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Lo esencial de las transformaciones materiales que
aporta la informática se basa en las particularidades esenciales
del signo. Los signos sólo pueden tener una función informativa
en su materialización. Ahora bien, la informática redefine
esa materialización: sobre los soportes de registro de los sistemas
informáticos los signos no tienen existencia material directa,
en la medida en que puede afirmarse que la tienen cuando se apoyan en
la materia de un soporte clásico como es el papel; no son directamente
legibles. Al limitarse a tratar funciones binarias, todos los signos complejos,
como los que utilizan los idiomas naturales, son transcodificados, conservados
únicamente en forma de secuencias equivalentes de 0 y de 1, ilegibles
sin un programa especializado. Son objeto de uno o varios procesos de
codificación que tienen como consecuencia la reducción de
sus diferencias específicas. Una palabra cualquiera de un idioma,
una fórmula matemática o un dibujo se convierten en secuencias
de cifras. Su existencia sólo es virtual, en espera de operaciones
que, al transformarlas, las hará visibles. En las memorias de los
ordenadores, la inscripción de la palabra iguana no es la secuencia
gráfica de los signos i+g+u+a+n+a, sino la traducción visual
de operaciones abstractas que le atribuyen temporalmente dicha forma.
Esa particularidad que los desmaterializa hace que esos códigos
puedan ser sometidos a cálculos diversos, permite la introducción,
con serias consecuencias, de lo que llamamos el tiempo real: una rapidez
de tratamiento que, en el nivel de lectura humana, parece instantáneo. Al contrario de lo que ocurre con los soportes más
convencionales, el texto y el grafismo informáticos pueden no ser
fijos. En el caso de los signos binarios, cualquiera que sea su apariencia,
al referirse siempre a un sistema único de codificación,
el paso de un código a otro se produce sin dificultad. Basta con
modificar las fórmulas de cálculo de los códigos
para que se modifiquen en tiempo real. El lector se enfrenta a textos
en modificación perpetua, que sufrirían una profunda desnaturalización
al ser impresos. Así, es muy posible que el texto que el lector
recorre sobre la pantalla no exista en las memorias del ordenador. Los
programas crean, en tiempo real, ese texto que es leído por un
lector. Uno de los primeros programas que generaron un texto a partir
de un diccionario y de funciones programadas fue el del canadiense Jean
A. Baudot (1964). Se trata de poemas en verso libre, como Los destellos
aristocráticos y las alas soberanas profanan la justicia. A ese
programa le siguieron rápidamente muchos otros realizados por diversos
autores: Mark V. Shaney, autor informático programado por Bruce
Ellis; Mell, realizado por Bonnie Firner; Tale Spin por James Meehan,
Erato por Louis Milic; Poetry Generator por Rosemary West; Orphée
por Michael Newman; Robert Gaskins ha creado un generador de haikus, etc.
En Francia, Simone Balazard, Jean-Pierre Balpe, Paul Braffort, Marcel
Bénabou, Jacques Jouet, François Petchanatz, llevan a cabo
investigaciones en ese terreno. UN TEXTO LIGADO A LA TEMPORALIDAD La informática genera asimismo lo que se ha dado en llamar el tiempo real, es decir, una rapidez de intervención tal que el lector tiene la sensación de que el ordenador responde sin demora a sus exigencias. Característica que introduce algo del ámbito de la teatralización en un texto que se convierte en espectáculo del texto a punto de ser escrito. El lector es al mismo tiempo espectador de la fábrica del texto y del texto acabado. Su lectura es diferente: lee la disposición espacial y los procesos de realización del texto, en mayor medida, quizá, que el propio texto que, en el desengaño de su interrupción, no logra constituirse en texto clásico. Su edición es antinómica: el texto informático es un texto concebido para desarrollarse en el tiempo y en el espacio. Este aspecto tiene el efecto secundario de situarle de forma natural en el campo de lo que hoy se ha dado en nombrar con el anglicismo performance: sale del espacio donde estaba instalado para invadir otros. Cambia su con-dición: el texto para leer se convierte en texto para ser visto. La comunión solitaria del lector y del libro tiende a difuminarse ante una especie de participación colectiva. El texto, componente ambiental, aspira a salir de la página, sueña con vivir en los muros de las pantallas de alta definición o, con la ayuda del rayo láser, proyectarse sobre espacios todavía más amplios. El autor, sin dejar de ser escritor, productor de idioma, se ve empujado a convertirse en tipógrafo, arquitecto, grafista, director de escena. La movilidad, la capacidad generativa y la instantaneidad
desembocan en la interactividad. En sus lecturas convertidas en recorridos,
a través de sus respuestas a las proposiciones del ordenador, el
lector deduce variaciones textuales, modifica el desarrollo del texto
que lee, a veces incluso su contenido: intervenciones directas mediante
la respuestas a las preguntas; intervenciones indirectas mediante los
cálculos del sistema a partir de cualquier acción del lector
sobre el ordenador... En un texto interactivo potente es totalmente imaginable
que un lector, en función de las especificidades inmediatas de
su pregunta y de sus reacciones, no encuentre nunca los propios textos.
Estos son a la vez producto de una lectura realmente activa y de los comportamientos
del lector.
Esas primeras producciones, aunque chocan frontalmente con los hábitos culturales de lectura y no encuentran un circuito de difusión apropiado, esbozan una voluntad de reconsideración de las relaciones del lector con la obra, que ha de acentuarse en el futuro. La evolución tecnológica, al relativizar la complicación técnica, debería facilitar su realización. Por otra parte, algunos editores comienzan a pensar seriamente en la cuestión, especialmente en lo que se refiere a la literatura infantil, a partir de las posibilidades que ofrecen los CDI (discos compactos interactivos) y los CD-Rom (discos compactos), soporte en el que ya existen diversos títulos (Manhole, inspirado en las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, por ejemplo). Los textos informáticos también aprovechan,
en ocasiones, otra de las particularidades de la informática: su
deslocalización. Como cualquier señal electrónica,
el texto puede ser creado en un lugar y, al mismo tiempo, leído
en otro. Todo texto informatizado es trans- portable, inmediatamente legible
en lugares completamente apartados unos de otros. Puede asimismo ser transformado
a distancia. La interconexión es una consecuencia lógica. La capacidad generativa provoca la multiplicidad.
Ciertos programas, como el RENGA (exposición Los inmateriales,
Centro Georges Pompidou, París, 1985) generan un texto nuevo cada
minuto: 32.500 textos durante los cuatro meses de la exposición.
Fecundidad que pone seriamente en tela de juicio la imagen ideal del texto
habituado a hablar de obra, resultado auténtico, raro y precioso
de complejos caminos interiores. ¿Cuál es, en efecto, el
estatuto de un texto cuyos lectores cambian continuamente? ¿Qué
lee el lector cuando lee uno de los infinitos recorridos posibles? ¿Cuál
es la posición del autor frente a esas lecturas múltiples
que no puede controlar? Etc. Por último, si el texto es modelizable, a
menos que se piense que la intuición, la sensibilidad y la inspiración
no representan su papel (o que no son igualmente modelizables), parece
evidente que escapa a la parte sensible del ser humano para asentarse
en su componente racional. Todo texto se convierte en el resultado de
un cálculo externo, de una especulación abstracta sobre
las posibilidades combinatorias de los itinerarios del idioma (al margen,
por otra parte, de sus complejidades). La literalidad del texto se desplaza
hacia las propias reglas de cálculo: escribir no es producir un
texto determinado, sino establecer modelos de texto. La originalidad ya
no reside en el producto, sino en las modalidades de producción.
Dado que el texto no es más que el producto de un cálculo
abstracto sobre el corpus del idioma, toda literalidad se basa tan sólo
en dispositivos particulares de dicho idioma, que basta poner en marcha
para estar seguros de obtener un resultado. Simplemente, eso implica -y
no es la menor de las dificultades- que se pueda considerar el idioma
como un sistema fijo, totalmente descriptible, coherente, donde el control
de los efectos obedece a un conjunto cerrado de leyes descritas con precisión:
la escritura del paso a paso, por aproximación, retoques, ajustes
sucesivos, ya no es posible. Debe ser un gesto seguro y definitivo que
no permita ningún arrepentimiento, porque, aunque se produzcan
retoques, sólo pueden efectuarse en el mismo nivel del modelo,
no en el nivel terminal del texto. A menos, claro está, que esas situaciones
no sean más que añagazas para llevar al lector por vías
cultas de lectura. La utilización de la informática plantea,
en este sentido, una relación nueva no sólo con la producción
lingüística, sino también con sus lecturas. Es decir,
que la conversión del texto en literatura sea, en lo esencial,
asunto del lector desde el momento en que acepta leer de un modo particular
un conjunto de signos que, cualesquiera que sean, se presentan como texto.
Lo esencial de la comunicación literaria pasa por la percepción.
El mensaje no es más que el soporte pretexto de una transmisión
directa entre un emisor en posición de literatura y un receptor
en espera de literatura, algo así como la inversión del
gesto de los ready made en las artes plásticas. En ese caso, la
mayoría de los problemas planteados por la modelización
son eliminados. Es un texto que se da a leer como tal. Desde el momento
en que el autor se presenta como escritor, en cualquiera de sus producciones,
al margen incluso de cualquier otro criterio objetivo, desde el momento
en que actúa sobre el idioma, es recibido como texto. El acceso
a la posición de autor pone de manifiesto toda una serie de fenómenos
entre los que la calidad del texto sólo es, en resumidas cuentas,
un aspecto relativamente marginal, y eso es lo que importa por encima
de todo. Nada, en ese marco de posibilidades, impide teóricamente
que el autor sea múltiple, mecánico o anónimo, si
de un modo u otro obstenta los signos de esa autoridad. El principal obstáculo
pertenece al ámbito de lo ideológico. Dos extremos delimitan el campo de acción:
por una parte, la ilusión demiúrgica, que desea dominar
el texto a través de los modos de producción; por otra,
el abandono total ante la simple afirmación del gesto (por muchos
motivos, mucha literatura históricamente rechazada: versos, juegos
literarios, pero también provocaciones dadaístas o letristas...).
Entre ambos extremos pueden ubicarse los comportamientos que actualmente
representan las investigaciones en lo que se ha dado en llamar literatura
informática. Los márgenes de maniobra, la libertad de los
creadores frente a las limitaciones que la informática obliga a
controlar, se ubican estrictamente en ese territorio. Las producciones literarias basadas en las nuevas tecnologías no disponen realmente de tradiciones a las que referirse, ni de antecedentes ante los cuales reaccionar; se hallan en una fase de investigación. Consecuencia de ello es que la literatura informática no corresponde a ninguna de las expectativas actuales de los circuitos de distribución del libro. Más aún, en muchos aspectos es incompatible con los métodos, tradiciones, convenciones y costumbres que se han ido forjando durante siglos, en la medida en que el texto, por su desarrollo infinito, no aspira al valor del mismo modo que el texto literario clásico: no es más que una materialización temporal, entre muchísimas posibles, de las potencialidades virtuales de textos abstractos. Esa literatura perturba las redes tradicionales de distribución y no tiene más remedio que mantenerse al margen de ellas, condenada a inventar sus circuitos específicos o a quedar marginada. Producida por creadores más o menos aislados, inadaptable a los circuitos tradicionales de comercialización de textos, es difícilmente accesible y, por esa misma razón, confidencial. Para llegar al público al que va destinada, para tener algunas posibilidades de convencerle, habría que inventar nuevos modos de difusión y de encuentro. No es ésa la menor de las transformaciones que el uso de la informática amenaza con imponer a la producción literaria. CUESTIONAMIENTO DE LO LITERARIO En efecto, los problemas de la literatura, con todas
sus incidencias económicas, jurídicas y culturales, no dejan
de plantearse en términos nuevos desde el momento en que se produce
una ampliación de los instrumentos creativos de tratamiento de
la escritura, cada vez más potentes y ergonómicos. Por ejemplo: Las nociones de originalidad, de autor, de propiedad
literaria, etc. son profundamente cuestionadas y, aunque es aventurado
pretender que esos nuevos planteamientos de la escritura vayan a trastocar
por completo las concepciones literarias, la riqueza de las posibilidades,
la diversidad de los esfuerzos, el número relativamente importante
de escritores directa o indirectamente interesados en el asunto, la aceleración
de las producciones, todo ello pone de manifiesto entre los creadores,
de formas muy diversas, la existencia de una verdadera seducción
por la informática. La escritura, al desinteresarse en parte del
resultado de la acción, se desplaza hacia la acción que
el ordenador pone en escena. Más que por la admiración,
la literatura tiende a justificarse por la participación: el lector
es incitado a desempeñar el papel central de constructor activo
del texto que, en más de un sentido, no es más que un espacio
donde jugar su propio juego. La autoridad cultural, modelo monárquico
que hay que obedecer, se disuelve en la afirmación de unicidad
de las conciencias, tiende hacia un modelo democrático, incluso
anárquico tal vez, donde cada uno sólo encuentra en sí
mismo su propia autorización. Aunque sólo fuera por ese
motivo, la producción informática de lo literario forma
parte del movimiento general en favor de la afirmación de la originalidad
individual y de la reivindicación de la autonomía. Así,
no hace más que integrarse en el amplísimo movimiento de
redefinición del arte cuyos primeros pasos se produjeron hace poco
más o menos un siglo. Traducción: Antonio Fernández
Lera
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