntural ni espasmódica) política
de tarifas, junto con un adecuado soporte financiero, debieran favorecer
un plan de expansión y renovación tecnológica de
las infraestructuras, que en un plazo de unos cinco años nos dejara
en la mejor disposición posible para enfrentar la fascinante aventura
del próximo siglo.
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