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EDICIÓN Nº 1000

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y realizado por SERVIMEDIA, S.A.



MANUEL MARÍA MESEGUER
Periodista


Acoso

Los sucesos en torno al suicidio de Jokin, el muchacho que no pudo soportar el acoso de sus compañeros de instituto en Hondarribia, con manifestaciones colectivas de dolor, intento de exculpación de compañeros y profesores y los alegatos contra la violencia en las aulas pueden terminar pareciendo una sobreactuación similar a la ritual expresión de dolor en los entierros en los que el Islam es la religión dominante. Pero a estas alturas del curso, todavía varios centenares de alumnos viven esa experiencia iniciática que son las novatadas que menudean sobre todo en los colegios mayores de nuestras ciudades universitarias.

Quiero creer que se ha atenuado el tormento respecto a los años universitarios que me tocaron vivir. En aquella época, las novatadas comenzaban con el primer día de curso y sólo se obtenía la veteranía hacia febrero tras la última prueba, que consistía en sortear varios baldes de agua helada en el mes más frío del año, soportar un manteo con rodilla incluida bajo la manta y agarrar una borrachera que suponía la reválida definitiva para acceder a la condición de veterano. Entre aquel primer día y el del chapuzón, el novato debía soportar todo tipo de vilezas hasta convertirse él mismo en un gusano. Debía hablar de usted a los veteranos, hacerles recados, sumergirse en el ridículo no menos de cuatro o cinco veces diarias, comerse la sopa salada, los filetes pasados por agua, soportar mondadientes en forma de cuernos en el cabello, vivir y dormitar permanentemente aterrorizado ante las ocurrencias de sus compañeros. En varios de estos colegios mayores tenían a gala alimentar la leyenda que atribuía a ciertos excesos el fallecimiento de algún novato.

Quiero creer que con el paso de los años aquella crueldad se ha ido suavizando aunque solamente sea por la amenaza de expulsión que planea sobre los "simpáticos bromistas". Pero lo peor de aquellas historias estribaba en que la mayoría de las víctimas novatas se convertían en el curso siguiente en feroces verdugos tan implacables o más que los que le tocaron en suerte, enlazándose así un nudo gordiano al que solamente un tajo seco y cortante podía desliar.

Con ser doloroso, tal vez el episodio del joven Jokin pueda suponer finalmente el golpe certero de espada para cortar la espiral de violencia en las aulas.

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