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CENTRAL |
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Demanda de información y
nuevos medios.
La apropiación social de las innovaciones comunicativas.
Emilio Prado |
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La perspectiva de la demanda -conocimiento,
expectativas, usos- abre una fructífera vía para el análisis
de los nuevos medios de comunicación. Su aplicación al estudio
del videotexto y del teletexto descubre las contradicciones de su estado
social actual.
El concepto de nuevos medios es relativamente polisémico y se utiliza
de forma relativamente indiscriminada para referirse a un conjunto de
sopor tes fruto de las innovaciones tecnológicas en el campo de
las telecomunicaciones. Según los autores, este apelativo se utiliza
para referirse desde el fax a los satélites, pasando por el teletexto,
el videotexto, el radiotexto, el ordenador con módem, el contestador
automático, etc.
Nosotros lo utilizaremos más para designar un escenario tecnológico
cuyo paisaje está poblado con diferentes grados de densidad por
este conjunto de equipamientos, que para denominar un repertorio limitado
de innovaciones, puesto que es este un campo en el que la introducción
de nuevos productos en el mercado sigue un ritmo acelerado.
Lo que más nos importa es el grado de familiaridad con estos soportes,
su implantación actual y fundamentalmente su influencia en la satisfacción
de la demanda social de información y comunicación.
No se trata de hacer aquí un panegírico sobre las grandes
posibilidades que ofrece esta panoplia de medios para satisfacer las necesidades
de información de una sociedad desarrollada, sino de establecer
el grado de apropiación social de estas tecnologías y, en
la medida de lo posible, las lógicas que explican el grado actual
de apropiación.
Nuestro interés se centra, pues, en la demanda, al contrario que
otros estudios sobre nuevas tecnologías, que se concentran en la
oferta de información, servicios o equipos, como consecuencia de
su propia trascendencia estratégica. Los datos aquí utilizados
proceden de una investigación realizada por un equipo de la Universidad
Autónoma de Barcelona sobre Los usos sociales de las nuevas tecnologías
(Moragas, Prado, et alt. 1991). Los descubrimientos que hemos realizado
confirman algunas de las principales hipótesis de trabajo en los
estudios de la oferta informativa, pero nos ofrecen datos que ponen de
manifiesto sus límites actuales y sus contradicciones respecto
del estado social de la demanda.
Con las nuevas tecnologías
de la información ha aparecido un nuevo escenario para las políticas
democráticas de la comunicación, cuyo norte son las nuevas
relaciones entre bienestar social e información. Así, la
interpretación de la satisfacción de la demanda de información
por parte de la población lleva ineludiblemente al corazón
del debate sobre comunicación y democracia.
Los trascendentales cambios registrados en el ecosistema comunicativo
en las últimas décadas y la desorientación derivada
de la magnitud de los cambios políticos e ideológicos de
este fin de siglo provocan una revisión crítica, cuando
no una desautorización de las viejas teorías sobre comunicación
y democracia, y sobre democratización de las comunicaciones.
Como sostiene Miquel de Moragas, después de unas décadas
en las que la mediación comunicativa fue absorbiendo las prácticas
políticas y participativas, en las que aumentaba la centralidad
de los medios de masas en la misma medida en que disminuía la militancia
y la participación política, parece haberse iniciado ahora
una nueva etapa, que bien podríamos denominar de descomposición,
en la que disminuye la centralidad de la mediación masmediática
y empiezan a aparecer otros escenarios y líneas de influencia y
participación a la que no son ajenas las nuevas tecnologías
de la comunicación.
Nuestro tiempo ya no es el de la homogeneidad descrita por Edgar Morin
(1962) en su Espíritu del Tiempo, ni tampoco el de la mosaicalidad
descrita por Abraham Moles (1968) en su Sociodinámica de la Cultura.
Nuestro tiempo más parece ser el de la heterogeneidad, o mejor
aún el de la complejidad. Los nuevos medios y las nuevas prácticas
comunicativas no desplazan a las antiguas, pero las reubican en funciones
sociales más delimitadas y fragmentarias.
Este estudio pone de manifiesto para una gran metrópolis como Barcelona
y para el año 1990, pero en este caso es extrapolable a todo el
país, que la televisión convencional penetra a toda la población.
Ninguna clase, edad o sector social queda al margen de la televisión
convencional. Lo realmente nuevo es que algunas clases o grupos sociales
la tengan como único medio informativo y como única práctica
de comunicación.
La televisión llega a todos, pero cada vez existen nuevos grupos
que disponen de otras tecnologías que les permiten establecer otras
formas de comunicación, ven así multiplicar sus posibilidades
de establecer contactos, obtener información especializada, o recursos
informativos prácticos para reforzar sus actividades sociales no
masmediáticas. Los sólo televisivos son ahora unos nuevos
marginados. Esta discriminación se refleja en las disponibilidades
tecnológicas y en el grado de contacto.
Así, por ejemplo, sólo un 10 por ciento de la población
disponía de teletexto en su televisor o vídeo y sólo
un 1,6 por ciento de los hogares disponía de un módem que
le permitiera disfrutar de la conectividad de sus ordenadores. Más
indicativo resulta todavía el grado de contacto. Resulta esclarecedor
ver cómo sólo el 2,7 por ciento de los encuestados consultaba
diariamente el teletexto y sólo el 0,3 utilizaba el videotexto.
Queda patente la dimensión de la fractura que aún hoy en
día existe entre ambos grupos. Nuestra investigación nos
reafirma en la necesidad, ya enunciada por Moragas (1988), de una nueva
teoría de la comunicación democrática, que sea capaz
de interpretar la reubicación del sistema comunicativo de masas
ante las nuevas tecnologías. En esta nueva fase la democratización
de la comunicación ya no dependerá únicamente de
la pluralidad de fuentes y visiones ideológicas, sino que lo hará
también de la posibilidad de sus respectivos usos sociales.
Como ya hemos apuntado, los cambios introducidos en el sistema comunicativo
determinan una redistribución de las funciones atribuidas a cada
medio. Redistribución que no se limita a un nuevo reparto de contenidos,
sino que afecta en un sentido más profundo a las funciones y prácticas
comunicativas atribuibles a cada medio. Esta distinción entre prácticas
comunicativas y oferta informativa, es más necesaria que nunca
con la aparición de tecnologías que permiten diferentes
grados de interactividad que promueven una nueva modalidad de usos de
la información más relativa al hacer que al saber: interactuar,
gestionar, comprar, etc.
Uno de los elementos que siempre han puesto de relieve los análisis
sobre los medios de información, sin importar la corriente en que
se inscribieran, es el carácter pasivo de los mismos, o, dicho
de otra forma, el escaso margen de actuación que se le concede
al usuario, al consumidor, al público.
Las razones a las que se atribuye esa pasividad varían según
la aproximación y las escuelas de pensamiento. Van desde la justificación
técnica, la organizacional, la estructural, la ideológica,
etc.
También hay un elevado consenso en dar atributos positivos al concepto
de participación, asociándolo a los de actuación,
influencia, dinamismo, decisión, democratización. Todos
estos valores han ido confluyendo paulatinamente en los conceptos de interacción
e interactividad.
El término interactividad define mejor que ningún otro lo
peculiar, lo nuevo, lo singular de los nuevos servicios de telecomunicación
y de la telemática en particular. Es la palabra clave de los discursos
de autopublicitación de las tecnologías de la información
e, indiscutiblemente, uno de sus atributos técnicos.
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EL CONOCIMIENTO
SOBRE EL VIDEOTEXTO
Focalicemos ahora nuestro interés en dos nuevos medios que en diferentes
medidas reclaman una interacción por parte del usuario: el Teletexto
y el Videotexto.
La aparición de los servicios telemáticos es reciente en
términos históricos, pero tiene ya una larga duración
si se considera en la perspectiva de la velocidad con la que se producen
las innovaciones tecnológicas en las sociedades desarrolladas.
Es un axioma aceptado la ausencia de relación mecánica entre
el desarrollo de una nueva tecnología y su implantación
en el mercado al que va destinada. Son múltiples los factores que
influyen en la velocidad de implantación de las tecnologías,
entre ellos el último de la cadena, pero llegados a este punto,
el más importante es el conocimiento de la misma, de su existencia
entre los suministradores de servicios y entre los usuarios.
El videotexto no se escapa a esta lógica, y una vez superados los
factores tecnológicos, industriales, políticos y económicos
que retrasaron su comercialización en España, uno de los
problemas que más están influyendo en su lenta implantación
es sin lugar a dudas el escaso conocimiento que los usuarios potenciales
muestran sobre este medio.
Diferenciamos en nuestro estudio el conocimiento subjetivo, es decir,
la creencia del conocimiento, del conocimiento efectivo, es decir, la
verificación del conocimiento. En términos generales se
produce un descenso del 50 por ciento entre uno y otro. Así, casi
dos de cada diez encuestados tienen un conocimiento subjetivo del videotexto,
pero el conocimiento efectivo verificado desciende a uno de cada diez
(cuadro 1).
Este desfase es atribuible al sistema de difusión y publicitación
del videotexto, articulado en gran parte o por vías especializadas,
o por campañas de publicidad de gran público. El primer
sistema garantiza un grado de conocimiento efectivo, apoyado incluso en
demostraciones en muchos casos, mientras que el segundo se mueve con un
grado de abstracción que no siempre contribuye a la captación
exacta del medio de que se trata. Pese a ello, este sistema no puede ser
descartado como estrategia de difusión a los usuarios potenciales
de la telemática de gran público, pero deberá mejorarse
la eficacia comunicativa de tales campañas.
Es obligado constatar la necesidad de incrementar el esfuerzo de difusión
de las características y usos potenciales del videotexto, puesto
que el 61 por ciento de los encuestados no lo conocen o no han oído
hablar de él. Cuando se hace una verificación de este extremo,
el porcentaje desciende al 41,3 por ciento, pero la diferencia no redunda
en favor de un mayor conocimiento, sino que lo hace en favor de los que
no saben/no contestan o de los que lo confunden con otro medio o artilugio.
Se produce una diferencia significativa entre el conocimiento registrado
por sexos a favor de los hombres. Cuando se procede a una verificación
del conocimiento efectivo, éste alcanza al 13,8 por ciento de los
hombres y al 7,7 por ciento de las mujeres. Una de las explicaciones sobre
esta diferencia debe buscarse en la forma de difusión de la existencia
del videotexto. Como ya hemos apuntado, una buena parte se basa en el
conocimiento por medio de actividades profesionales, ferias y exposiciones
especializadas, sectores en los que la presencia de la mujer es menor
que la del hombre.
Existe una clara relación entre el conocimiento y la edad de los
encuestados, produciéndose una tendencia general a la disminución
del conocimiento conforme se incrementa la edad (cuadro 2).

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El mayor conocimiento se registra en el grupo de individuos entre 18 y
24 años, tres de cada diez jóvenes de este grupo han oído
hablar del videotexto y uno de cada cuatro lo conoce efectivamente. Contrasta,
en el otro extremo, el casi nulo conocimiento de los mayores de 65 años,
grupo en el que el conocimiento efectivo no llega a una de cada cien personas.
Hay una cierta lógica generacional en esta tendencia, ya que el
contacto con la informática es efectivamente mayor entre los jóvenes,
mientras el rechazo inicial de la tecnología y más cuando
esta exige un alto grado de interface hombre máquina, se produce
entre los más mayores, culturalmente habituados a otro tipo de
sistemas de comunicación, intercambio y operación.
Si el conocimiento se considera un factor determinante en la implantación
de este nuevo medio, es indudable que hay mejores perspectivas de futuro
que a corto plazo, ya que las personas que más lo conocen están
incluidas en segmentos de edad con menor capacidad de decisión.
Dicho de otra forma, la estrategia para aumentar la implantación
a corto plazo debe plantearse una mejor difusión del conocimiento
del videotexto y sus potencialidades entre el grupo de edades comprendido
entre los 35 y los 49 años, ya que en general son las personas
con mayor poder adquisitivo, lo que influye en su uso doméstico,
y con mayor capacidad de decisión, lo que influye en la implantación
profesional.
La clase social resulta ser un factor determinante en el conocimiento
del videotexto. La tendencia muestra cómo cuanto más alta
es la clase, más elevado es el porcentaje de individuos que tienen
un conocimiento subjetivo o efectivo del nuevo medio (cuadro 3), lo cual
representa un freno a la difusión de la telemática de gran
público y en particular para el uso doméstico generalizado
del videotexto

Destaca en este sentido el desconocimiento efectivo absoluto en la clase
baja y muy escaso en la clase media-baja en la que sólo el 4,4
por ciento de las personas lo conocen realmente frente al 22,4 por ciento
de los individuos de clase alta/media-alta y el 12,2 por ciento de clase
media-media que demuestran conocerlo. Parece evidente que resulta imprescindible
intensificar la difusión del conocimiento del medio y sus prestaciones
potenciales y efectivas entre las capas mayoritarias si lo que se pretende
es alcanzar una alta penetración del videotexto.
Existe, también, una relación directa entre el grado de
formación de los encuestados y su conocimiento del medio. Vemos
así que el 72,6 por ciento de las personas que efectivamente conocen
el videotexto pertenecen a los tres segmentos de formación correspondientes
al bachiller superior y equivalentes, o a los estudios universitarios
medios o superiores.
Otro dato nos demuestra, en sentido contrario, la relación entre
la formación y el conocimiento del fenómeno, así
ningún individuo sin estudios conoce el videotexto, ni siquiera
ha oído hablar de él.
Por sectores de ocupación, destaca en primer lugar el elevado porcentaje
de empresarios que ha oído hablar de este medio, llegando casi
a la mitad de ellos. Les siguen los estudiantes con el 34 por ciento y
los cuadros con el 33,1 por ciento. En el polo opuesto encontramos a trabajadores
y obreros con un 6,3 y jubilados y pensionistas con un 5,1 por ciento,
lo que está claramente relacionado con el nivel de formación
y la edad.(Cuadro 4).
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En esta variable resulta interesante observar el comportamiento del descenso
del conocimiento subjetivo al efectivo. Hemos podido observar hasta el
momento cómo siempre se produce un descenso, pero se mantiene una
cierta lógica proporcional. Aquí en cambio podemos constatar
como los empresarios pasan de un conocimiento subjetivo del 49,4 por ciento
a una demostración de conocimiento efectivo del 32 por ciento,
lo que supone un desfase de 17 puntos, mientras que entre los cuadros
se produce un equilibrio entre ambos conocimientos, lo que indica que
éstos tienen un mayor contacto con el medio y aquéllos mayores
expectativas sobre él.
Las amas de casa han oído hablar del videotexto en una proporción
del 12,6 por ciento, pero demuestran conocerlo sólo el 4,1 por
ciento, lo que se debe sin duda a las escasas oportunidades de entrar
en contacto con él por razones profesionales.
Por las mismas razones, el descenso mayor se produce en el colectivo de
parados que ha oído hablar de él en un 23,3 por ciento y
tienen un conocimiento demostrado sólo en un 5,8 por ciento, precisamente
por la dificultad que entraña entrar en contacto directo con el
videotexto en una situación de inactividad. Este resultado encuentra
su explicación también en el hecho de que el fenómeno
del paro afecta a gente de profesiones muy diversas, de todos los niveles
de formación y de edades jóvenes en sentido amplio, todos
ellos factores que, como hemos visto, influyen en haber oído hablar
de él, mientras el conocimiento efectivo se relaciona más
con la actividad.
Así vemos también como los empleados, que abarcan un amplio
abanico de profesiones de todos los sectores económicos, son los
que ocupan la mayor parte de la franja del conocimiento efectivo con un
32,4 por ciento, seguidos de los estudiantes con un 28,1 por ciento.
En definitiva, el conocimiento efectivo está directamente ligado
al entorno de la actividad profesional.
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LA VALORACIÓN
DE LOS SERVICIOS
Los datos hasta aquí analizados delimitan con claridad las proporciones
de la fosa que separa a los sectores que hemos denominado nuevos marginados
de aquellos que acceden a los nuevos soportes, y además establece
una clara caracterización de los colectivos in y out.
Las proporciones alcanzadas por ambos sectores quedan más precisas
todavía si tomamos en consideración el nivel de uso.
El contacto de la población con el videotexto era muy escaso en
la fecha de realización del estudio y en concreto sólo el
6,4 por ciento de los encuestados había visto o consultado el videotexto,
lo que está directamente relacionado con la limitada presencia
del medio en el mercado español.
El nivel de consulta es extremadamente bajo, alcanzando sólo el
0,3 por ciento, no obstante resulta interesante constatar que el que lo
hace nunca efectúa esta operación en una sola ocasión.
El desfase entre el conocimiento efectivo demostrado y el uso efectivo
del medio debe relacionarse con el atractivo de los servicios ofrecidos
por el videotexto y su capacidad de interesar a un público amplio.
En este sentido, podría asegurarse que ha sido más eficaz,
aun con todas las limitaciones constatadas, el proceso de difusión
de la existencia del instrumento que la capacidad de estimular la demanda
con una oferta ligada a las expectativas del público potencial.
El videotexto es un medio que reclama diferentes grados de actuación
del usuario pero, independientemente de su grado, ésta es imprescindible.
La actuación va asociada a la interactividad que permite el sistema,
ya sea del usuario con el servicio, ya sea entre usuarios.
La interactividad con los servicios puede producirse a diversos niveles:
desde la retroalimentación más simple, en la que se encuadraría
la conversión del usuario en sujeto de sondeo, pasando por la selección
entre una oferta cerrada, hasta llegar a la construcción de discursos
mediante el diálogo con uno o varios fondos, fuentes o servicios.
Pero cuando la interactividad adquiere una auténtica dimensión
comunicativa es cuando se produce entre usuarios. En cierta manera, esto
ha permitido definir una relación de poder equitativa entre las
instancias del emisor y del receptor: posibilidad de difundir, de trasmitir,
pero también de recibir, de informar, de controlar.
La posibilidad de conectar con bases de datos es la que resulta más
atractiva, a juzgar por las notas atribuidas al repertorio propuesto en
nuestra encuesta. Uno de cada cuatro encuestados le otorgan a esta actividad
la máxima nota, que es 5 en nuestro caso. En el extremo opuesto,
la acción que recibe más veces la nota más baja es
la acción de jugar, con un 27,3 por ciento, pero también
llama la atención el elevado porcentaje (18,6) en el que la acción
de comprar recibe la menor nota.
Prescindiendo de estas consideraciones extremas, que en todo caso son
altamente significativas, tomaremos en consideración las notas
medias obtenidas por cada tipo de actividad que sin duda marcan con claridad
la tendencia de apreciación. Así podemos constatar cómo
(cuadro 5) la consulta a bases de datos, con un 3,42, obtiene la nota
promedio más alta de todas las actividades telemáticas sometidas
a consideración, lo que nos indica que uno de los valores-atributo
más apreciado del videotexto es su capacidad de darnos acceso a
información especializada, utilitaria y reutilizable en términos
de práctica profesional o social. Refuerza esta idea la calificación
obtenida por las actividades económicas, que alcanza el 3,3 de
promedio, o el 3,25 obtenido por el trabajo a domicilio.
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En cierta medida llama la atención, puesto que se sale de esta
lógica, la nota media obtenida por la función de compra
con sólo 3,06, lo cual quizá deba relacionarse con la función
de socialización que juega el acto de la compra directa para ciertos
sectores de la población en nuestra cultura. No hay que olvidar
que, a diferencia de las sociedades anglosajonas, en los países
latinos el sistema de compra por correo nunca llegó a adquirir
una importancia significativa y más bien ha sido contemplado con
todo tipo de recelos.

En segundo lugar hay que destacar la elevada valoración del aspecto
convivencial de esta tecnología, ya que su uso para comunicarse
alcanza una nota media del 3,32 a sólo 10 décimas de la
más alta. Esta atribución enlaza con el gran desarrollo
alcanzado por esta aplicación en otras experiencias europeas y
muy particularmente con la importancia de la mensajería rosa en
el caso del Minitel francés.
Destaca, pues, la atribución de valores positivos a la función
información-comunicación.
Parece interesante recalcar que el valor utilidad predomina sobre el valor
lúdico, como se desprende de los valores atribuidos a dos acciones
relacionadas directamente con el ocio. Se trata de las gestiones sobre
viajes, que alcanzan una nota media de 3,32, a sólo 10 décimas
de la máxima y de los juegos, que con 2,73 se sitúa 59 décimas
por debajo de la máxima y es la función menos apreciada
de todas.
Finalmente, la observación del conjunto de las notas medias parece
indicar que los aspectos compra y juegos, que en otras latitudes operan
como motores de la implantación doméstica del videotexto,
tienen aquí una fuerza menor.
Por su parte, el teletexto había conseguido, en el momento de realizar
la encuesta, un mayor conocimiento entre el público que el que
se registraba en el videotexto, y ello tanto en el conocimiento subjetivo,
que alcanzaba el 52,9 por ciento, como en el verificado situado en un
40,4 por ciento (cuadro 6). Este conocimiento debe ser calificado de elevado
si se tiene en cuenta que sólo hacía dos años que
se habían iniciado las emisiones regulares del Teletexto de TVE.
Parece evidente la influencia en este conocimiento de dos factores de
signo bien distinto. El primero es la transmisión a pantalla abierta,
es decir, captable en todos los televisores, de un teletexto experimental
de TVE coincidiendo con los mundiales de fútbol celebrados en España.
El segundo es la incorporación a los televisores del decodificador
de teletexto mucho antes de la entrada en funcionamiento del servicio
regular. En este caso la labor de los vendedores publicitando ese valor
añadido ante los compradores tuvo su efecto de difusión.
El grado de conocimiento era diferente según los sexos. Así,
uno de cada dos hombres conoce el teletexto, mientras que sólo
una de cada tres mujeres lo conoce. También la edad influye notablemente
en el grado de conocimiento, siendo mayor cuanto más se desciende
en la escala de edades. Son los jóvenes y los jóvenes-adultos
los que demuestran estar más bien informados. Así, más
de las tres cuartas partes de los individuos encuestados de edades comprendidas
entre los 18 y 34 años identifican la experiencia. En el otro extremo,
apenas dos de cada diez encuestados de 65 años o más conocen
el teletexto.
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Por clases sociales, eran las más altas las que tenían un
mayor conocimiento del fenómeno, alcanzando el 64,2 por ciento
en la alta y media alta, y un 48,2 por ciento en la media-media. Destacando
en el polo opuesto el desconocimiento absoluto de la clase baja. Aparte
de otras explicaciones, este fenómeno está relacionado con
la renovación del parque de receptores. Son las capas con mayor
poder adquisitivo las que incorporan el segundo televisor, e incluso el
tercero, con lo que las posibilidades de incorporación del teletexto
son mayores. Por el contrario, las capas más modestas que incorporaron
más tardíamente el televisor a sus hogares todavía
no están en proceso de renovación del parque. En el mismo
sentido podemos hablar de la incorporación del vídeo a los
hogares, puesto que los más modernos incluyen el decodificador
de teletexto.
Finalmente, también el grado de instrucción influye en el
conocimiento. Así, uno de cada tres encuestados que demuestran
conocer el teletexto son universitarios y la proporción asciende
a uno de cada tres si añadimos los que han cursado enseñanzas
medias.
Este elevado conocimiento que venimos reflejando no se corresponde con
el grado de penetración, que se reducía al 9,9 por ciento
de los encuestados.
El parque de receptores se concentra de forma notable en las capas de
mayor poder adquisitivo, así el 18,6 por ciento de los poseedores
de equipos con teletexto pertenecen a la clase alta y media alta, el 74,5
por ciento a la clase media-media y sólo un 6,9 por ciento a la
clase media-baja. Es significativa la ausencia total de estos equipos
entre la clase baja, lo que halla su explicación en las mismas
razones esgrimidas previamente respecto a la renovación del parque
de receptores.
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LA EDUCACIÓN, PRINCIPAL
DEMANDA SUBJETIVA
En resumen, son los individuos más jóvenes, en especial los
hombres, y mayoritariamente pertenecientes a las clases con mayores recursos
económicos de la metrópolis catalana los que, según
todos los indicadores aparecen como los usuarios potenciales mejor cualificados:
la gran mayoría conoce bastante bien el fenómeno del teletexto
y es en sus hogares donde se encuentra la mayor proporción de decodificadores.
De consolidarse esta tendencia, el usuario medio del teletexto coincidiría
plenamente con el prototipo existente en los otros países europeos.
Y si la existencia del decodificador es conditio sine qua non para disfrutar
de este servicio, su uso real no se corresponde con la disponibilidad de
acceso. Pese a ello, un 15,7 de la muestra se identifica como usuario, pero
la frecuencia de exposición al medio es extremadamente baja. Sólo
el 17,2 por ciento de los usuarios se expone diariamente a este medio, el
12,1 por ciento lo hace semanalmente, el 8,3 por ciento en el fin de semana
y un abultado 62,4 por ciento lo hace ocasionalmente (cuadro 7).

Estos datos reflejan con claridad la ausencia de un hábito de consumo
significativo, lo que debe asociarse con la novedad de la implantación
del medio,pero en mayor medida con la escasa valoración atribuida
al servicio ofrecido.
Pero el elevado porcentaje de las consultas ocasionales puede atribuirse
también al fenómeno de valor añadido al televisor o
al vídeo que ya hemos comentado, en la medida en que una parte importante
de los individuos que disponen de teletexto no tomaron una decisión
exclusiva en su adquisición,sino que entraba en el paquete. Esta
situación contrasta con lo que ocurre con el videotexto, que responde
a una decisión consciente de adquirir un terminal y, en consecuencia,
para usarlo. En cambio, el fenómeno puede reproducirse en el caso
de los usuarios que disponen de una placa emuladora de videotexto para su
ordenador personal cuando ésta también entraba en la compra
del ordenador para conseguir un efecto de promoción.
Un dato que nos parece importante destacar es que las mujeres, aun representando
una proporción menor entre los usuarios, son las que utilizan el
teletexto con mayor asiduidad, constituyéndose en las usuarias más
fieles del servicio. Así entre los ciudadanos que se exponen al medio
diariamente el 62,1 por ciento son mujeres.
Este conjunto de datos sobre el teletexto, marca un universo de características
coincidentes a los analizados en el caso del videotexto, que delimitan con
precisión los márgenes de la bolsa que hemos convenido en
denominar como nuevos marginados y debe ser objeto de preocupación
en la promoción de nuevas políticas democráticas de
comunicación e información.
Antes de realizar cualquier hipótesis de trabajo en este sentido
parece indispensable caracterizar los índices de interés y
el valor subjetivo de la información disponible en estos nuevos medios.
Para realizar el análisis de la valoración temática
de información hemos tomado como referencia siete grandes temas dominantes
en la oferta de servicios del teletexto y el videotexto en Europa: precios,
deporte, educación, turismo, política, espectáculos
y tiempo. (Cuadro 8).

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La cuestión estriba en saber la medida en que el público tiene
interés en disponer de más información sobre estos
sujetos, lo que necesariamente nos remite a la valoración del déficit
o suficiencia de la ya disponible, pero también ilustra sobre el
grado de utilidad atribuida a los mismos.
La primera constatación que podemos efectuar es que el número
de personas que desean más información de alguno de estos
temas es minoritario en términos de proporción, aunque supongan
un volumen importante, ya que se sitúan por debajo del 50 por ciento
de los encuestados, salvo en el caso de educación, que alcanza el
56,1 por ciento.
Estos datos deben valorarse atendiendo, por lo menos, a tres posibles coordenadas
de interpretación: por un lado, la demanda positiva de obtener más
información sobre algunas temáticas (educación y turismo,
especialmente), lo que nos remite a una insuficiencia en la oferta de las
mismas; por otro, una posición negativa, derivada del desinterés
de la demanda por determinados temas (especialmente política, espectáculos
y meteorología), lo que nos remite, y en esto consiste la tercera
coordenada de interpretación, más a la saturación de
la oferta informativa existente en estos campos que al desinterés
por los mismos.
Como se puede constatar, existe una clara relación en el deseo de
más información con la valoración de la adecuación
del nivel de la oferta existente. Por ello, resulta significativo observar
cómo en la valoración de la oferta programática de
televisión los encuestados coinciden en demandar en primer lugar
más temáticas educativas con un 68,6 por ciento.
Podemos concluir, pues, que la educación constituye la principal
demanda subjetiva de información. Es esta una constatación
paradójica, puesto que este descubrimiento choca claramente con la
verificación del escaso índice de audiencias obtenido por
este género.
No parece suficiente atribuir a la ubicación en la parrilla de este
género la responsabilidad única en el desfase entre el deseo
de más temáticas educativas y la disposición a consumirlas,
aunque la relación sea evidente. Las razones últimas de este
comportamiento paradójico hay que buscarlas también en otras
claves de naturaleza más compleja.
En este sentido parece interesante señalar que las condiciones de
recepción constituyen la clave última de la práctica
comunicativa. Así, la ausencia efectiva de consumo educativo se explicaría
por la falta de una oferta planificada, diversificada y de calidad, pero
también por los costos de esfuerzo que exige la recepción
de este tipo de información.
Una cosa es desear más oferta de información educativa, y
otra cosa muy distinta es estar dispuesto a consumirla de regreso a casa
después de nuestra jornada laboral, o en los fines de semana, en
nuestro tiempo de ocio en general. La recepción de la información
educativa requiere una alta dosis de esfuerzo cognoscitivo, pero además
exige una disposición a canjearla por el consumo de información
recreativa.
Esta misma pauta de interpretación puede ayudar a comprender el mayor
equilibrio existente entre el deseo de recibir más programas de noticias,
que alcanza el 51,3 por ciento, y la audiencia real alcanzada por este tipo
de programas.
La razón de esta diferencia de comportamiento también podemos
hallarla en las condiciones subjetivas de recepción de esta clase
de informaciones. El control aparente del entorno que proporciona el conocimiento
de las noticias se manifiesta como mucho más gratificante, a nivel
inmediato, que la que ofrece la ampliación de conocimientos educativos
sin aplicación inmediata. Pero a nuestro juicio hay que señalar,
aún con mayor énfasis, que la recepción de informaciones
noticiosas proporciona evidentes grados de satisfacción en la esfera
del espectáculo y la distracción, valores dominantes en el
universo del consumo mediático realizado en tiempo de ocio.
Todos somos conscientes de la importancia que tiene para el desarrollo de
nuestras personalidades la formación humanística y cultural,
pero, en el contexto de la lógica de las sociedades desarrolladas
y sus exigencias reproductivas, difícilmente esta necesidad aparece
en primer plano de urgencia. Bien al contrario, la información noticiosa,
cuya recepción se promueve como mecanismo de control de nuestro entorno,
emerge como forma primaria de seguridad psicológica.
Señalemos finalmente que la relación entre la nueva oferta
y la demanda comunicativa se acomoda a una gran variedad de posibilidades
y que en ella se apuntan dos grandes esferas:
1.- En primer lugar, la dominante de las expectativas de obtener información
reproductiva que entronca con el ecosistema mediático dominante,
en el que también se inscribe la oferta suministrada por los nuevos
medios y, en este sentido, el gran público no disfrutaría
de las posibilidades democratizadoras que podrían potenciar las nuevas
tecnologías.
2.- En segundo lugar, la satisfacción de demandas de información
para la acción que alcanza a un grupo reducido de la población
que encuentra en los nuevos medios un repertorio de informaciones reutilizables
en términos de práctica profesional y social, lo que les coloca
en una situación de control del entorno y las decisiones que no obtienen
los nuevos marginados, ni los que se inscriben en los hábitos de
consumo propios de la primera esfera.
Todos los datos manejados en este artículo se deben a una investigación
realizada por un equipo de la Universidad Autónoma de Barcelona,
dirigido por Miquel de Moragas y Emili Prado, en el que también participaron
como investigadores Montserrat Llinés, María Corominas y Nicolás
Lorite. El trabajo fue realizado merced al apoyo de la Dirección
General de Investigación Científica y Técnica (DGICYT)
en lo referente al estudio de los usos sociales de las nuevas tecnologías:
videotexto y teletexto, y con el apoyo de la Dirección General de
Medios de Comunicación Social, en lo referente a los satélites.
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