| Los sucesos en torno al
suicidio de Jokin, el muchacho que no pudo soportar el acoso
de sus compañeros de instituto en Hondarribia, con manifestaciones
colectivas de dolor, intento de exculpación de compañeros
y profesores y los alegatos contra la violencia en las aulas
pueden terminar pareciendo una sobreactuación similar
a la ritual expresión de dolor en los entierros en los
que el Islam es la religión dominante. Pero a estas alturas
del curso, todavía varios centenares de alumnos viven
esa experiencia iniciática que son las novatadas que
menudean sobre todo en los colegios mayores de nuestras ciudades
universitarias.
Quiero creer que se ha atenuado el tormento
respecto a los años universitarios que me tocaron vivir.
En aquella época, las novatadas comenzaban con el primer
día de curso y sólo se obtenía la veteranía
hacia febrero tras la última prueba, que consistía
en sortear varios baldes de agua helada en el mes más
frío del año, soportar un manteo con rodilla
incluida bajo la manta y agarrar una borrachera que suponía
la reválida definitiva para acceder a la condición
de veterano. Entre aquel primer día y el del chapuzón,
el novato debía soportar todo tipo de vilezas hasta
convertirse él mismo en un gusano. Debía hablar
de usted a los veteranos, hacerles recados, sumergirse en
el ridículo no menos de cuatro o cinco veces diarias,
comerse la sopa salada, los filetes pasados por agua, soportar
mondadientes en forma de cuernos en el cabello, vivir y dormitar
permanentemente aterrorizado ante las ocurrencias de sus compañeros.
En varios de estos colegios mayores tenían a gala alimentar
la leyenda que atribuía a ciertos excesos el fallecimiento
de algún novato.
Quiero creer que con el paso de los años
aquella crueldad se ha ido suavizando aunque solamente sea
por la amenaza de expulsión que planea sobre los "simpáticos
bromistas". Pero lo peor de aquellas historias estribaba
en que la mayoría de las víctimas novatas se
convertían en el curso siguiente en feroces verdugos
tan implacables o más que los que le tocaron en suerte,
enlazándose así un nudo gordiano al que solamente
un tajo seco y cortante podía desliar.
Con ser doloroso, tal vez el episodio
del joven Jokin pueda suponer finalmente el golpe certero
de espada para cortar la espiral de violencia en las aulas.
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