| OPINIÓN |
Perspectivas |
 |
| |
|
|

|
El teatro y las nuevas tecnologías.
Jorge Urrutia |
 |
 |
 |
Ante las numerosas posibilidades de aplicación
de las nuevas tecnologías al teatro, las opiniones han oscilado
del rechazo al exceso. Pero en una sociedad de la comunicación,
el teatro debe también evolucionar para devolver al espectador
la sensación y el placer de la libertad.
Al menos desde 1898, año en el que el mexicano Salvador Toscano
Barragán rodó una Pasión de Cristo con los aparatos
del cinematógrafo Lumière (una Pasión he dicho, luego
el cine, en sus inicios argumentales, recurría a temas similares
a los del teatro europeo en los comienzos) aflora entre los hombres preocupados
por el espectáculo la inquietud de que las nuevas técnicas
influyan decisivamente, y de modo incontrolable, en su trabajo. Pero ya
antes de 1898, con la instalación de la luz eléctrica en
los locales de espectáculo (por no referirme a la influencia de
las sombras chinescas y similares), la relación, incluso la colaboración,
del comediante con la imagen proyectada fue objeto de discusiones y ensayos.
En algunas salas de variedades, por ejemplo, y antes del invento del cine,
se proyectaban vistas tras las cantantes que actuaban. Bordeábanse,
pues, los géneros híbridos que,si siempre han existido,
el nacimiento del cine los hizo más numerosos. Las literaturas
hispánicas de este siglo han conocido, por ejemplo, (y doy nombres
y títulos de narraciones y textos dramáticos a vuela pluma)
el cinedrama (como Vidas cruzadas, de Jacinto Benavente), la novela cinematográfica
(así, Cagliostro, de Vicente Huidobro), la novela-film (según
se subtitula El poeta y la princesa o el cabaret de la cotorra verde,
de Pío Baroja), la película cómica hablada, cuando
el cine era todavía mudo (como El bastón de alcalde, de
Manuel Caba y José Alba), el poema cinematográfico (denominación
de La manzana, de León Felipe), además de la comedia peliculesca
y otros.
EL TEATRO PRECISÓ
SIEMPRE LA TECNOLOGÍA
No me voy a referir para nada al hecho de la participación
de actores de teatro, en algún caso de importantes actores, en
los filmes tempranos porque,en el fondo, es algo que -en lo que nos afecta
aquí- carece de relevancia. Más interesantes fueron los
intentos, en distintas cinematografías europeas sobre todo, de
buscar un cine artístico y cultural (frente a un cine mostrativo
o a un cine de argumento simple) a través del teatro. La confusión
que relaciona la sola presencia de un actor con la esencialidad teatral
se produjo pronto y el advenimiento del sonoro la propiciaría aún
más. Así se explica que Jacinto Benavente llegase a fundar
su propia productora cinematográfica o que Valle Inclán
(aunque el concepto de teatro total del autor de Luces de Bohemia permita
justificarlo) defendiera la sustitución futura del teatro por el
cine y abandonase la escritura dramática cuando se afianzó
el cine sonoro.
Hay en la relación primera del cine con el teatro un intento de
estudio ontológico, una búsqueda de especificidades aunque
se hiciera -y esto tal vez pueda resultar paradógico- a través
del convencimiento de la existencia de universales. Cine y teatro, se
afirmaba, comparten el actor, el espacio ficcional escénico, la
división del espacio espectacular en dos partes (la que corresponde
a la actuación y la propia de la espectación), la posibilidad
de desarrollar conflictos entre individuos simbólicos, etc. Es
decir, comparten, se pensaba, universales de representación y de
espectacularidad.
Bien es verdad que, en un principio, importó más la espectacularidad
como estructura de relaciones: así, Georges Méliès
reproduce el concepto de la cuarta pared inexistente, orientando todo
el movimiento actoral hacia el supuesto espectador (se incluyen las reverencias
finales de saludo y agradecimiento a los aplausos que se suponen) e incorpora
un telón de boca que cierra el espectáculo. Pero todavía
El cantor de jazz, primera película sonora, y posterior, por lo
tanto, al desarrollo del cine narrativo (Griffith, Von Strohein, Chaplin,
Ford), distingue entre lo narrado y lo mostrado, al limitar el sonido
a las actuaciones cantadas de Al Johnson y dejando el resto mudo y con
subtítulos.
Más tarde el cine acudió al teatro,
no tanto como resultado de una reflexión sobre las coincidencias
esenciales de ambos lenguajes, como por la comodidad de encontrar en él
guiones dispuestos e historias concentradas en un tiempo limitado; aquél
en el que el espectador era capaz de mantener su atención, soportando
la butaca, debido a la costumbre.
Y el teatro, por su parte, encontró en el cine la posibilidad del
registro, la posibilidad de mantenerse en la memoria, de escapar a lo
transitorio, a lo efímero de la función.
Ya sabemos que lo que diferencia a un lenguaje de otro no es tanto el
tipo de realidad inmediata que construye, como el modo de construirla.
Así, un filme que presente un pequeño número de personajes
en un espacio reducido no corresponde necesariamente a la concepción
teatral. Uno de los géneros cinematográficos de mayor desarrollo
y éxito en los años cincuenta y sesenta, la comedia norteamericana,
suele consistir precisamente en el enfrentamiento de tres o cuatro personajes
en el interior de una vivienda. Es en la segmentación, en la parcialidad
de lo que muestran los planos y en el modo de ordenarlos, donde radica
en este caso el valor de lo fílmico. La decadencia de dicho género
cinematográfico sobrevino cuando el relato televisivo asumió
dichos modos de presentación, con lo que el cine se vio obligado
a optar por otro tipo de segmentación no televisiva, basado en
planos generales y en planos secuencia de gran profundidad de campo.
El conflictivo encuentro del teatro con los lenguajes audiovisuales debe
considerarse a partir de las diferencias entre los modos de presentación.
Es lo que permitirá comprender cómo puede incorporarse otro
tipo de lenguaje al espectáculo teatral (que ya de por sí
es producto de una pluricodicidad); es lo que permitirá probar
hasta dónde puede estirarse el elástico de lo específico,
sin que deba preocupar tampoco mucho si se rompe o no, porque, al fin
y al cabo, los géneros no son pétreos e inamovibles, sino
que evolucionan con la historia y la cultura, adaptándose a las
necesidades de los sujetos emisores y receptores.
 |
Pero conviene recordar que el teatro también
es un lenguaje audiovisual; exactamente el primer medio audiovisual de
presentación (a estas alturas todos se habrán percatado
de que intento evitar el término representación; no creo
que se represente nada, en todo caso se imita y la imitación no
es sino la construcción de un objeto a partir de las características
más notables, según el criterio que sea, de otro).
Ahora bien, cuando hablamos de lenguajes audiovisuales, sin embargo, nos
referimos a determinados lenguajes audiovisuales: los producidos gracias
a las tecnologías. Y cuando hablamos de tecnologías, también
nos referimos sólo a determinadas tecnologías, las que denominamos
nuevas.
En la primavera de 1991, desde la grada más alta del teatro griego
de Siracusa, admiraba las proporciones de la construcción, la blancura
de la piedra,la belleza del mar fundiéndose con el cielo. Intentaba
yo imaginarme las togas diluyéndose en las gradas, el coro llorando
o maldiciendo, la grandeza de la ciudad que podía mantener un teatro
de tales dimensiones y capacidad. Abajo del todo, un guía dicharachero
explicaba a unos turistas franceses,con toda probabilidad jubilados en
un viaje programado de agencia, la historia y las características
del monumento. Contemplaba las cabezas en la distancia. La voz del guía
me llegaba con toda nitidez. Yo aprovechaba el saber mecánico del
profesional turístico sin ser cliente de agencia. Y ello era posible
porque los constructores del teatro poseyeron el conjunto de conocimientos
propios de su oficio -es decir, la tecnología- que les permitiera
aprovechar la relación de la concavidad de la gradería con
la dirección de la brisa marina, de tal modo que la voz pudiera
llegar sin dificultad desde el actor hasta el espectador más alejado.
La tecnología siempre ha sido indispensable
en el teatro. La labor del director de escena consiste, precisamente,
en aunar distintas actividades técnicas para construir el espectáculo.
El director no tiene por qué ser un técnico, pero, además
de un creador o precisamente por serlo, debe ser un tecnólogo de
variados saberes. Ahora bien, cuando hablamos de nuevas tecnologías
no nos referimos a las que el teatro ha conocido desde hace muchos años,
incluso siglos. Nos preocupamos por la informática en sus distintas
aplicaciones, por el rayo láser o por los modos de producción,
conservación y emisión de la imagen y del sonido, etc. Sin
olvidar las posibilidades de los satélites artificiales para la
trasmisión de imágenes y sonido, cada vez más cerca
de un uso privado más allá de la sola información.
La Comunidad Europea ha lanzado ya el borrador del Libro Verde que persigue
unificar la actuación en el campo de las comunicaciones vía
satélite en la comunidad europea; un documento que pretende obtener
las ventajas de la normalización. Las videoconferencias vía
satélite son ya una realidad que, al permitir la relación
directa y simultánea de dos transmisiones de televisión,sirven
de ejemplo y ofrecen unas grandísimas posibilidades a la creación
de espectáculos visuales, entre otros al propio teatro.
FUNCIONES DE LAS NUEVAS
TECNOLOGÍAS
Las técnicas de las que actualmente puede
disponerse tienen la capacidad de facilitar el trabajo. No sería
lógico prescindir de ellas. Durante un encuentro celebrado en Sevilla,
dentro del marco de EXPO 92, en enero de 1991, bajo el título Teatro:
memoria y utopía, dirigido por Maurizio Scaparro y coordinado por
mí mismo, una de las secciones se tituló Del actor al satélite:
relaciones entre el arte vivo y el arte reproducido. Al resumir las discusiones,
se reclamaba "la aplicación de las nuevas tecnologías
como soporte de documentación, tanto de la memoria histórica
del pasado (catalogación de todos los espacios escénicos
y teatros de la tradición griega y latina), como la memoria histórica
activa del presente (creación de un banco de datos del teatro europeo
y latinoamericano, con su posterior publicación) y se defendía
el valor incalculable de los nuevos medios informáticos en el desarrollo
y conservación de la información y documentación
como servicio público" (1). El Centro per la Ricerca sui nuovi
Linguaggi dello Spettacolo (2) ha iniciado por su parte una investigación,
bajo el título La memoria del futuro, que tiene como objeto elaborar
el primer censo completo de los casi mil teatros antiguos griegos y romanos,
repartidos por toda la cuenca mediterránea.
Los soportes informáticos han demostrado ya su valía para
la conservación y el acopio de documentación de toda clase.
Nuestros teatros y los centros de investigación teatral no pueden
menos que echar mano de tales procedimientos a la hora de establecer cualquier
corpus, inventariar salas y medios,sistematizar los conocimientos sobre
la existencia de grupos, etc. No es necesario detenerse más en
esto. La informática puede aligerar parte del trabajo en las distintas
especialidades, como instrumento eficaz de cálculo, archivo, sistematización
y síntesis, desde la distribución de boletos de entrada,
hasta la periodización de los cambios de luces.
 |
Las nuevas tecnologías permiten también
mejorar la iluminación de numerosas maneras y la combinación
de la informática con el rayo láser, por ejemplo, ofrece
múltiples posibilidades combinatorias. Algo similar puede decirse
de los procedimientos para el registro y la reproducción del sonido.
Habrá, pues, que distinguir entre el uso de las nuevas tecnologías
en lo parateatral (documentación, equipamiento de las salas, servicios
de comunicación interna y externa) y en la propia puesta en escena.
Al menos teóricamente (puesto que lo extratextual puede influir
sobre la estructura del texto),el uso en lo parateatral viene a ser anecdótico,
en el sentido que debe preocupar desde un punto de vista administrativo
o comercial (en cuanto a lo que signifique para una mayor o menor comodidad
de los asistentes, ya sean actores, técnicos y espectadores), pero
no afecta a lo expresivo ni a lo estético. Importante, en cambio,
es el uso en lo que se refiere a la puesta en escena.
Los nuevos procedimientos pueden ser simplemente sustitutorios de otros
ya superados, mas, en ocasiones distintas, las tecnologías modernas
permiten ampliar el significado. Como ejemplificaba Guillermo Heras, en
un simposio sobre Nuevas Tecnologías en la Vida Cultural Española,
"en un Auto Sacramental de Calderón en que se hable en una
acotación de Cúpula Celestial, donde tradicionalmente se
ha realizado un tipo de decorados según los materiales más
afines en cada época: maderas, telas, pinturas planas, cartón,
cuerda, para pasar luego a los plásticos, metacrilatos, aluminios,
grandes iluminaciones desde la luz de gas hasta las lámparas halógenas,
etc., hoy podemos utilizar el rayo láser, que posibilita una magia
envolvente mucho más allá de las técnicas anteriores"
(3). Hay, pues, que matizar el uso tecnológico como simplemente
útil (la sustitución de un procedimiento por otro con similares
resultados) o como significativo (es decir, aquello que aporta significación).
Conviene que nos preguntemos cuáles son los
motivos que explican la incorporación de las nuevas tecnologías
en el espectáculo teatral. Creo que puede hablarse primeramente
de tres razones: la utilidad de la sustitución de procedimientos
caducos (de lo que hemos hablado), la moda y la investigación expresiva.
La moda ejerce una fuerza sobre los miembros de una sociedad que resulta
difícil de medir. Nos arrastra venciendo nuestras más numantinas
resistencias. Simios al fin y al cabo, es difícil que escapemos
a los atractivos de la imitación. Georg Simmel supo ver que la
moda permite una obediencia social que se manifiesta, al mismo tiempo,
como diferenciación individual (4). Pero la moda, fuera de ese
valor de integración voluntaria en el grupo social, no aporta ineludiblemente
alcance significativo. Hacer uso de las nuevas tecnologías sólo
porque en un momento determinado de la cultura, en un estadio de las relaciones
sociales, parezca obligado hacerlo no implica necesariamente que dichas
tecnologías vayan a aportar nada nuevo a la expresión teatral
ni al menor desarrollo de nuestro pensamiento. Se corre, además,
el peligro de aproximarse a sistemas expresivos distintos del teatro,hasta
el punto de insistir en la imitación imitándolos -permítanme
la repetición- en medios y objetivos y desvirtuando, pues, el propio
teatro. "Ya se entiende", escribe José Monleón,
"que un teatro de nuestros días no ha de hacerle ascos a los
avances técnicos de todo orden -desde la arquitectura de las salas
a la dotación material de los escenarios-, siempre que su presencia
no desnaturalice la singularidad de la comunicación teatral, haciendo
de la escena un remedo pobre de las nuevas formas expresivas" (5).
¿Hasta qué punto es necesaria la incorporación de
las nuevas tecnologías al espectáculo teatral? Como ante
los medios de comunicación de masas: los teóricos y prácticos
que se manifiestan sobre el uso de las nuevas tecnologías lo hacen
como apocalípticos -y utilizo una clasificación conocida
de Umberto Eco-, denunciando los fatales peligros que su uso comporta,
o como integrados, al defender a ultranza su empleo.
APOCALÍPTICOS
E INTEGRADOS TEATRALES
La acusación mayor que se hace es que la aplicación
indiscriminada (¿y cómo discriminar?, ¿bajo qué
criterios?) de las nuevas tecnologías pone en peligro la continuidad
de la especificidad teatral. Así, José Monleón la
considera "a veces amenazadora, en la medida en que diluye la característica
esencial del teatro: la relación directa entre el actor y el público"
(6). Y por ello defiende que, frente a la invasión avasalladora
de las nuevas tecnologías, "el teatro debe acentuar su especificidad,
[...] aquello que no puede ofrecer la reproducción mecánica:
es decir, el cine y la televisión" (7). Guillermo Heras también
advierte que el teatro debe quedar en sí mismo porque "es
bastante absurdo intentar reproducir las sensaciones que otros medios
artísticos pueden producir en la actualidad" (8).
 |
Para los integrados, en cambio, cualquier introducción
de nuevas técnicas en el espectáculo teatral es lícita.
El progreso radica en ser capaz de integrar las innovaciones, y no hay
nada peor que apegarse a modos de expresión clausurados. Si hay
crisis en el teatro se debe a que los posibles espectadores se han habituado
ya a otras formas de percepción, a lenguajes diferentes, y a unas
y otros hay que acudir para recuperar audiencia. Así,el escenógrafo
y director Yago Pericot denunciaba que "el teatro ignora, la mayoría
de las veces, o utiliza inadecuadamente el texto visual en sus producciones,
apoyándose en el recurso verbal exclusivamente, como único
soporte y reduciendo el texto visual a una pura ilustración tautológica.
[...] El rechazo de la nueva tecnología en el teatro ha limitado
ciertos aspectos fundamentales de la creación, dando acceso a una
inhibición dentro de los procesos creativos habituales. Rechazo
tanto más paradójico cuanto que el público, a través
de su progresiva familiarización con los medios de mayor difusión,
ha elevado sus estándares de acuidad y sensibilidad con respecto
a la textualidad visual. [...] Lo lamentable es que estos argumentos -concluye
Pericot- tengan su base en la ignorancia, concretamente en la cerrazón
frente a nuevas formas de expresión basadas en la tecnología
actual" (9).
Naturalmente, ni la postura de los apocalípticos
ni la de los integrados es la correcta. No se trata de negar el pan y
la sal a las nuevas tecnologías, pero tampoco de abrirles la puerta
de la casa sin ninguna cautela. Y no cabe elegir la postura del justo
medio.
Es obligación moral tener en cuenta para el desarrollo del espectáculo
las posibilidades económicas y técnicas de los países
en los que se trabaja y, a la vez, no pensar que sin nuevas tecnologías
ya nada es posible. El reciente libro de Donald H. Frischmann El nuevo
teatro popular en México (10) ofrece numerosos ejemplos de teatro
pobre. Pero quiero destacar cómo Robert Wallace, en Politics of
self reference: Toronto Theatrer in the 1990s, comunicación presentada
al coloquio del IITLC de Ottawa (agosto de 1991), se refirió a
un teatro voluntariamente huérfano de nuevas tecnologías
hecho en el Canadá de lengua inglesa.
Un reciente programa de la UNESCO para el establecimiento de unas bases
documentales enlazadas por modem, en países iberoamericanos, asiáticos
y africanos primordialmente, se ha visto postergado porque no había
previsto que el servicio telefónico en algunas regiones es francamente
inestable y el suministro eléctrico inseguro. La aplicación
de determinadas tecnologías al teatro puede ser en unas ocasiones
ilusoria y en otras insolidaria, debido al alto costo que significaría,
aunque el espectáculo en sí reportara beneficios económicos
para la entidad productora. Román Gubern nos recuerda que "la
filosofía del eficientismo técnico, vaciada de contenido
ético y social, puede conducir a aberraciones tales como la solución
final, hitleriana del exterminio judío, diseñada con escrupulosa
racionalidad eficientista en términos de coste-beneficio"
(11). Y, por si la comparación pudiera a alguien parecerle exagerada,
recuérdese el llamado síndrome Philips. Bajo esa denominación
se designa "la tendencia compulsiva [...] a concentrar los esfuerzos
en la innovación tecnológica, sin valorar otros aspectos".
Dicho síndrome toma su nombre del magnetoscopio doméstico
Philips V-2000 que, pese a su alta calidad técnica, fracasó
comercialmente porque no se tuvieron en cuenta las condiciones del mercado
y la necesidad que los potenciales compradores podían sentir de
poseer un aparato tan perfecto (12).
Maurizio Scaparro decía en sus palabras inaugurales del encuentro
El Teatro: memoria y utopía, al que me referí antes: "Pienso
que si somos capaces de unir este arte humano con los descubrimientos
tecnológicos, no usados muy frecuentemente a favor del hombre,
como estamos viendo en estos años, y trágicamente en estos
días, podremos dar pasos adelante hacia la construcción
de un humanismo científico, que pueda ayudar a nuestra sociedad,
cegada por un ficticio bienestar y por un ficticio (¿ilusorio?,
¿real?) mercado". Es una manifestación de buenas intenciones
propia del texto de apertura de unas sesiones de trabajo. Hay que preguntarse
siempre en qué consiste ser capaz de unir el teatro con los nuevos
descubrimientos tecnológicos, de tal forma que no desvirtuemos
ese arte humano.
Cualquier recurso expresivo tiene por función, como su propio nombre
indica, expresar. De no cumplir dicha función, su uso resulta inútil
y, por lo tanto,su presencia deviene superflua. En un poema, por ejemplo,
cualquier alteración sintáctica no tiene razón de
ser si no aporta un aumento de significación. Lo mismo puede decirse
del encabalgamiento. En el espectáculo teatral, suponiendo que
lo esencial, caracterizador y definitorio fuere la relación directa
entre un actor y un espectador, todo recurso que se incorpore por encima
de ese enfrentamiento básico (ya sea el decorado, la música,
la iluminación o cualquier otro) únicamente se justifica
si permite expresar más y mejor que con la sola presencia desnuda
del actor frente al espectador.
La integración, pues, de las nuevas tecnologías en un montaje
escénico tiene toda justificación si aporta alguna novedad
significativa, un aumento de la calidad semiótica. El director
de escena puede incorporar a su investigación teatral cualquier
sistema o técnica, con la intención de ensayar nuevos procedimientos
expresivos. Desde el punto de vista de la semiótica, sería
antieconómico el uso de novedades lingüísticas que
no aportaran sino redundancia, y, si lo viejo resulta satisfactorio, para
qué sustituirlo. Todo esto resulta evidente y no parece necesario
tener que insistir en ello.
 |
INMERSOS EN LA SOCIEDAD
DE LA COMUNICACIÓN
Claro es que, cuando hablamos de nuevas tecnologías,
nos referimos fundamentalmente a las nuevas tecnologías de la comunicación.
Debido a eso, podemos matizar más algunos aspectos de lo dicho
hasta ahora.
La característica más evidente de la sociedad moderna es
que se ha constituido como sociedad de la comunicación y, naturalmente,
en ella y por ella todas las actividades humanas se ven afectadas. Nunca
el flujo informativo ha sido tan abundante, ni el hombre fue asaltado
de modo tan violento a lo largo de la historia. El hábito de recibir
información se ha acendrado hasta tal punto que el hombre contemporáneo
no sabe estar sin ella (aunque muchas veces no reciba información
de novedades en sí, sino relatos o comunicación de factoides)
y llega a ordenar la vida en virtud de su recepción. Por ejemplo,
los informativos de la televisión disponen el régimen horario
de gran parte de los habitantes de los países en los que se emiten.
Entendía Marshall McLuhan que una sociedad se define y caracteriza
por las tecnologías de la comunicación de que dispone, y
ello no significa simplemente que determinados útiles comunicativos
adquieren una gran importancia, sino que la sociedad se ve matizada y
transformada. Por ello puede afirmar Gianni Vattimo, en un libro importante
para entender la modernidad, La sociedad transparente, que "el intensificarse
de los fenómenos comunicativos [...] no representa sólo
un aspecto entre otros de la modernización, sino, de algún
modo, el centro y el sentido mismo de este proceso" (13). Ninguna
actividad del hombre en la sociedad moderna puede librarse de los efectos
de la comunicación triunfante, porque ello equivaldría a
no pertenecer a aquélla, a quedar marginado o automarginado de
lo que significa. De modo que una ciudad no es sencillamente un espacio
físico, sino, sobre todo, un espacio semiótico (14). Estamos
inmersos en lo que Juri Lotman denomina la semiosfera, aquel espacio semiótico
fuera del cual no es posible la existencia de la semiosis (15).
No puede nadie, por lo tanto, pretender desligarse de las nuevas tecnologías
por el simple hecho de no hacer uso de ellas en alguna actividad concreta.
Una teórica pureza antitécnica o antimaquinista, de ser
posible, vendría a constituir un comportamiento idealista, puesto
que lo que define el carácter de la sociedad no es el uso de las
máquinas, sino la filosofía de ese uso. Gianni Vattimo especifica,
y estimo que de modo muy lúcido, que "el sentido en que se
mueve la tecnología no es tanto el dominio de la naturaleza por
las máquinas, cuanto el específico desarrollo de la información
y de la comunicación del mundo como imagen" (16). Todos somos
testigos de cómo se ha ido cumpliendo el proceso de sustituir el
mundo por imágenes del mundo, lo que le permite a Jean Baudrillard
decir que "todo el paradigma de la sensibilidad ha cambiado y, con
símil muy teatral, que ya no tenemos la distancia del espectador
con relación a la escena, ya no hay convención escénica"
(17).
Los posibles espectadores de hoy viven bajo la autoridad del signo, de
la sustitución, de la apariencia. No importa tanto una existencia
como un registro. Estamos obsesionados por el testimonio de un haber sido,
por la huella, por el recuerdo. Nada es si no es efigie, imagen muerte.
"Los suspiros son aire y van al aire", escribió Gustavo
Adolfo Bécquer, pero ahora lo que importa es la rama desgarrada
por el vendaval, y no porque esté rota, sino porque es la marca,
la impronta de un viento que fue y que, sólo porque rompió
la rama, existe.
Pero, además, las nuevas tecnologías han modificado el concepto
de ocio. Frente al ocio disfrutado en espacios compartidos, como los del
estadio, la fiesta, el circo o el teatro, y a través de la semi-privacidad
de la sala cinematográfica, existe hoy un "ocio claustrofílico
en torno a aparatos electrodomésticos, convertidos en nuevos fetiches
tecnológicos, en el seno de un hogar-búnker que aspira a
la autosuficiencia" (18). El efecto que, para el espectáculo
teatral, produce la existencia de este nuevo espacio primordial del ocio
es que el espectador debe ser atraído por el teatro como para vencer
un hábito suficientemente satisfactorio. En la sociedad de la comunicación
tecnológica, el teatro no entra tanto a competir con otro tipo
de espectáculo como con un concepto de la vida. Concepto de la
ordenación de la vida diaria, pero también de lo que es
la vida. Porque ha perdido valor lo irrepetible frente a lo reproducible
y lo reproducido.
 |
No es, pues, que no podamos prescindir del
uso de las nuevas tecnologías, es que no podemos escapar del concepto
de mundo que han impuesto. Es posible negarse a introducir una pantalla
en el escenario del espectáculo teatral para proyectar en ella
determinada filmación o grabación, pero es imposible obviar
la imagen del mundo que los medios de comunicación de masas han
fabricado. Nuestra realidad es la que nos presentan las nuevas tecnologías
de la comunicación. Vattimo diría que "las imágenes
del mundo que nos ofrecen los media [...] constituyen la objetividad misma
del mundo y no sólo interpretaciones diversas de una realidad"
(19).
Si la palabra podemos acallarla, si el libro puede quemarse, los mensajes
de la nueva comunicación no podemos interrumpirlos, sabemos que
siguen más allá de nosotros. Estuvieron antes y estarán
después. "La distancia del lenguaje, de la escena, del espejo"
-dice Baudrillard-, "es superable para el cuerpo; y es en esto en
lo que permanece humana y se presta al cambio. La nueva comunicación
no parece humana" (20). Es divina, fascinante, adorable, misteriosa,
milagrosa.
Los medios de comunicación de masas difunden un concepto de realidad
con una capacidad de convencimiento y un alcance como nunca se había
dado antes. Sabemos que el lenguaje de los medios de masa es siempre aseverativo.
Por ello peligra la capacidad del individuo para construir sus propios
modelos mentales y resistirse a los que se le quiere imponer. Esto es
lo mismo que decir que peligra constantemente la libertad, que es difícil
que sea posible manifestar la propia personalidad.
Podría parecer oportuno concluir ahora que el teatro, ofreciendo
resistencia a la cultura de la comunicación tecnológica,
se constituye en un medio para la defensa de la libertad. Pero esa caída
en la facilidad sería más autocomplaciente y demagógica
que responsable.
Para muchos teóricos el soporte insustituible del teatro -hasta
el extremo de que es él quien lo define- es la presencia del actor
frente al espectador; la concreción de la historia por unos actores,
en un tiempo y un espacio, ante unos espectadores precisos. Pero no quiere
ello decir que el teatro pueda permanecer impermeable a los cambio sociales
ni encastillarse en características que hayan perdido sus valores
semióticos. No me parece oportuno pontificar desde aquí
sobre qué prácticas teatrales resultan hoy día obsoletas,
pero no me cabe la menor duda de que los géneros artísticos
no son inamovibles, sino que evolucionan históricamente; y lo hemos
visto al hablar de cómo el relato televisivo acaparó campos
y modos antes considerados como fílmicos.
Tampoco los potenciales espectadores actuales de teatro son los mismos
que los del siglo XVI o XVII. Viven en la sociedad de la comunicación
y su conocimiento del mundo está mediatizado por las nuevas tecnologías.
Los espectáculos tienen que construirse en virtud de los conocimientos
y de los modos de conocer de tales espectadores.
No se trata de abrir todas las puertas a las nuevas tecnologías
sin crítica alguna, sin reflexión teórica previa.
Pero tampoco puede prescindirse de aquellas técnicas que permitan
ampliar las capacidades de significación, aunque pudiera peligrar
la especificidad clásica del teatro. En cualquier caso, si sabemos
cuáles son las características de los distintos lenguajes,
las posibilidades están contadas: o se hace teatro o no se hace
teatro.
 |
Inmersos como estamos en una ficción
que se ofrece como mundo, pero que, a la vez, es el único mundo
que tenemos, sólo cabe la posibilidad de, según hubiera
tal vez dicho Vattimo, una revolución debole. Es decir, sólo
cabe propiciar un cambio en la distorsión óptima de las
imágenes ofrecidas, para que nuestra vida busque más el
objeto iluminado que la sombra, más el paso que la huella, más
la voz que la vibración. Sin desechar por ello lo válido
de la sombra en la pantalla, la huella en el camino o la vibración
en el oído.
Frente a la fragmentación de la imagen mecánica, la parcelación
obligada del espacio o el falseamiento mágico del tiempo que los
medios de masa ofrecen y las nuevas tecnologías permiten, el teatro
entrega al decidido espectador un mundo para que lo trocee, un espacio
para que lo distribuya y un tiempo para que lo viva.
El teatro devuelve al espectador la sensación y el placer de la
libertad de acción y de conciencia. A ello pueden y deben ayudar
las hoy nuevas y mañana viejas tecnologías. Unas tecnologías
que no deberían conducir, tras mucho coste y muchos esfuerzos desperdiciados,
a no ser más que decoración vacía.
(1) Documento interno de EXPO 92: Encuentro en Sevilla Teatro: memoria
y utopía 19, 20 y 21 de enero.
(2) Presidido por Renzo Tian y dirigido por Maurizio Scaparro.
(3) Guillermo Heras: "Las nuevas tecnologías y su incidencia
sobre la puesta en escena teatral", en AA.VV.: Nuevas tecnologías
en la vida cultural española, Madrid, Fundesco, 1984, pág.
170.
(4) Georg Simmel: "Die mode" (1895), en Philosophische Kultur;
Berlin, Wagenbach, 1983. Utilizo una traducción francesa incluida
en: Georg Simmel: La tragédie de la culture et autres essais, París:
Rivages, 1988, pág. 104.
(5) José Monleón: "El teatro de la sociedad tecnológica",
en Nuevas tecnologías en la vida cultural española, Madrid,
Fundesco, 1984, pág. 160.
(6) Idem, pág. 155.
(7) Idem, pág. 159.
(8) Guillermo Heras: "Las nuevas tecnologías y su incidencia
sobre la puesta en escena teatral", en AA.VV.: Nuevas tecnologías
en la vida cultural española, citado, pág. 171.
(9) Yago Pericot: "Texto visual en el teatro", en AA.VV.: Nuevas
tecnologías en la vida cultural española, Madrid, Fundesco,
1985, págs. 173/174.
(10) Donald H. Frischmann: El nuevo teatro popular en México, México,
Instituto Nacional de Bellas Artes, 1990. Conozco el libro gracias a la
amabilidad de Domingo Adame.
(11) Román Gubern: El simio informatizado, Madrid, Fundesco, 1987,
pág. 209.
(12) Idem, págs. 208-209.
(13) Gianni Vattimo: La sociedad transparente, Barcelona, Paidós,
1990, pág. 93.
(14) Véase Ugo Volli: "Factoides y mnemos: por una ecología
semiótica", en AA.VV.: Videoculturas de fin de siglo, Madrid;
Cátedra, 1990.
(15) Juri Lotman: La semiosfera, Venezia, Marsilio, 1985.
(16) Idem, pág. 95.
(17) Jean Baudrillard: "Videosfera y sujeto fractal", en AA.VV.:
Videoculturas de fin de siglo, Madrid, Cátedra, 1990, pág.
31.
(18) Román Gubern; "La Antropotrónica: nuevos modelos
tecno-culturales de la sociedad mass-mediática", en AA.VV.:
Nuevas tecnologías en la vida cultural española, Madrid,
Fundesco, 1985, pág. 31.
(19) Gianni Vattimo: La sociedad transparente, citado, págs.. 107-108.
(20) Jean Baudrillard: "Videosfera y sujeto fractal", en AA.VV.:
Videoculturas de fin de siglo, citado, pág. 32.
 |
|