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Comunicación y biolingüística.
Claves biológicas y arqueológicas de las lenguas.
Francisco Marcos Marín |
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Un nuevo campo
interdisciplinar se abre al futuro: la biolingüística. La
vinculación de la arqueología con la lingüística
y la genética abre perspectivas fantásticas.
Nos caracterizamos como seres humanos porque po- demos hablar lenguas
naturales, conocemos el mundo a través de la lengua, que es más
que un instrumento de comunicación: es un medio de organización
de la experiencia. Puede ser una facultad innata específica o puede
que sea consecuencia de un desarrollo social. Nos sentimos capacitados
para opinar sobre ella por el mero hecho de hablarla y solemos ser impermeables
a las opiniones de los técnicos. Cada hombre se siente dueño
de su propia lengua, sin pararse a pensar que, como objeto, el idioma
es un complejo tema de estudio, tanto considerado internamente, como las
reglas y los elementos básicos que conforman su estructura y actividad,
como considerado externamente, como un mecanismo que se presenta ante
nosotros listo para el desguace y el examen.
En el conocimiento del hombre y en el de las lenguas hemos avanzado notablemente,
si nos comparamos con el camino recorrido en los siglos anteriores. Si
pensamos, en cambio, en los abismos de ignorancia que se abren ante nosotros
y que la soberbia de las escuelas lingüísticas no logra ocultar,
estamos tan sólo a la puerta de una investigación fascinante;
porque nada subyuga más al hombre que el conocimiento de sí
mismo. Por eso todas las culturas tienen variantes de lo que expresamos
en la bella lengua de Terencio: homo sum et nihil humanum a me alienum
puto (como soy hombre, nada humano me parece extraño a mí).
El sendero que ponemos ahora ante el viajero no es el acostumbrado, aunque
tampoco es del todo nuevo. Viene de los griegos la tradicional relación
entre lenguaje y lógica, o filosofía y lenguaje. También
tiene solera la relación entre las lenguas y la medicina (y no
me refiero ahora al examen de este órgano para estudiar manifestaciones
de trastornos del aparato digestivo, sino al más moderno de los
trastornos del lenguaje). Viejas son las relaciones de historia y lingüística
y algo menos las de ésta con la psicología, revolucionarias
en los últimos años, de la mano de la semántica conceptual.
Tres ciencias pondremos en relación con la lingüística;
pero no del mismo modo ni con igual valor jerárquico: antropología,
arqueología, biología. La primera, realmente, sería
una rama de la tercera, así que muy bien podríamos decir
que vamos a ocuparnos del estudio de las lenguas desde el punto de vista
del hombre como ser vivo, en la cadena animal, por un lado y del hombre
como ser cultural, a través de los restos suyos de épocas
remotas, anteriores a la escritura, por otro. El nombre de biolingüística
nos parece breve y compendioso; pero no hace falta ir a Shakespeare para
saber que, en el fondo, no hay en un nombre nada que no ponga el hombre
que nombra.
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1. EVOLUCIÓN
Si nos contentáramos con decir que el hombre es una especie animal
que aparece al final de un proceso evolutivo y que una de sus características
específicas es tener un lenguaje articulado, no habríamos
avanzado gran cosa. Comencemos a poner orden y rango, ocupándonos
del concepto de evolución.
En un artículo, publicado en Nature en 1975, sobre la evolución
no darwiniana y el progreso biológico, J.M. Thoday separó
dos componentes de la teoría de la evolución. En primer
lugar debemos considerar un concepto de evolución que postula que
la diversidad de los seres vivos es consecuencia de la modificación
sufrida a lo largo del tiempo por distintas líneas emparentadas
genealógicamente. En segundo lugar, la teoría de la evolución
se ocupa de los mecanismos concretos de cambio a los que ha incumbido
la responsabilidad de esas modificaciones. Mientras que el primer componente
es innegable: el estudio comparado de las formas nos lleva a ascender
a orígenes comunes, el segundo componente es científicamente
más débil, pues no sabemos casi nada de los mecanismos que
causaron esos cambios morfológicos.
La presentación biológica que proponemos se basa en un campo
muy reducido, el de la biología molecular y, en concreto, el del
genoma eukariota, es decir, una serie total de genes que se conforma como
estructura celular con núcleo. Nuestro planteamiento sigue el ofrecido
por Bernard John y George L. Gabor Miklos, en 1988.
El genoma (y entendemos que se tratará del eukariota cuando no
se especifique otra cosa) tiene una serie de componentes que no parecen
contar ni en el metabolismo de la célula ni en su proceso de desarrollo;
pero están ahí y sufren alteraciones. La pregunta es si
cuentan en la evolución. Englobaremos a todos estos componentes
en el cómodo rótulo de fracciones no codificadoras del genoma
y señalaremos que, en efecto, la evolución va acompañada
de cambios cuantitativos masivos; lo que se debe determinar es si estos
fenómenos son significativos o si son, en cambio, accidentales
e inevitables. Los autores creen, en principio, que los elementos móviles
pueden reorganizar un genoma de modo que los genes de un circuito regulador
puedan transferirse a otro. Esta visión de la evolución
es justo la opuesta a la habitual: se pretende ver el fenómeno
evolutivo desde las alteraciones de la célula, hasta llegar a la
diversificación de las formas, la diferencia que se llama fenotípica.
Lo habitual ha sido observar diferencias bien claras morfológicas
y tratar de establecer qué alteraciones genéticas se han
dado hasta llegar a ese punto de la evolución.
El ejemplo de la jirafa, que reproducimos, es suficientemente claro, a
nuestro entender. Convencionalmente se admite que este animal desarrolló
sus vértebras cervicales por selección natural: para sobrevivir
tuvo que aprender a alimentarse de las hojas de las ramas altas de los
árboles. A lo largo de siglos, se desarrolló este rasgo
externo, esta característica del fenotipo. El planteamiento desde
el otro punto de vista propondría, en cambio, el estudio de los
circuitos genéticos que regulan el desarrollo del cuello, en relación
con otras partes del cuerpo, para predecir cómo puede alterarse
la comunicación en los genes y qué consecuencias morfológicas
resultarían de esa alteración. La preocupación por
los caracteres adaptativos ha dominado los estudios biológicos,
impidiendo ver la otra vertiente del proceso. Desde el punto de vista
lingüístico, claramente, esta visión desde el origen
y no desde el resultado es preferible y coincide además con el
descrédito general de las teorías marxistas. Tiene la ventaja
de que elimina el peligro del racismo lingüístico, es decir,
la pretendida superioridad de unas lenguas sobre otras.
La evolución, pues, además de estudiarse tradicionalmente
como cambios duraderos en el fenotipo, puede estudiarse también
en el plano molecular. En este nivel se ocupa de los mecanismos que producen
cambios inevitables en el genoma para llevar a alteraciones ordenadas
del desarrollo y, por ende, a las consecuencias de esas alteraciones en
un conjunto de seres vivos. El genoma, dentro de una especie, es relativamente
estable, aunque se halla en un estado continuo de flujo. El resultado
del cambio, cuando se produce, es que una secuencia concreta de DNA logra
una ventaja de frecuencia sobre otra y en un momento determinado la reemplaza.
Los mecanismos que explican cómo se expanden y fijan las variantes
en la línea genética pertenecen a uno de estos tres grupos:
la selección natural, la deriva neutral y la dirección molecular.
La selección natural es el término que recubre todas las
interacciones entre un organismo y su medio. La selección sólo
se produce cuando se cumplen los requisitos de viabilidad y fertilidad,
o sea en el momento en que se llega a un organismo como resultado, que
esto significa ser viable, y cuando ese organismo resultado se reproduce
o, lo que es lo mismo, cuando es fértil. Como los efectos raramente
especifican sus causas, es difícil saber cuándo un cambio
se ha producido para lograr una mejor interrelación con el medio,
es decir, una adaptación. Sobre todo porque el proceso tiene ventajas
e inconvenientes y no queda claro por qué en un momento dado las
ventajas han sido mayores que los inconvenientes y se ha producido el
cambio, que se considera tal cuando se refleja en el fenotipo: el cambio
es siempre en el fenotipo, no lo olvidemos.
La deriva neutral requiere una consideración interna de la molécula,
puesto que corresponde a una característica de los elementos químicos
que la componen, los aminoácidos. Aun a riesgo de simplificar en
exceso, trataremos de presentarlo de este modo: en la estructura de los
aminoácidos hay unas posiciones en las que pueden aparecer unos
elementos llamados nucleótidos u otros, llamados sus sinónimos.
Es decir, no se exige que en esas posiciones haya unos nucleótidos
concretos y precisos, sino que, dentro de una gama, pueden aparecer unos
entre varios. Claro está que si se van produciendo posiciones de
ciertos nucleótidos y no de otros, se puede llegar al punto de
que unos se fijen y otros se pierdan y así encontrarnos, casualmente,
con alteraciones que se traduzcan en cambios del fenotipo.
La dirección molecular es el tercer tipo de cambio y el más
recientemente definido. Se trata de la necesidad de un mecanismo de homogeneización
que controle la tendencia de una familia compuesta por secuencias reiteradas
de DNA a comportarse como un conjunto, es decir, a sufrir en conjunto
sus alteraciones. Como los hechos moleculares que ocurren dentro del genoma
crean un medio ambiente en el cual surgen sin remedio secuencias de DNA
capaces de promover su propia amplificación y dispersión,
este mecanismo de homogeneización es imprescindible. Así
se evitan las variables individuales y los cambios se producen en poblaciones
enteras. Es el modo de mantener la cohesión genética de
la población.
¿A dónde nos conduce lo anterior, desde un planteamiento
que arranca de la lingüística? Simplemente a hacernos ver
que la biología puede ayudarnos a establecer la estructura de la
célula que explica el cambio; pero no está hoy todavía
en condiciones de explicarnos el cambio mismo. No obstante,metodológicamente
va más allá: nos muestra que hay tres tipos de explicaciones
disponibles y señala su posible valor relativo.
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2. ANTROPOLOGÍA BIOLÓGICA
El engarce entre el punto anterior y los dos siguientes corresponde a
la antropología biológica: en un momento determinado y como
consecuencia de una evolución, aparece la especie humana sobre
la tierra. Como hemos visto, estudiando las alteraciones del genoma, leyendo
el código comunicativo interior de la célula, podemos reconstruir
con seguridad las alteraciones del código genético, dentro
de márgenes amplios para la historia humana, que se mide por siglos,
mínimos para la historia biológica, que se mide por milenios.
El resultado parece llevar a una solución monogenética:
en un momento determinado existió una pareja de la que descendemos
los humanos. Nótese que no se discute la existencia de otras parejas
y quizá lo más exacto fuera decir que existió una
hembra, porque de otras parejas no hay descendencia conocida, luego son
improbables.
Al contrario de lo que podría pensarse, esta solución no
simplifica las cosas. Las preguntas sobre la diversificación racial,
el carácter innato o adquirido del lenguaje, la relación
entre dispersión genética y dispersión lingüística
siguen estando ahí. Podemos fechar el género homo hace dos
millones de años; pero eso no nos resuelve el problema de cuándo
empezó a hablar el hombre. La cadena evolutiva pasa del homo habilis,
que fabrica instrumentos elementales, al homo erectus, hace entre un millón
y medio y un millón setecientos cincuenta mil años, que
ya camina erguido o puede hacerlo si quiere, al homo sapiens del Pleistoceno
Superior, hace medio millón de años, que desemboca en el
hombre de Neanderthal, en quien ya se manifiesta un comportamiento inequívocamente
humano, como el entierro de los muertos y las ofrendas fúnebres,
que tenía un cerebro que le permitía, teóricamente,
hablar, pero que no sabemos si hablaba, para llegar hace unos cuarenta
y cinco mil años, al homo sapiens sapiens, contemporáneo
del final de Neanderthal, al que acabó desplazando y que es nuestro
antepasado inmediato, del que ya podemos suponer que hablaba y empezar
a hacernos otras preguntas.
Del homo erectus conocemos ejemplares desde Africa Oriental a Marruecos,
Pequín o Java; la dispersión se produce, pues, en ese período,
a menos que supongamos que sólo una mutación de homo erectus
dio lugar al homo sapiens y el resto continuó vagando hasta su
desaparición. Los restos fósiles, la ayuda de la paleontología,
son muy escasos, aunque el peor desastre para el investigador se produce
cuando los hombres incineran a sus muertos, porque entonces nos privan
de la posibilidad de investigar su historia genética, por falta
de materia adecuada.
Desde lo que podría llamarse la formación biológica
(no geológica) de la tierra hasta la aparición del homo
transcurrieron unos seiscientos millones de años. El homo (contando
como tal el grupo más antiguo posible antes del habilis) lleva
sólo cuatro millones de años en el planeta. Los homínidos
que podemos considerar, con un criterio muy amplio, como relacionados
con nosotros, viven en él desde hace menos de medio millón
de años. Nuestra madre común mitocondrial, nuestro antepasado
genético continuado más antiguo, vivió hace ciento
cincuenta o doscientos mil años. El hombre externamente como nosotros
sólo lleva en la tierra unos cuarenta y cinco mil años.
Nuestros registros históricos no van más lejos de unos seis
mil años y eso con la mayor generosidad para el concepto de histórico
y de registro.
Este es el gozne entre el planteamiento meramente celular y el estudio
del hombre desde la información que nos proporciona de sí
mismo por dos medios: sus propios restos, analizados arqueológicamente,
y sus muestras sanguíneas, analizadas clínicamente. Estos
factores son los que hay que poner en relación con el hecho de
que las lenguas dispersas por el mundo, por muy distinto que sea el tipo
al que pertenecen, son intertraducibles. El lenguaje, como fenómeno
humano, es común a toda la especie. Queda por estudiar fundadamente
si todas las lenguas descienden de una lengua antigua originaria o si
se han ido formando por separado aprovechando esa característica
humana específica de animal que habla.
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3. PUEBLOS Y LENGUAS.
Antes de seguir, es preciso hacer notar desde este momento la falsedad
del mito de la correspondencia entre pueblo y lengua, en todas las épocas
históricas, al menos. Del mismo modo que los hombres se mezclan,
se dominan, se matan, se conquistan, se esclavizan, se mueren, las lenguas
sufren los avatares de sus hablantes y otro más, la contaminación,
reducción al estado de lenguas mixtas, pidgines o criollos, incluida.
Claro que la memoria humana es flaca e interesada. Si fuéramos
a pedir responsabilidades por las alteraciones lingüísticas,
no acabaríamos nunca.
La conquista romana es responsable de la desaparición de la lengua
celta continental, hablada desde la actual Francia hasta Portugal, al
igual que del ibérico, o del tartésico. Los germanos acabaron
con lenguas eslavas, mientras que los eslavos, a su vez, barrieron lenguas
latinas, como el dalmático de Croacia, entre otras. Los celtas
habían eliminado lenguas y pueblos precedentes, especialmente en
el norte de Italia, en época romana. Turcos, árabes, chinos,
khmer, malayos, thais, miremos donde miremos, incluyendo los más
aislados aparentemente, como japoneses y vascos, llegaron alguna vez a
tierras donde había otras gentes que hablaban otras lenguas e impusieron
las suyas, o se dejaron asimilar por la de los conquistados, que también
pasa, como ocurrió con los conquistadores griegos en Persia o la
India, por ejemplo. Si he puesto ejemplos eurasiáticos no es porque
América o Africa permanecieran al margen, sino simplemente por
razones de familiaridad cultural y porque los argumentos arqueológicos
de Colin Renfrew que desarrollaremos ahora se mueven, sobre todo, pero
no únicamente, en el terreno de los pueblos indoeuropeos. Es fácil
añadir las migraciones de bantúes alrededor de la cuenca
Níger-Congo, hasta Africa del Sur, o la imposición del quechua
como lengua del imperio incaico, para completar esta consideración
general.
Otro punto previo que cumple explicar aquí es el de cómo
se han concebido los estudios sobre el origen y evolución de las
lenguas en los últimos dos siglos y algo más. El método
desarrollado ha sido el histórico-comparativo y arranca de una
célebre alocución presidencial a la Asiatic Society de Bengala
por el juez Sir William Jones (1746-1794), del Tribunal Supremo de Calcuta,
quien, en 1786, señaló explícitamente la riqueza
estructural del sánscrito, la antigua lengua de la India, así
como su afinidad con el latín y el griego, que no podía
haberse producido accidentalmente, y las relaciones de las tres lenguas
con el alto alemán antiguo, el celta y el persa antiguo. En 1788
se publicó la teoría en la nueva revista Asiatic Researches
y en 1813 el investigador inglés Thomas Young bautizó a
este grupo de lenguas como indo-europeas, aunque hasta hoy los investigadores
de expresión alemana han impuesto también el término
de indo-germánicas. El nombre buscaba expresar la amplitud de su
territorio, que en realidad era más extenso, pues se hablaron lenguas
indoeuropeas en el mundo antiguo desde el occidente de la China actual
hasta Irlanda y la Península Ibérica. Con el descubrimiento
y civilización de América y la conquista y colonización
de Africa, Asia y Oceanía las lenguas indoeuropeas, especialmente
el español y el inglés, seguidos de portugués y francés,
se convirtieron en lenguas universales.
Cómo surgen, cómo se dividen y cómo se expanden las
lenguas es una pregunta que los pensadores se han hecho durante siglos.
Por mucho tiempo se han manejado argumentos basados en una interpretación
errónea de los textos religiosos, que acortaba tanto el lapso de
vida en la tierra que no daba lugar a una explicación satisfactoria
científicamente. Esto no ocurría precisamente en los países
católicos, sino en los protestantes: el arzobispo James Ussher
(1581-1656), experto semitista, calculó, en una serie de trabajos
publicados en torno a 1650, a partir de la interpretación literal
de la Biblia, que el mundo había sido creado el año 4004
antes de Jesucristo. Cuando Charles Darwin publicó en 1859 El origen
de las especies se enfrentó a una crítica mundial, cuyos
ecos todavía persisten.
Otro aspecto vinculado a errores de interpretación religiosa o,
lo que es peor, a prejuicios racistas, es el que concierne a la lengua
primigenia. La lista de las que se han postulado como tales sería
ridícula si el fanatismo no la hiciera trágica: hebreo,
árabe, latín, vasco y hasta el castellano han ascendido
alguna vez a ese podio de la insensatez glotológica. Hoy ni siquiera
podemos demostrar convincentemente que las lenguas actuales derivan de
una lengua primigenia (tesis monogenética), frente a la tesis poligenética,
cuya pretensión es que surgieron varias lenguas independientemente,
de las que derivaron otras. A medida que conocemos mejor la estructura
de las aproximadamente seis mil lenguas censadas en el mundo, sin embargo,
estamos más cerca de la tesis monogenética. Reconozco, sin
embargo, que en esta conclusión puede haber unos gramos de preferencia
personal, basada en mi radical convencimiento de que todos los hombres
hemos sido creados iguales.
Otra buena pregunta es por qué cambian las lenguas. Quizá
podamos tomar como mejor explicación la que, a propósito
de la evolución, llamábamos deriva neutral y, de hecho,
el término deriva tiene una brillante tradición lingüística,
desde su uso por el norteamericano Edward Sapir en los años veinte.
En el seno de toda lengua hay multitud de elementos que son inestables,
el precario equilibrio se rompe en favor de una nueva inestabilidad, pero
en ésta los elementos inestables, que siguen existiendo, se distribuyen
de otra manera. Estos elementos van desde clases de sonidos que pueden
pronunciarse realmente en una banda amplia (la s chicheante de los castellanos
frente a la plana y espesa de andaluces, canarios o americanos, la l muy
posterior de los catalanes, sobre todo final de sílaba, entre muchos
ejemplos), hasta formas verbales (preferencia por vino frente a ha venido
en Hispanoamérica), pronominales (vosotros sustituido por ustedes,
alteraciones castellanas de le, lo, la) o de derivación, entre
muchísimas opciones posibles, que afectan también al léxico.
Este último es el que se considera más, por ser el más
aparente; pero no es muy significativo, porque admite con facilidad formas
prestadas. El préstamo léxico es amplísimo y afecta
a palabras que al común de los hablantes les parecen totalmente
patrimoniales: ningún hispanohablante aceptaría sin argumentos
que azúcar, monja o jardín son palabras tan extranjeras
como parking y me pregunto si para muchos palabras como gol han perdido
ya del todo su marbete de extranjerismo.
La diferencia, por supuesto, es de tiempo y de uso. Monja y jardín
llevan ochocientos años en el léxico español, azúcar
lleva todavía más. Gol es un vocablo más general
que parking, como demuestra su adaptación gráfica (<
ing. goal 'meta'). Ahora, estrictamente, todos ellos son préstamos.
Por esta razón los lingüistas que usan el método comparativo
tienen que ser muy cautos y estudiar preferentemente las correspondencias
en la estructura gramatical y luego las del léxico. En este caso
se deben aplicar mecanismos rigurosos de correspondencia, que son las
llamadas leyes fonéticas. Así, sabemos que una e breve con
acento del latín origina un diptongo ie en español; pero
no en francés o en italiano cuando la sílaba está
trabada, cerrada, por una consonante y por ello sabemos que al latín
terra corresponden el castellano tierra, con diptongo, y el francés
terre, italiano terra, sin él. Examinando estas cuatro palabras
podemos llegar también a la conclusión de que castellano
e italiano conservan la -a final átona, que en francés pasa
a -e (conservada en la escritura y perdida en la pronunciación).
Palabras como en latín porta, en castellano puerta, en francés
porte, en italiano porta, nos confirman esta tesis de la vocal final y
nos llevan a inferir que, del mismo modo que la é originaba, en
esas condiciones, ié en español, pero no en francés
e italiano, la ó breve tónica origina ué. Así,
de inferencia en inferencia, podemos reconstruir el complejo camino de
la evolución lingüística.
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Todas estas posibilidades de evolución, por supuesto en mayor y
menor grado y mezcladas con muchísimos factores, constituyen una
especie de magma inestable, del que algunos elementos sobresalen para
imponerse a otros, que son eliminados. No es que los romanos lleguen a
Hispania diciendo porta y los carpetovetónicos al día siguiente
digan puerta. Son procesos de siglos, con inevitables avances, retrocesos
e incluso evoluciones abortadas cuando parecían triunfar: en el
siglo XVI parecía que el futuro de poner iba a ser porné;
pero pondré, otra forma posible y existente, acabó imponiéndose,
al menos por unos siglos, hasta hoy.
Junto con el método histórico-comparativo los lingüistas
desarrollaron otro, el tipológico, que, en principio muy simple,
pues dividía las lenguas, atendiendo a sus características
morfológicas en flexivas, aislantes, aglutinantes y polisintéticas,
ha ido refinándose y completándose hasta abarcar hoy todos
los aspectos de la estructura lingüística. Ahora no nos interesa
sólo si una lengua tiene declinación y conjugación
(flexiva) o si carece totalmente de ella (aislante), sino si el sujeto
se coloca antes del verbo y éste antes del objeto (SVO, como el
español) o si el verbo va tras sujeto y objeto (SOV, como el vasco),
o antes de los dos (VSO, como el árabe), si el adjetivo va delante
o detrás del sustantivo al que modifica, si hay o no voz pasiva,
cómo se expresan el agente o la causa, si los numerales van acompañados
de palabras clasificadoras y si el orden es numeral-clasificador-sustantivo,
como en chino, o sustantivo-numeral-clasificador, como en thai, entre
un vasto etcétera.
Un tercer factor que se añade al genético y al tipológico
es el geográfico o areal. Las lenguas se hablan en áreas
o territorios determinados. Es más, el factor territorial es mucho
más constante que el racial o histórico. Una lengua puede
estar más vinculada a un territorio que a unos hablantes, como
vemos por la expansión de las lenguas indoeuropeas tras el Renacimiento
o, antes, del árabe por el sur del Mediterráneo. Un hablante
nativo de español hoy puede ser de cualquier raza: negro antillano
o ecuatoguineano, filipino, indio americano, blanco caucásico o
semita, por ejemplo. Ahora bien, en condiciones originales, sin actuación
de fuerzas externas, las lenguas se distribuyen por áreas geográficas
coherentes, o sea, junto a una lengua esperamos que se hable otra próxima
genéticamente a ella. Así, en principio, cuando nos encontramos
con lenguas vecinas, lo primero que investigamos es si, además
de estar una junto a otra geográficamente, se relacionan genética
o tipológicamente.
Cuando, por ejemplo, el espacio lingüístico germánico
se interrumpe en Hungría con una lengua no indoeuropea, el húngaro,
urálica fino-ugra, podemos suponer que ha habido una acción
histórica disgregadora: en efecto, se trata de la invasión
y asentamiento de los magiares a finales del siglo IX d.J.C. En escala
inversa es lo que ocurre con el español, inglés o portugués
en América.
Metodológicamente, como señalaba Roman Jakobson, la clasificación
lingüística opera, por tanto, con tres criterios, el de parentesco,
para la genética del método histórico-comparativo,
el de isomorfismo para el tipológico y el de afinidad para el geográfico-areal.
La conjunción de métodos permite lograr unos resultados
que, sumados a los proporcionados por la biología y la arqueología,
podrán cambiar en muy poco tiempo nuestras ideas sobre el desarrollo
de las lenguas.
El método histórico-comparativo, en efecto, permitió
llegar a notables resultados en el caso de las tres familias lingüísticas
cuyos restos antiguos se remontan a muchos centenares de años antes
de J.C., la indoeuropea, la afroasiática (o camito-semítica)
y la sino-tibetana. Para la indoeuropea, el descubrimiento de las inscripciones
hititas en Anatolia y su desciframiento posterior fue la clave para pasar
al segundo milenio a.J.C. Las principales lenguas indoeuropeas ofrecían
un material riquísimo, desde el Indico al Mediterráneo.
Eslavos, baltos, celtas y germanos siguen siendo los menos favorecidos,
por la falta de escrituras antiguas. Aunque no está claro que existiera
lo que llamaríamos un proto-indoeuropeo unificado, entre otras
razones naturales, porque la fragmentación pudo haber comenzado
en la lengua antecedente, sí es indudable que existen las lenguas
indoeuropeas y que conocemos bastante bien sus características,
posiblemente mejor que las de cualquier otra familia lingüística.
La conjunción entre método histórico-comparativo
y tipología nos permite, como decíamos antes, avanzar un
paso más. Los comparatistas nos autorizan a reducir esas seis mil
lenguas a unas doscientas familias. Un número verdaderamente pequeño
si se tiene en cuenta que hay lenguas como el japonés, el vasco
y el ainu que, por sí solas, constituyen una familia y otras, como
el coreano, que probablemente también. Si nos limitamos a los grandes
bloques, las familias lingüísticas más relevantes hoy
serían sólo éstas: afro-asiática (árabe,
hebreo, etiópico y beréber), altaica (turco, mongol),amerindia,
australo-aborigen, austronesia (malayo, indonesio, filipino, malgache),
caucásica, dravídica (Sur de la India), esquimo-aleutiana,
indoeuropea, indopacífica (Nueva Guinea), japonesa, khoisan (Africa
del Sur), na-dene (indios del Canadá y N.O. de los EEUU), níger-congolesa
(bantú, principales lenguas africanas), nilo-sahariana, paleo-siberiana,
sino-tibetana (chino y, probablemente, el thai) y urálica (húngaro,
finés, estonio). La clasificación no se agota, obviamente,
y quedan problemas graves sin resolver, como la discusión sobre
la clasificación del thai en un grupo austro-thai, con las lenguas
austronésicas, o con el grupo sino-tibetano, como siempre han defendido
los lingüistas chinos.
Cuando llegamos a este grado de simplificación, es obvio que lo
que tenemos que preguntarnos es si podemos ir más lejos y cómo.
En la década de los cincuenta, Vladislav M. Illich-Svitich y Aarón
B. Dolgopolskii empezaron a responder a esta pregunta afirmativamente,
comparando la familia indoeuropea con la altaica, urálica, afroasiática,
dravídica y caucásica. Joseph H. Greenberg, por su parte,
trabajaba en los Estados Unidos sobre lenguas indoamericanas fundamentalmente.
Los lingüistas soviéticos (Illich-Svitich murió y Dolgopolskii
emigró a Israel) desarrollaron la hipótesis de una etapa
lingüística anterior a las seis familias comparadas, el nostrático.
Greenberg llegó a la conclusión, en 1987, de que las lenguas
de América se podían reducir básicamente a tres grupos,
una conclusión muy atrevida, si se tiene en cuenta que muchas de
estas lenguas difieren entre sí superficialmente tanto como el
español y el suahili, o el vasco y el chino.
Nostrático y amerindio se han convertido en banderas que se izan
o arrían con un calor que nadie imaginaría en personas aparentemente
tan provectas como sus propugnadores y debeladores. Dolgopolskii, al menos,
respeta externamente las reglas del juego, o sea las leyes fonéticas,
mientras que Greenberg, por su parte, juega una partida diferente. El
intenso atractivo de sus propuestas es innegable, sobre todo para los
especialistas que proceden de otros campos, y es aquí donde ya
podemos entrar en la discusión arqueológica, en la que,
por supuesto, es nuestro turno de ser acusados de preferir las soluciones
simples.
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4. LINGÜÍSTICA Y ARQUEOLOGÍA
La reconstrucción de la vida de los indoeuropeos
primitivos a partir del léxico se basa en una premisa aparentemente
obvia: si tomamos las palabras comunes en las lenguas indoeuropeas, parece
lógico inferir que los referidos por esas palabras eran conocidos
por el indoeuropeo primitivo, lo que nos permitiría reconstruir
el mundo indoeuropeo primigenio desde los nombres de los objetos comunes.
No sólo de los objetos, se puede añadir, también
de las instituciones. Gustav Kossinna, en 1902, fue el primero en intentar
correlacionar sistemáticamente los datos arqueológicos y
filológicos: los pueblos indoeuropeos se identificaban así
con sus lenguas. Cuando los hallazgos arqueológicos implican que
ciertos elementos culturales se van desplazando, se tiende a ver también
un desplazamiento de los pueblos y, consecuentemente, de sus lenguas.
Se desarrollan así esos típicos mapas llenos de flechas
de un lado a otro, flechas que tienen nombres de lenguas, con lo que parece
que éstas se desplazan por los continentes en un inestable y continuo
bamboleo.
La arqueología refleja hoy un estado de cosas notablemente anterior
a lo que se suponía y, en consecuencia, la pretensión de
reconstruir la cultura madre de los indoeuropeos a partir del vocabulario
común es ahora mucho más arriesgada y, posiblemente, inexacta.
Hay que estar de acuerdo con Renfrew, en todo caso, cuando nos previene
contra los riesgos de basar la interpretación arqueológica
en los resultados de los análisis lingüísticos. Ambas
disciplinas, sin ser interdependientes en el mismo grado, son complementarias:
una empieza donde la otra acaba y se necesitan mutuamente para impulsar
sus tesis privativas.
Lo primero que no queda tan claro es el concepto de pueblo y, evidentemente,
no hay correspondencia biunívoca entre este concepto y el de lengua.
Este dato, que se olvida frecuentemente por razones no siempre diáfanas,
nos volverá a ser de utilidad cuando planteemos la cuestión
genética. Por ejemplo, la aplicación del término
celta lleva a mezclar inextricablemente cuatro conceptos distintos: 1)
el pueblo así llamado por griegos y romanos, 2) un grupo de lenguas,
3) una cultura arqueológica y 4) un estilo artístico. La
solución para ponerlo todo junto cuando era necesario se encontraba
en la tesis de las "oleadas migratorias". Otra solución
era la difusión de ciertos objetos; llevados de un lado a otro
por su utilidad o belleza, transportaban en sí nuevas ideas o motivos
que iban arraigando en zonas distantes.
Tendríamos así dos tipos de movimientos compensatorios:
las oleadas, grandes masas que de pronto cambian el panorama completo,
y la difusión, rápida y puntual: la ola y el relámpago.
En términos de historia humana, Europa, sin ir más lejos,
es una realidad mucho más compleja.
Hace 850.000 años había ya homínidos en Europa. Hace
85.000 años tenemos ya útiles clasificables con seguridad
como del homo sapiens neanderthalensis, tallador de piedras, y hace 35.000
años tenemos ya al homo sapiens y sus lascas de piedra cortantes.
Estos últimos, cazadores recolectores, se extendieron por la mayoría
de Europa, extendido el Sur de Gran Bretaña. Hace diez mil años
acabó la última glaciación, la que abrió la
gran masa centro-continental y nórdica a la migración humana,
a la vez que redujo las masas glaciares alpinas, facilitando los pasos
pirenaicos, alpinos, carpáticos y urálicos. Seis mil quinientos
años a.J.C. tenemos ya asentamientos agrícolas en Grecia
e inmediatamente después en Iberia. Cuatro mil años a.J.C.
se trabaja el cobre y dos mil quinientos a.J.C. el estaño, que
permite, en aleación con el cobre, fabricar bronce. Alrededor del
2000 a.J.C. surge la cultura cretense, la primera civilización
europea con su escritura. También es una cultura crematoria, lo
que nos priva de restos humanos que estudiar en términos bioquímicos.
Hacia el 1000 a.J.C. estamos en la edad del hierro. Seiscientos años
antes de J.C. se empiezan a extender las colonias griegas por el Mediterráneo
y comienza una era de intercambios activos.
De esta situación general y de las observaciones apuntadas a propósito
de la relación entre pueblos y lenguas puede irse deduciendo que
debemos corregir la tendencia a suponer que había un pueblo indoeuropeo
o ario que hablaba una lengua indoeuropea. Lo adecuado es hablar de una
cultura indoeuropea y discutir los métodos de esclarecimiento de
sus características, incluidas las lingüísticas.
La aplicación del método del protoléxico, es decir,
suponer que la existencia de palabras comunes en varias lenguas de una
familia para objetos e instituciones comunes nos permite extrapolar los
datos y reconstruir el paisaje físico o la estructura social es,
como dijimos antes, un error, no porque no pueda llevar a resultados positivos,
sino porque puede llevar a resultados erróneos. Es decir, no debe
utilizarse si no se acompaña de otro tipo de datos y nunca debe
ser la base principal de la demostración. No es sólo por
el problema de la dificultad para reconocer los préstamos, sino
porque el mundo reflejado puede deformarse también por defecto.
Los indoeuropeístas han señalado la comunidad terminológica
para rebaño, vaca, oveja, cabra, cerdo, perro, caballo, lobo, oso,
ganso, pato, abeja, roble, haya, sauce, grano y deducido que se trataba
de nómadas. Se suma que no hay términos comunes, en general,
para los metales y se llega a la conclusión de que la comunidad
indoeuropea era un grupo del neolítico tardío establecido
al norte del Mar Negro desde el quinto milenio antes de Jesucristo. A.
B. Keith ya ha señalado que los datos lingüísticos
coincidentes nos llevarían, por sí solos, a la conclusión
de que los indoeuropeos primigenios conocían la mantequilla, pero
no la leche, tenían pies, pero no manos y vivían en un mundo
en el que nevaba pero no llovía.
Los arqueólogos están hoy más de acuerdo en que no
se puede postular una etapa arqueológica intermedia entre el nomadeo
del cazador-recolector y la agricultura. El pastoreo, que sería
tal etapa, supone en realidad la existencia de contingentes de animales
domésticos e implica el establecimiento previo de la compleja estructura
agrícola. Pastores y granjeros son interdependientes, porque la
dieta del pastor contiene gran cantidad de ingredientes suministrados
por el agricultor, no por la recolección. La domesticación
de los animales es paralela a la de las plantas, por decirlo así.
¿Qué ocurriría si reconstruyéramos una parte,
al menos, del mundo romano con esta metodología del vocabulario
común? Siguiendo a Fraser, Pulgram y Renfrew obtendríamos
este espléndido panorama, en el que ponemos entre paréntesis
los términos comunes que permitirían la reconstrucción):
Este pueblo de guerreros (guerra) a caballo (caballum),
dirigido por sus prestes (presbiter) y obispos (episcopus), a las órdenes
de sus reyes (rex) que formaban un gobierno monárquico (monarquicus)
con los emperadores (imperatores) pasaba el día en el café
(café) mirando el humo del tabaco (tabaco).
Si no fuera por las lenguas iberorrománicas
podríamos añadir que bebiendo cerveza (birra).
Guerra, caballo, presbiter, episcopus y, por supuesto, café, tabaco
y birra (o tomate, también común) no son palabras latinas
ni usadas en latín con ese valor. República es también
común (res publica) lo que pone en duda esa estructura monárquica;
pero al menos ahí tendríamos un valor dudoso o discutible.
En fin, el ejemplo no requiere mayores aclaraciones, es suficientemente
explícito de los riesgos de la paleolingüística.
La teoría de las oleadas, por su parte, implica un grave riesgo,
convertido desgraciadamente en realidad en la segunda guerra mundial.
Esas masas humanas que, de pronto, se lanzan fuera de sus fronteras a
la conquista de nuevos territorios y que se imponen, aparentemente con
facilidad, a los pueblos que sustituyen, se explican mejor desde la creencia
de que pertenecen a una raza superior. Es el mito ario.
Ahora bien, si es así, cabe preguntarse por qué esa superioridad
sólo se muestra en ciertos momentos y de golpe y cómo es
que permanece acallada tanto tiempo, contenida en los límites del
sur de Rusia. El argumento demográfico no parece tener sentido,
el del control por una minoría requiere una sociedad jerarquizada
que los datos arqueológicos no demuestran.
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La discusión sobre el establecimiento, expansión y eventual
fragmentación de una comunidad lingüística ha de basarse
mejor en un conjunto de procesos. El cambio lingüístico en
un área concreta requiere tres tipos de procesos, que Renfrew escalona
así:
1) colonización inicial, referida a la ocupación de zonas
previamente deshabitadas;
2) sustitución, que supone una o varias lenguas previas, desplazadas
por los invasores, lo que suele implicar un período de adyacencia
y
3) desarrollo continuado, consecuencia de procesos educativos y culturales,
mecanismos sociales que alternan entre arcaísmo e innovación,
con los resultados de convergencia, divergencia e interacción.
Cuando el contacto entre pueblos con lenguas emparentadas es escaso, la
interacción es baja y las fuerzas divergentes pueden actuar, aunque
esa posibilidad no implica que la divergencia se tenga que producir: si
las fuerzas conservadoras son fuertes, la lengua puede mantenerse estable
incluso durante siglos, como testimonian el hebreo, el latín o
el antiguo indio.
La sustitución de una lengua por otra sigue uno de los modelos
posibles: espontáneamente nadie deja de hablar su lengua. El modelo
I corresponde a la correlación entre demografía y subsistencia.
La presión demográfica hace que la población vaya
a zonas de más baja densidad, en una economía agrícola;
pero no en una economía industrial, donde la tendencia se invierte.
La introducción de la agricultura permite que subsista una población
mayor en un territorio anteriormente de cazadores-recolectores. La razón
es de un cazador-recolector cada diez kilómetros cuadrados a cinco
agricultores por kilómetro cuadrado, es decir, un 5000 por ciento
más. El modelo II, por su parte, no tiene que ver con mejoras tecnológicas,
sino que se vincula a la llegada de un grupo coherente y organizado, con
una lengua distinta, que domina militarmente a la población original.
El territorio pasa a ser bilingüe y puede seguir así, incluso
con reinversión, al menos parcial, de la situación, como
en Inglaterra tras la invasión normanda y la recuperación
del inglés. La arqueología detecta bien la organización
social que debe subyacer a este modelo.
El modelo III es el colapso del sistema. La inestabilidad de las sociedades
primitivas puede llevar a una especialización unida a una gran
complejidad social. Cuando se producen desastres naturales o se agota
la fertilidad del suelo, la estructura social no tiene la flexibilidad
necesaria para controlar la situación y reorganizarse. Se produce
el caos y cada uno tiende a la autarquía; es lo que parece que
sucedió a la civilización maya de las Tierras Bajas a partir
del 890 d.J.C. Los movimientos posteriores al colapso tienden a ser del
modelo II, con intentos de predominio elitista.
La movilidad, por supuesto, representa un papel notable en el proceso.
El caballo, que amplía hasta seis veces el radio de acción
de los grupos humanos, es el animal esencial, incluso sin estribos, desconocidos
antes de los siglos IV-V d.J.C.; su domesticación está vinculada
al movimiento de los pueblos indoeuropeos. El carro, junto al caballo,
tiene un papel fundamental.
Los procesos sociales coadyuvantes al cambio lingüístico no
se detienen en los modelos señalados. Podemos añadir el
desplazamiento restringido de población, el caso de los refugiados,
que puede afectar a millones de hablantes, la coexistencia de nómadas
y sedentarios, imprescindible para entender el desarrollo de las lenguas
túrcicas y su coherencia desde Siberia al Mediterráneo,
o el sistema económico de equilibrio entre donante y receptor en
términos de población: los semitas de la Península
Arábiga acuden a Mesopotamia desde el tercer milenio a. J.C.
La tesis de Renfrew para el crecimiento y dispersión de los indoeuropeos
está vinculada al desarrollo de la agricultura. No fueron necesarias
las migraciones organizadas: los individuos fueron ocupando tierra a un
ritmo de cuarenta a sesenta kms. por vida. El 6500 a.J.C. llegó
la agricultura organizada desde Anatolia a Grecia, en el 3500 a.J.C. se
había extendido a toda Europa, según los análisis
de radiocarbono. La combinación de crecimiento de la densidad de
población (de 0'1 a 5-10 por km2) con movimientos de 20 o de 30
km. permite explicar la extensión de la población agrícola
por toda Europa en este lapso. En algunos casos no habría población
que sustituir, en otros, como en la costa portuguesa o bretona, se produjeron
períodos bilingües prehistóricos, en otros, como el
caso del vasco, o el etrusco, la lengua anterior pudo llegar a la época
histórica. Esta tesis coincide en muchos aspectos con la de don
Pedro Bosch Gimpera.
Desgraciadamente, los instrumentos lingüísticos que poseemos
para medir el tiempo de diversificación de las lenguas son muy
imperfectos. El primero de ellos fue la glotocronología, un método
que se basaba en el principio del carbono 14: la velocidad constante de
la alteración de un objeto, en este caso el léxico de la
lengua, que se considera el sector de ésta que está más
difícilmente sujeto a cambios globales. Se establece el léxico
básico de varias lenguas y, según sus divergencias y similitudes,
se va retrocediendo en el tiempo hasta calcular el período en el
que se separaron. La lexicoestadística es un avance sobre la glotocronología
desde los mismos principios básicos: estabilidad general del léxico,
índice constante de mantenimiento del vocabulario básico,
índice constante de pérdida del vocabulario básico
en todas las lenguas, que permiten teóricamente establecer el lapso
de tiempo transcurrido desde que dos lenguas compartían un vocabulario
común hasta el momento en el que las lenguas se analizan. Pero
el principio de construcción de tablas de elementos léxicos
para el cálculo de su divergencia a través de los siglos
se basa todavía, en la elección de esos elementos para construir
las tablas, lo que da márgenes amplios de error y produce furiosas
reacciones en contra.
Lingüísticamente, la tesis de Renfrew exige que la lengua
hitita de Anatolia, actual Turquía asiática, sea indígena
de la región, desarrollada a partir de una base indoeuropea temprana.
La arqueología no está todavía en condiciones de
explicarnos cómo se habría producido la expansión
hacia el Este, también de tipo agrícola. Las lenguas antiguas
de Mesopotamia no tienen préstamos del indoeuropeo, lo que nos
lleva a suponer que la expansión oriental de éste no se
pudo producir antes de mediado el segundo milenio a. J.C. La opción
alternativa sería no un movimiento agrícola, sino de nómadas
en carros y caballos. Esta opción se basaría en el modelo
de dominio elitista.
Los lingüistas soviéticos Gamkrelidze e Ivanov han apoyado
la tesis de una muy temprana presencia indoeuropea en el este de Anatolia,
que se remontaría al séptimo milenio a. J.C. La tesis, naturalmente,
ha sido objeto de críticas, especialmente de I. Diakonov, no coincide
con Renfrew en la parte arqueológica y en la tesis de las migraciones;
pero es un buen argumento en favor de un establecimiento indoeuropeo temprano
precisamente en la zona esperable.
La diferenciación lingüística, por otra parte, es un
fenómeno que tiene un requisito previo: que exista una lengua que
se pueda diferenciar. Llegamos así de nuevo a la cuestión
de la lengua originaria y nos aprestamos al retorno a las cuestiones de
biología evolutiva. Una cosa es la capacidad lingüística
y otra la existencia de lenguas concretas. Los datos que hemos manejado
hasta aquí nos permiten llevar el antecedente de las lenguas indoeuropeas
hasta ocho mil años antes de Jesucristo, basados en hipótesis
coherentes, no en pruebas definitivas. La implicación lingüística
de que la diferenciación dialectal del indoeuropeo pudo empezar
hace diez mil años es apasionante, pero no imprescindible. Tampoco
podemos dejar de preguntarnos qué ocurrió en los treinta
mil años anteriores. Y todavía una pregunta más inquietante:
¿y antes?
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5. BIOLINGÜÍSTICA
Las relaciones entre las lenguas, los restos arqueológicos, los
datos histórico-culturales, la etnología y la sociología,en
conjunto, nos permiten reconstruir una impresionante parcela de nuestro
pasado. La biología puede llegar ahora para completar este esfuerzo,
siguiendo un camino no exento de baches, como también señalaremos.
El análisis de la materia orgánica permite a los biólogos
establecer relaciones genéticas. El código genético,
como sabemos, lanza un mensaje que podemos interpretar. Se puede medir
el parentesco entre las poblaciones humanas y reconstruir así el
árbol genealógico genético de la humanidad. Es tentador
poner en relación los genes, los pueblos que los poseen y las lenguas
que estos pueblos hablan. Tentador y peligroso: todavía hoy no
una realidad, pero sí una hipótesis esencial de trabajo.
Los cálculos de Luigi Luca Cavalli-Sforza y su equipo son, a veces,
de una simplicidad convincente; su correlación con los datos lingüísticos
es ya menos segura.
Tomemos su ejemplo del factor Rhesus, el Rh negativo, del que tenemos
millones de datos de todo el mundo, como consecuencia de los avances de
la ginecología. Si sabemos el porcentaje de individuos de una comunidad
que poseen Rh negativo, podemos calcular su proximidad genética
a otra comunidad, simplemente restando los porcentajes. Así entre
ingleses (16 por ciento) y vascos (25 por ciento) hay nueve puntos, mientras
que entre ingleses y asiáticos orientales (0 por ciento) hay dieciséis.
Esto significa que primero se separó el antecesor de asiáticos
orientales del común de vascos e ingleses y mucho después
se separaron genéticamente estos dos últimos. La distancia
genética aumenta con el tiempo.
En los últimos cincuenta años se ha acumulado información
de más de cien caracteres hereditarios distintos de unas tres mil
muestras, tomadas de mil ochocientas poblaciones. La masa es abrumadora
y las conclusiones por ello se imponen, en lo que concierne a la biología.
Como la separación genética entre africanos y no africanos
es la mayor existente, se comprueba el origen africano de la especie humana.
Los análisis de Allan C. Wilson y sus colegas de Berkeley sobre
los genes presentes en el ADN de las mitocondrias, orgánulos celulares
que metabolizan energía, permiten afirmar que existió una
primera mujer, africana, hace unos 150.000 ó 200.000 años.
Naturalmente, no tuvo que ser única; pero es la única cuyo
linaje mitocondrial no se ha extinguido: es la Eva mitocondrial. Esto
supone una fecha en el paso del homo sapiens al homo sapiens sapiens y
un nuevo elemento añadido a lo que nos ofrecían los paleontólogos,
un elemento anterior a los fósiles, por cierto. Si la población
africana se separó de la asiática hace cien mil años,
los asiáticos y los australianos lo hicieron hace cincuenta mil
y los asiáticos y europeos hace treinta y cinco mil años,
hemos de llegar a la conclusión natural de que los neanderthalenses
hablaban, entre otras posibles.
Cavalli-Sforza y el arqueólogo Albert Ammerman han propuesto un
modelo de expansión de los pueblos coherente con la expansión
genética, el de ola de avance. Hay movimientos de pueblos, pero
sólo en distancias muy cortas. El establecimiento de la agricultura
supone un incremento inmediato de la población. El primer movimiento
incremental es muy rápido, luego hay un descenso hasta llegar al
grado de saturación.
Los agricultores van cambiando la situación de sus granjas lentamente,
posiblemente siguiendo el agotamiento del suelo. El movimiento no sigue
una dirección determinada, es al azar, pero las propiedades matemáticas
de la onda implican un crecimiento regular del radio, desde el centro
de origen. La expansión es lenta y continua. Con una densidad de
cinco habitantes por km2 se alcanzan los tres mil kilómetros en
otros tantos años. En la parte de crecimiento exponencial de la
curva, la inicial, la población se dobla en dieciocho años.
La actividad migratoria local alcanza dieciocho kms. en cada generación
de veinticinco años, lo que resulta en ese índice global
de 1 km. al año.
Se trata, por supuesto, de un modelo, sujeto a todas las alteraciones
posibles por causas diversas: restricciones geográficas, alteraciones
de población por guerras, calamidades y enfermedades, movimientos
sociales, todo lo imaginable. Ahora bien, lo importante es que nos explica
perfectamente la necesidad del movimiento de los grupos humanos. El modelo
se reduce a la agricultura, aplicado a otras actividades daría
radios diferentes, que habrían de combinarse con los agrícolas.
Aunque la combinación del modelo y los argumentos genéticos
con la arqueología permite resultados aceptables, no ha ocurrido
lo mismo con lo referido a los datos lingüísticos. La "sorprendente
correlación entre distribución de genes y distribución
de lenguas", presentada por Cavalli-Sforza en un artículo
divulgativo publicado en Scientific American en noviembre de 1991 y en
Investigación y Ciencia en enero de 1992 ha producido airadas reacciones
de los lingüistas.
Cavalli-Sforza dibuja en el lado izquierdo el impresionante árbol
de la distribución por genes, hasta llegar a las poblaciones, con
una escala de la distancia genética. A la derecha figuran las familias
lingüísticas, unidas a las poblaciones. Las familias, a su
vez, se colocan como ramas de las superfamilias (nostrática, euroasiática
como alternativa y áustrica no "austríaca" como
dice la versión española, bastante desafortunada).
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Es lástima que el rigor del análisis genético no
se haya mantenido en la parte lingüística: no hay una rama
sarda del indoeuropeo, sí del latín, tampoco hay una rama
europea. Sardo y europeo son grupos genéticos, no lingüísticos.
Chinos y tibetanos, muy separados genéticamente, pertenecen a la
misma familia lingüística, que aparece partida en dos, inexplicablemente
desde este punto de vista, aunque la razón de la división
es, evidentemente, la necesidad de ajustar el cuadro genético.
Los tibetanos son genéticamente una subrama asiática del
noreste, más próximos a los coreanos que a otro pueblo,
mientras que los chinos (del sur, que son los únicos que aparecen,
por cierto) son asiáticos del sureste continental e insular. Sería
interesante saber con quién se relacionan genéticamente
los del norte. Chinos del sur, vietnamitas, camboyanos, thais, indonesios,
malasios y filipinos, aunque lingüísticamente diversificados,
están muy próximos genéticamente.
Las poblaciones laponas y samoyedas hablan lenguas de la familia urálica;
deberían aparecer fineses, estonios y húngaros (¿se
suponen en los europeos?), que son urálicos lingüísticamente,
no indoeuropeos. Es discutible la relación de ainu y coreano con
el grupo lingüístico altaico y ya hemos dicho anteriormente
que es excesivo dar por segura la adscripción del thai al áustrico,
con austronesio y mon-khmer (por cierto, ni "jmer", ni "jemer"
ni "khemer", es una k aspirada).
La versión española tiene una (otra) lamentable errata:
los asiáticos del suroeste (no del sureste como se dice) están
genéticamente emparentados con los beréberes, con los que
componen el grupo lingüístico afro-asiático (o camito-semítico).
En este grupo lingüístico también están integrados
los etíopes, que, sin embargo, genéticamente, están
emparentados con los bosquimanos, de la familia lingüística
khoisan, muy alejada de la afroasiática.
La sorprendente correlación (dejamos otros detalles) no existe,
o no existe como Cavalli-Sforza la presenta. El número de correlaciones
fallidas es muy elevado. Salvo para el caso del grupo genético
americano, que corresponde a los lingüísticos de amerindio
y na-dene (si se aceptan estas tesis, claro),en todos los demás
grupos y continentes hay graves excepciones. La tesis biogenética-lingüística,
en su formulación actual, es rechazable.
Sin embargo, el conjunto de hipótesis, pruebas, perspectivas y
metodologías que hemos planteado hasta aquí es enormemente
sugestivo. Es posible que la biología molecular y la genética
estén experimentalmente más avanzadas que la lingüística.
Es innegable que las lenguas pueden o no estar ligadas a genes, pues una
población puede cambiar lingüística, pero no genéticamente.
Una lengua es una opción no vinculante, los genes, en cambio,no
se eligen.
El futuro nos ofrece, por tanto, un campo de trabajo sumamente atractivo.
Un nuevo campo, el de la biolingüística, interdisciplinar,
no sólo entre las disciplinas, sino en el interior de éstas.
Nadie puede ser especialista en biología, arqueología, sociología
y lingüística; pero tampoco en lingüística indoeuropea
o afroasiática, ni casi sólo en una de ellas. La conjunción
de esfuerzos obliga a una metodología que evite generalizaciones
prematuras y excesivamente optimistas, y que permita la redacción
de proyectos de investigación que aseguren un peso equilibrado
a las partes, para la obtención de resultados fiables.
En el dominio de la comunicación, la posibilidad de vincular las
voces mudas del mensaje arqueológico con el mensaje lingüístico
de las lenguas naturales y el código riguroso y complejo de los
genes abre unas perspectivas, que no podemos por menos de calificar de
fantásticas. La prudencia aconseja extremar el rigor y contener
la imaginación.
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