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Revista TELOS

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Me propuse escribir el libro sin distribuir el texto en la pantalla electrónica como se hace en una página de papel. Creo que es fundamental para la escritura en pantalla procurar abandonar la equivalencia de ésta a una página. En principio es cómodo verla como si fuera una hoja de papel, pues estamos acostumbrados, por nuestra práctica personal y la de siglos, a colocar las palabras en el espacio de una página; pero en seguida comprobamos que los resultados no son tan gratificantes y que las dificultades para leer un texto en pantalla tratado como si lo hubiéramos escrito sobre una hoja son serias.

Liberados de la horma de la página, aparecen unas posibilidades de trabajar con las palabras en la pantalla inalcanzables sobre papel. A estas posibilidades del texto en la pantalla electrónica le he dado el nombre de cinestesia del texto.

La primera con la que se encontrará el lector, nada más entrar en el libro, es la de la dosificación del texto en pantalla. No hay página, no hay papel, no hay necesidad de empaquetar un buen número de palabras en la caja o mancha de una hoja. Mi hipótesis es que para el espacio de lectura de la pantalla el ojo agradece la descarga de la cantidad de palabras que se ofrecen para ser leídas.

A partir de la reducción del texto en pantalla, brotan otras posibilidades que exploro en el libro. Por ejemplo, la libertad de colocación del texto en la pantalla, ya que hay más espacio disponible. El tamaño de la letra. E incluso -observe el lector- no es obligado llenar los renglones de lado a lado: de esta manera, el comienzo o final de cada renglón puede ser discrecional y crearse así relaciones de proximidad entre palabras situadas en renglones distintos.

Las palabras no están impresas, están sostenidas en la pantalla: las sostiene el lector mientras las lee, entre un clic y el siguiente. Cuando las ha leído no pasan al reverso, sino que se desvanecen y vuelven a ser ristras de ceros y unos por los surcos del soporte digital. Creo que es bueno no sólo que el autor se dé cuenta de que no está ante una hoja de papel, sino también el lector, de ahí que en el libro he procurado alejar al lector de la inclinación a seguir viendo la pantalla como una página: por eso utilizo palabras en blanco sobre fondo negro y efectos visuales (fundidos y, en algunos casos, desplazamientos). De esta manera, las palabras llegan del fondo de la pantalla (y no por un lado de la pantalla), permanecen sostenidas el tiempo que marque el lector y se desvanecen en el negro profundo en el que han brillado unos instantes, los suficientes para pasar al lector. La pantalla deja de ser una superficie y adquiere tres dimensiones.

Pero es más, las palabras que el lector tiene ante sus ojos no están condenadas a desaparecer todas ellas para que lleguen otras, como cuando se pasa una hoja de un libro códice. A la acción de un clic, unas se mantienen sostenidas en la pantalla mientras otras desaparecen para dejar lugar a nuevas palabras que encajan en las que permanecen; el texto se va así encadenando y sucediendo con una cadencia que el paso de la página no permite (y que tanto molestaba a los primeros lectores de los libros códice, acostumbrados al deslizamiento de la vista por las columnas del rollo).

Observe también el lector que, desaparecida la horma de la página, me he permitido en este libro que el punto de arranque del texto no sea ya el ángulo superior izquierdo, sino el centro de la pantalla: a un lado y a otro, arriba y abajo de este punto se irán distribuyendo las palabras.

Los estilitas… es un experimento, y llevo estos principios de concepción de la escritura en pantalla a su realización más radical. Dentro del propio libro indico otras posibilidades de escribir en pantalla, siguiendo estos principios, pero sin alcanzar estos extremos. Así el lector verá que para una parte del libro se simula una tableta electrónica y escribo en ella sin aplicar todas estas fórmulas indicadas, aunque, eso sí, bajo la inspiración de los principios aquí defendidos. Quiero así dejar claro que entre ambos extremos hay muchas posibilidades de ensayos y de utilización de estas propuestas de tratamiento de las palabras en la pantalla de acuerdo a la naturaleza del texto, a quien va dirigido, intención del autor… Si en vez de escribir un ensayo, hubiera escrito una narración infantil o una novela, habría utilizado de otra forma y con otra intensidad estos recursos que he denominado cinestesia del texto.

Me propuse escribir el libro sin recurrir a la imagen (sólo hay una en todo el libro). Y lo decidí porque considero que la dificultad mayor está  en componer con estos principios un texto sin la apoyatura de la imagen, que se deja tratar en la pantalla electrónica mucho mejor que el texto. Pero, naturalmente, los planteamientos que defiendo no son incompatibles con un libro que contenga también imagen y sonido.

Por último, he escrito el libro con la intención de que la lectura sea lenta: la concisión de la escritura, la dosificación del texto que aparece en pantalla, los efectos visuales, inducen a leer sin la precipitación a la que tendemos ante una pantalla-página llena de texto.

 

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