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JOSÉ ANTONIO PASCUAL
Miembro de la Real Academia Española y vicerrector de la Universidad Carlos III


La cortés claridad de Fernando Lázaro Carreter

Don Fernando se presentó a las nueve en punto de la mañana del primer día de clase, de un otoñal mes de octubre de 1959. Experimenté en esa primera hora en que estrenaba mis estudios de Filosofía y Letras una indefinible sensación que no había tenido nunca en el bachillerato y que pocas veces la he vuelto después a sentir. La mirada penetrante del profesor controlaba nuestras reacciones, mientras sus palabras organizaban con claridad el contenido de la primera lección de la disciplina, pues aquellos eran tiempos sencillos en que aún no existían unidades docentes ni currículos, sino simples lecciones que daban los profesores y recibían los alumnos, realizando unos y otros acciones tan evidentes y simples como son enseñar y aprender. Y yo, que había optado por estudiar letras sin demasiada convicción, supe después de ese momento que había tenido la suerte de elegir bien; aunque el hecho de que un profesor pujara tan alto en la primera clase debiera haberme hecho temer que podría llegar la ocasión en que todo se viniera abajo, hasta encontrarme un día con el mismo desencanto con que hube de tirar para adelante como pude en aquel colegio que acababa de abandonar, tan parecido a una cárcel.

El tiempo me demostró que hice bien en no temer nada. Y era razonable que así fuera, porque el maestro que comencé a conocer por sus obras, es decir por sus clases, respondía a una idea que conjuga el amor con la libertad, en la forma en que lo explica el anciano director de orquesta de una película de Wadja: "Los que no aman lo que hacen no son libres". El amaba tan profundamente su trabajo como para contagiar a sus discípulos la fuerza del amor por conocer y la consiguiente libertad que ello proporciona. Esa libertad la disfruté a conciencia y apasionadamente, como la mayor parte de mis compañeros, no faltando ni una sola vez a unas clases que convertían el aprendizaje en un apasionante recorrido por los caminos del conocimiento gramatical en todos sus niveles (fonético, morfológico y sintáctico). No hubo un momento en el que me viera tentado a disminuir mi atención a las explicaciones que daba el profesor, en que los contenidos se engarzaban admirablemente con el método científico que permitía acceder a ellos, hasta lograr levantar el edificio de una disciplina con esa rara perfección que los seres humanos explicamos por medio de la música.

En ese camino hacia la libertad había dejado de lado la letra y la sangre de los manuales, así como cualquier otra autoridad que no fueran las razones de los argumentos. Había prescindido además de cualquier forma de pedantería, como la que se esconde dentro de aquellas etiquetas terminológicas que resultan innecesarias. Con esta sencillez introdujo a sus alumnos a lo largo de tres cursos por los entresijos de nuestra lengua, sin perder nunca la cortesía de la claridad y de la polideza del pensamiento, para abrirnos así las puertas tras las que se escondían los mecanismos del lenguaje.

Su clase era el resultado de un plan muy bien concebido, que no termina en la gramática, sino que conducía hasta al comprensión de los textos literarios. ¡Qué esfuerzo hubo de hacer con nosotros! ¡Cuántas incitaciones para que quienes accedíamos a la Universidad con tanto miedo como curiosidad llegáramos a darnos cuenta de que la poesía no era sólo cuestión de sílabas contadas, combinadas con unas cuantas rimas! Ni nuestra preparación ni las condiciones de trabajo, con setenta alumnos en clase, facilitaban sus tareas; pero, ajeno Fernando Lázaro a cualquier forma de desaliento, no le faltó la imaginación para buscar mil soluciones: en forma de clases prácticas, por ejemplo, con las que nos convenció de que teníamos que ingeniárnoslas para aprender a escribir... Cuando se puso a dirigir a unos cuantos jóvenes alumnos una obra teatral, su mirada llegó a perder por unos momentos el brillo de acero que habíamos visto en sus clases, y aunque distante y tensa siempre, empezó a dulcificarse con una escondida alegría que luego he podido entrever tantas veces en ella.

Traer aquí mis recuerdos de las clases de un admirado maestro no significa que me haya pasado desapercibido el valor de su investigación en los campos de la Lingüística y de la Literatura, ni mucho su atención constante por el buen de nuestra lengua. No se me oculta, por otra parte, la trascendencia de su gestión al frente de la Real Academia Española. Pero, aunque todo eso sea importante, y conocido incluso del llamado gran público, no me parece inoportuno destacar la que considero su virtud más digna de ser puesta de relieve: su condición de profesor. El mejor profesor que he tenido, cuya enseñanza no terminó de enseñar la ciencia que profesaba, pues quiso alcanzar esa alta forma de magisterio que consiste en enseñar a enseñar, partiendo de que la exigencia que un maestro tiene con los alumnos ah de ser consecuencia de la exigencia que mantiene consigo mismo.

Lejos ya de los tiempos de aprendizaje salmantinos, tuve estos últimos años la suerte de convivir en la academia con Fernando Lázaro Carreter. Su mirada no había perdido un ápice de su brillo y seguía percibiendo, bajo la máscara que cubre las paliadas formas de la realidad, de las ideas y de las opiniones, tantas cosas que a mí me siguen pasando desapercibidas. Continuaba sin soportar el murmullo de lo banal y lo torpe, sin dejar de mantener despierta su atención a los problemas de su tiempo. En las últimas semanas su mirada fue adquiriendo esa calidez otoña, antes de dar la razón al poeta Jehuda Amikhai, quien, habiendo venido al mundo en 1924, se hubiera considerado joven, de haber sido bosque, pero que, por haberle tocado la condición de ser hombre, se sentía en esa tramo del camino demasiado cansado. A Fernando Lázaro también le pudo al final el peso de su cansancio, reflejado en la mirada triste que trataba de ocultar la última vez que hablé con él, hace algo más de un mes. Me hubiera gustado haberlo podido consolar dándole la seguridad de que, sin haber podido ser él tampoco bosque, la sabia de su enseñanza lleva mucho tiempo corriendo por los vasos de este frondoso soso que forman sus discípulos.

Termino estas líneas, mientras estalla la barbarie en un mundo tan ajeno al de mis recuerdos. Incapaz de librarme de la soledad en que nos deja el maestro desaparecido, se me acumula la tristeza por la sinrazón. Dios mío, ¿qué hacer ante tanto y tan inexplicable dolor?

Tribuna Complutense




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