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Retos al audiovisual catalán.
Entre la desregulación y las nuevas tecnologías.
Román Gubern |
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Desregulación y nuevas tecnologías de comunicación
plantean serios retos para la comunicación audiovisual en Cataluña
y para la defensa de su diferenciación cultural. Los pronósticos
de futuro resultan complejos.
En una etapa histórica de la comunicación de masas en la
que el protagonismo industrial, económico, informativo y mitogénico
corresponde a los medios audiovisuales, resulta pertinente interrogarse
acerca del futuro de este sector comunicativo en la Cataluña que
fue, primero, cuna de la actividad fotográfica y luego de la industria
cinematográfica peninsular, primero en la etapa muda y después
en la sonora, pero que hoy vive en un contexto de desplazamiento de las
industrias y de los soportes hacia el ámbito de la imagen electrónica.
Como es notorio, la revolución industrial hizo de Cataluña
un polo de desarrollo económico y cultural peninsular, otorgándole
un protagonismo en el sector de las comunicaciones que todavía
conserva en algunos aspectos. Así, por ejemplo, la densidad del
servicio telefónico es en Cataluña superior a la de toda
España y a la de Italia, aunque es inferior a las de Francia, Alemania
y Reino Unido y es similar a la que ostenta Bélgica. Citamos este
dato porque es bien conocida la correlación que suele establecerse
en muchos estudios, entre ellos algunos de la UNESCO, entre densidad telefónica
y desarrollo. Esto significa que Cataluña es el Norte de un Sur
(del resto peninsular, excluida la franja norteña vasco-cántabra),
tanto medido en términos demográficos, como en renta per
cápita y en nivel educacional. Pero si Cataluña constituye
un Norte en el complejo comunicacional español, constituye en cambio
un Sur en el complejo comunicacional europeo.
Una de las consecuencias relevantes de esta diferencialidad sociocultural
se ha plasmado en una inusitada densidad y actividad en el ámbito
social de la mesocomunicación, que se inició a mediados
de los años 70 con las entonces llamadas radios libres, pero que
se ha manifestado en múltiples facetas, entre las que aquí
nos interesa resaltar las experiencias variopintas de televisión
comarcal, local y de barrio. Presumiblemente, en un contexto jurídico
que favorece la desregulación, esta tendencia tenderá a
incrementarse, creando una red de flujos múltiples y descentralizados
en el territorio catalán, a los que ciertamente les puede amenazar
la tentación de querer imitar y competir con los grandes modelos
de macrotelevisión institucional, pero a la escala reducida a que
obligan sus bajos presupuestos económicos. Esta tentación,
que ya se detecta, distorsionaría la vocación primitiva
y alternativa de una televisión diferencial de servicio público
para convertirla en una caricaturesca televisión del pobre.
Por otra parte, un dato central en el análisis del futuro de la
cultura audiovisual catalana es el referido a su condición de país
bilingüe, es decir, con dos lenguas cooficiales que no son sólo
de iure, sino de facto.
Que el catalán sea una lengua neolatina, como el castellano, atempera
la complejidad que el bilingüismo supone en otra comunidad peninsular,
la Vasca, que es irregularmente bilingüe, con un máximo en
Guipuzcoa y un mínimo en Alava. Este es, como decíamos,
un dato determinante que se traduce en la coexistencia de medios audiovisuales
en dos idiomas, con hegemonía del idioma estatal sobre el autóctono
en la actualidad. Es notorio que la política lingüística
de la Generalitat está orientada, mediante subvenciones y otras
medidas, a corregir esta situación de hegemonía lingüística
heredada del franquismo, pero que no se originó en el franquismo
sino mucho antes: valga el ejemplo del cine mudo catalán, en el
que la inmensa mayoría de las películas se exhibían
con rótulos en castellano y, aún más significativo,
en el cine republicano del período 1931-1936 producido en Cataluña
ya en la etapa sonora y con la Generalitat restaurada, en el período
anterior a la guerra civil, en el que los filmes catalanohablantes constituyeron
una ínfima excepción meramente anecdótica y de escasísimo
eco social.
Los pronósticos acerca de nuestra cultura audiovisual en el horizonte
del final de siglo resultan complejos por la multitud de variables que
en ella se involucran. Desde los problemas todavía mal resueltos
de la enseñanza audiovisual (a nivel escolar, de formación
profesional y universitaria) hasta la actitudes de los industriales del
sector. El caso de la industria del cine, por tratarse de la industria
audiovisual más antigua, resulta luminoso y esclarecedor. Con una
producción que supone en torno al 25 ó 30 por ciento del
volumen total de la producción peninsular de largometrajes, es
una industria claramente declinante, en el contexto de una crisis general
de la industria cinematográfica europea y que afecta también
a la industria madrileña. En este aspecto, toda la industria cinematográfica
europea (incluida la catalana) padece de la presión hegemónica
de la industria multinacional norteamericana, que cuenta ahora con sedes
de penetración en el Reino Unido y Holanda. Pero además
de esta notoria competencia, la minindustria cinematográfica catalana
padece las consecuencias de un proceso universal de concentración
centralizada de infraestructuras técnicas y de profesionales del
sector, por razones de abaratamiento de la producción. Recuérdese
que hasta los años 40 en Francia existieron centros de producción
en Marsella y en Niza, pero el proceso de concentración industrial
los barrió luego del mapa. No por acaso los gigantescos Estados
Unidos, en los que Nueva York ha sido foco episódico de producción
cinematográfica, ostentan una capitalidad única y rotunda
en Hollywood.
En esta situación, ciertos proyectos macroscópicos, como
el complejo de estudios e instalaciones que se anuncia en Sitges (al igual
que la Ciudad de la Imagen de Madrid) sólo tienen sentido si se
garantiza su ocupación por parte de las grandes multinacionales,
que son los únicos clientes opulentos y seguros, capaces de garantizar
una estabilidad ocupacional. La estrategia que condujo a la edificación
del complejo de Cinecittà en 1935 pertenece a otra época
de la historia del cine. Y la novedad que ha introducido la televisión,
con la descentralización o el policentrismo territorial de sus
emisoras, ha sido la de promover sobre todo la producción audiovisual
ligera (documentos, reportajes, teledramas, concursos, etc.), como producción
verdaderamente intersticial, como contrapunto a la concentración
industrial centralizada de la producción pesada (teleseries, películas
industrialmente ambiciosas, etc.). Con ello queremos concluir que el futuro
del software audiovisual catalán debería probablemente orientarse
hacia una producción intersticial de calidad, en la que la originalidad
prive sobre la estandarización. Filmes como Tras el cristal, de
Villaronga, o las primeras producciones de Bigas Luna, en los que la apuesta
ha recaído en la originalidad diferenciadora, trabajando con presupuestos
relativamente modestos pero obteniendo resultados artísticos y
comerciales óptimos, señalan una senda que convendría
incentivar, para crear un perfil distinto de calidad catalana como ha
ocurrido, por ejemplo, en el campo del diseño y la moda. Y como
ocurrió hace algunos años con el cine suizo y luego el de
Quebec. En este sentido, los diversificados recursos económicos
del programa paneuropeo MEDIA deberían canalizarse selectivamente
en favor de una política que persiguiera objetivos claros y poco
dispersos.
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DESREGULACIÓN Y MERCANTILIZACIÓN
Hemos mencionado antes la creciente tendencia desreguladora en el campo
de las comunicaciones, que va a convertirse en un vector central en la
evolución del sector en Cataluña en el último decenio
del siglo. En este punto, como otros, es menester efectuar dos tipos de
consideraciones. Si frente al control y/o reglamentación de facetas
del sector por los poderes públicos se opone la ley del mercado
y la libre competencia privada se consiguen ciertas ventajas y ciertos
inconvenientes, dependiendo del grado y alcance de la desregulación.
Hasta hace pocos años, el intervencionismo público era visto
en Europa bajo dos aspectos: como un proteccionismo benefactor para los
intereses generales de la comunidad y como una restricción censora
para los intereses privados, tanto en el plano económico como ideológico.
Y ello conducía a elogiar la objetividad, neutralidad y vocación
social de los servicios públicos de comunicación, a la vez
que muchas voces lamentaban las censuras ejercidas por poderes administrativos
sobre los derechos de expresión/emisión. Ahora, con la exaltación
del mercado libre y del principio de la competencia comercial, los riesgos
inevitables son los desequilibrios basados en el principio darwinista
que establece que el pez grande se come al chico, el triunfo de los criterios
descaradamente comercialistas sobre los culturales, las tendencias oligopolistas,
la dependencia de los sistemas de comunicación de intereses de
grupos económicos y una sustitución del sistema de subvenciones
oficiales por el patrocinio (esponsorización) privado, que operará
con criterios selectivos y fines autogratificadores, tales como los de
la cultura de escaparate.
Como el impulso desregulador, iniciado en Estados Unidos, no es ya una
novedad en Occidente, no queda más que esperar unos años
para ver sus previsibles resultados, que ya se pueden definir como una
mercantilización radical de la cultura de masas -al estilo norteamericano-,
que tendrá el efecto de reactualizar algunas viejas críticas
derivadas de los análisis de la Escuela de Frankfort.
En el caso de Cataluña se ha comprobado ya que la política
del libre mercado cultural favorece a los medios en lengua castellana
en detrimento de los de expresión catalana. En los años
80, una iniciativa ingenua del Servicio de Cinematografía de la
Generalitat consistió en subvencionar a las multinacionales norteamericanas
el doblaje de sus películas al catalán. Al margen de que
esta iniciativa sustraía fondos significativos del Servicio de
Cinematografía que deberían haberse destinado a impulsar
o promocionar la frágil producción autóctona, se
creyó que cuando tras varios doblajes las multinacionales hubieran
comprobado que al público no le repugnaba el cine hablado en catalán,
tomarían la iniciativa de costear ellas tales doblajes sin recibir
subvenciones. Pero en cuanto cesaron las subvenciones oficiales desaparecieron
las películas norteamericanas habladas en catalán, pues
las empresas no veían ninguna razón comercial para efectuar
un desembolso extra, cuando todo el público catalán entiende
el castellano. Citamos este ejemplo como un caso arquetípico en
el que la exaltaxión del mercado libre entra en colisión
con un proyecto cultural institucional, en este caso la voluntad de promoción
lingüística, que sólo puede efectuarse aplicando una
corrección proteccionista a las leyes del mercado libre. Este asunto
ha cobrado nueva actualidad polémica con las declaraciones de Miquel
Reniu, responsable de Política Lingüística de la Generalitat,
quien en febrero de 1992, y defendiendo las renovadas subvenciones al
cine extranjero doblado al catalán, declaró a la prensa
que su objetivo final era el de que en Cataluña sólo se
exhibieran películas habladas en catalán, arrojando dudas
inquietantes acerca del futuro de las versiones originales en el Principado,
incluyendo las de Pedro Almodóvar, Carlos Saura o del cine latinoamericano.
En el campo de la imagen electrónica, el panorama presenta bastantes
complicaciones. Cataluña, que está consolidando lentamente
una incipiente base de producción de hardware electrónico
de consumo (véase la factoría de Sony y otras presencias
industriales japonesas en el área del Vallès), es deficitaria
en cambio en software audiovisual, como ya quedó dicho. Es éste
un fenómemo generalizado en Europa, pues la producción de
hardware audiovisual está industrializada, automatizada y seriada,
mientras que el software audiovisual requiere, inevitablemente, una producción
artesanal, personalizada y diferenciada. Incluso las series altamente
estandarizadas de Hollywood en las que trabajan equipos nutridos de guionistas
y un plantel rotativo de directores, no pueden duplicar a sus actores
protagonistas para incrementar su productividad. En Cataluña, en
donde tal estudio de industrialización del software no se ha alcanzado,
las carencias se presentan de un modo mucho más radical. En Cataluña
se reciben hoy siete canales de origen español, cuatro pertenecientes
al sector público (TVE-1, TVE-2, TV-3, C-33) y tres al privado
(A-3, Tele-5, Canal Plus), además de la televisión transfronteriza
que se capta en la franja pirenaica o que puede verse en todo el territorio
con antenas parabólicas. Sólo la mitad de los canales españoles
citados contienen uns sustantiva programación en lengua catalana,
que es exclusiva en dos de ellos. En este caso se vuelven a corroborar
las diferentes estrategias entre los canales públicos y los privados,
pues los tres a los que nos hemos referido son públicos.
El crecimiento de la oferta de canales (hertzianos, por cable o por satélite)
tenderá a densificar la iconosfera doméstica pero también
producirá (y hay ya numerosos ejemplos foráneos) una reducción
de las audiencias de cada uno de los canales, lo que se traducirá
en menos ingresos publicitarios y en una creciente pobreza productiva,
que obligará a recurrir cada vez más a las importaciones
procedentes de las grandes despensas audiovisuales, consolidando una dependencia
económica y cultural (estilos de vida, escalas de valores, modelos
estéticos). En el caso de Cataluña esta dependencia y esta
importación de software audiovisual procederá preferentemente
de Estados Unidos, de Japón (en el renglón de sus dibujos
animados computerizados y baratos) y del resto del Estado a través
de los acuerdos confederados de la FORTA. Estados Unidos, por supuesto,
tendrá (y ya tiene) la hegemonía como distribuidores de
programas de ficción narrativa (filmes y teleseries). Y cuantos
más canales se inauguren, mayor será la dependencia. De
modo que se consolida la paradoja de que la sobreoferta acentúa
la subproducción audiovisual autóctona y puede conducir
a la nueva paradoja del abaratamiento del costo de la producción
altamente industrializada (por sus estrategias de elevada productividad)
con el correlativo encarecimiento de su precio de venta (provocado por
la gran demanda de los canales). Cuando se alcanzan, a partir de las leyes
comerciales enunciadas, grandes niveles de degradación, la televisión
comercial se convierte en televisión-basura, que no garantiza necesariamente
(véase la experiencia televisiva fracasada de USA-Today o el colapso
de La Cinq en Francia) mayores audiencias.
Este es un escenario de tintes apocalípticos que se atisba, pero
al que no se llegará necesariamente. Muchas veces los programadores
de las emisoras colocan el listón de su oferta mucho más
bajo que el exigido por audiencias que piden del televisor una (legítima)
función de euforización y de evasión relajadora al
acabar la jornada laboral. En Cataluña, por lo apuntado al principio
de este artículo, existen, si no inmensas minorías, por
lo menos minorías significativas como para justificar la existencia
de un canal de perfil cultural modélico de C-33, aunque su contabilidad
arroje números rojos. Por algo es un canal público. Todo
lo cual nos llevaría al abstruso tema de la sociología de
las audiencias, cada día más embrollada, sobre todo después
de que Demoscopia/Mediamétrie hayan establecido en Francia una
barroca y expandida tipología, agrupando a los telespectadores
en seis categorías: teledevoradores, móviles, selectivos,
rituales, estáticos y multiocupados. Como puede verse, la segmentación
del negocio televisivo alcanza también a los televidentes.
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NUEVOS SOPORTES Y CANALES
La visión de películas en salas de cine y el consumo de
horas de televisión tienen que ponderarse también en función
del consumo videográfico en los magnetoscopios dométicos.
Cataluña se ha revelado desde hace años muy videófila,
pero el incremento de oferta televisiva desde la aparición de las
cadenas privadas ha mordido al negocio videográfico. No es algo
nuevo. Italia, el país con mayor polución televisiva de
Europa, es el país en el que existe proporcionalmente una menor
videoafición. Aunque esta correlación entre oferta televisiva
y consumo de videocasetes no debe extrapolarse mecánicamente e
indiscriminadamente. Los Estados Unidos, que es el país con mayor
oferta televisiva (hertziana y por cable) contabiliza un 70 por ciento
de sus hogares equipados con magnetoscopios y en 1989 el incremento de
venta de cintas grabadas creció un 40por ciento, como fruto de
la aparición en el mercado de algunos títulos muy espectaculares,
como Dick Tracy y una nueva entrega de Indiana Jones. Lo que sí
se ha observado en Cataluña, por el incremento de oferta televisiva
es que, además del cierre de algunos establecimientos, ha servido
para depurar el sector y mejorar sus aspectos formales, pero sólo
los formales, que se engloban en el apartado atención al cliente.
La contracción de la demanda ha empujado a los videoclubs a operar
sobre títulos seguros, lo que significa poco menos que echarse
en brazos de las multinacionales y de sus éxitos. Quien busque
películas italianas, francesas, alemanas, checoslovacas o suecas
lo tendrá mucho más difícil que quien busque los
éxitos taquilleros de las multinacionales. La crisis del sector,
como tantas veces ocurre, se ha traducido en actitudes conservadoras.
Esta tendencia sólo podrá romperse si aquellas minorías
significativas a las que antes aludíamos consiguen consolidarse,
ampliarse y presionar sobre el sector, ejerciendo una demanda activa de
variedad que hoy no se ofrece.
En el umbral de los años 90 no tiene mucho sentido especular sobre
las industrias y las comunicaciones audiovisuales sin mencionar los satélites
y la cablevisión. La importancia de los satélites es tan
grande, y lo será todavía más, que ya se han alzado
voces señalando que la torre de comunicaciones de Collserola erigida
por Forster está destinada a una rápida obsolescencia y
que pronto quedará como un monumental fósil de la etapa
de paleoelectrónica. No vamos a entrar en tales especulaciones
futuristas. Aquí nos interesa examinar sobre todo la función
de los satélites de difusión directa (DBS), porque en su
calidad de megamedios homogeneizadores pueden afectar a las culturas específicas
y a las identidades culturales diferenciadas. Así, los satélites
con señales en el sistema D2-MAC ofrecen cuatro canales de sonido,
para emisión/traducción simultánea. Pero pronto salta
a la vista que en una economía de libre mercado (con criterios
de desregulación) existen, por el tamaño de las audiencias,
idiomas rentables e idiomas no rentables. En el segundo apartado figuran
la mayor parte de los idiomas europeos, en una larga lista que incluye,
entre otros, el danés, el holandés, el portugués,
el irlandés, el griego, el gaélico, el catalán, el
euskera, el gallego y el friulano. La hegemonía lingüística
continental está formada por el trinomio anglo-germano-francés
y, el resto, es periferia arrabalera en términos de mercado. Dicho
esto, hay que añadir que a Cataluña no se la debe considerar
únicamente como receptora de televisiones transfronterizas, sino
también como potencial emisora. En vísperas del lanzamiento
del satélite Hispasat resulta aventurada cualquier especulación,
pero es evidente que las comunicaciones por satélite pueden convertirse
en tribunas de proyección de la cultura catalana en el continente
e, incluso, a escala internacional.
El cable, y su versión más moderna que es la fibra óptica,
privilegia en cambio otras funciones. La fibra óptica es ideal
para las comunicaciones bidireccionales punto a punto, de carácter
selectivo, mientras el satélite es mejor para las comunicaciones
de punto a multipunto, aunque resulte vulnerable a la intercepción
de las señales y a las interferencias. La fibra óptica ofrece
el inconveniente de su muy alto costo, que no puede empezar a rentabilizarse
hasta que se ha llevado a cabo su tendido. De hecho, la televisión
codificada del tipo Canal Plus constituye una modalidad imperfecta y barata
de cablevisión, con un invisible canal hertziano selectivo y de
pago. Aunque Barcelona inaugurará instalaciones de fibra óptica
con motivo de los Juegos Olímpicos, su implantación generalizada
no parece inminente. Y ello a pesar de que el tejido social catalán
es el más parecido al del norte de Europa, que por su densidad
demográfica y elevada renta per cápita es el que mejor ha
acogido las redes de cable en sus núcleos urbanos. Naturalmente,
la meta final de este sistema nervioso la constituye la Red Digital de
Servicios Integrados, verdadera autopista electrónica multifuncional,
que abra el paso a la futura Comunicación Integrada de Banda Ancha.
Pero todo esto, más que para mañana, es en rigor para pasado
mañana.
En esta perspectiva futurista no puede faltar una evocación rápida
de los hogares equipados con terminales multimedios a finales de la década,
generalizando la práctica de teletrabajo y de la multifuncionalidad
derivada del uso interactivo del terminal. Para una ciudad de un tráfico
tan denso como Barcelona, el teletrabajo puede suponer un cierto alivio
circulatorio y de comunicación. También, para mediados de
este decenio, se prevé la operatividad de la televisión
de alta definición, que será presentada en equipos prototipo
en el curso de las Olimpiadas. Aunque en los sectores industriales afectados
por la alta definición reina un cierto clima enrarecido y no faltan
voces en favor del Pal Plus (o Superpal) y en contra del D2-MAC, a la
vez que se contempla con aprensión la obsolescencia del sistema
europeo de 1.250 líneas frente a las propuestas norteamericanas
de señales digitales comprimidas, lo cierto es que la fecha señalada
para la operatividad del sistema es 1995.
Sin entrar en las complejas consideraciones tecnológicas que involucra
la polémica en torno a la alta definición, digamos que su
elección significa una opción importante y cara en el ámbito
del hardware sin resolver ni un ápice el problema de la falta de
software audiovisual adecuado y de calidad, habida cuenta de que el software
en soporte vídeo o en film de 16 mm no es pertinente para el nuevo
sistema, que revaloriza en cambio el caro (y más escaso) soporte
cinematográfico de 35 mm, cuyas más codiciadas despensas
se hallan en Hollywood. El problema antes señalado de desequilibrio
entre hardware y software se agravará y la colonización
económico-cultural de la televisión catalana se incrementará.
Además, esta apuesta de lujo en favor de un sistema caro y sofisticado
sólo tiene sentido con pantallas de gran tamaño, que permitan
explotar sus ventajas tecnoicónicas, y que por desgracia pocos
hogares podrán acoger debidamente, dadas las dimensiones más
usuales de las viviendas modernas. Algunos empresarios norteamericanos
ya han expresado sus dudas acerca del porvenir comercial de la televisión
de alta definición ante el mercado de masas, comparándolo
al perfeccionismo técnico de la cuadrafonía, que ha acabado
por convertirse en una rareza que, a pesar de su calidad acústica,
no ha conseguido penetrar en el mercado y es hoy una quincallería
para vitrina de museo tecnológico.
Para concluir con este panorama general, habría que resaltar que
Cataluña vive dinamizada por una dialéctica entre diferenciación
cultural e integración política peninsular. En este final
de siglo, y en un paisaje social poblado por nuevas tecnologías
de comunicación, Cataluña trata de ejercer y mantener un
derecho a la diferenciación cultural en el marco de una comunidad
solidaria y políticamente integrada de pueblos ibéricos
y en el macrocontexto de un proceso de unidad paneuropea, que por definición
ha de buscar un equilibrio entre homogeneidad continental y especificidades
locales y plurilingüísticas. En este complejo proceso, las
tecnologías de comunicación de masas pueden actuar a la
vez como aliadas y como enemigas. Aliadas por su capacidad para la diferenciación,
la selectividad y la capilaridad social discriminadora, y enemigas por
su capacidad esperantizadora para imponer homogeneidades culturales masivas
y estandarizaciones de los gustos y opciones de programación.
Y debe recordarse, por fin, que la lengua, aún siendo una seña
fundamental de identidad, no es el único rasgo distintivo de una
cultura y que la ideología, la estética, los estilos de
vida y las escalas de valores exhibidas en la mayor parte de teleseries
norteamericanas, aunque se difundan en lengua catalana, no son menos distorsionantes
y dañinas para la integridad de la identidad cultural de un país
que desea protegerla.
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