| Don Fernando se presentó
a las nueve en punto de la mañana del primer día
de clase, de un otoñal mes de octubre de 1959. Experimenté
en esa primera hora en que estrenaba mis estudios de Filosofía
y Letras una indefinible sensación que no había
tenido nunca en el bachillerato y que pocas veces la he vuelto
después a sentir. La mirada penetrante del profesor controlaba
nuestras reacciones, mientras sus palabras organizaban con claridad
el contenido de la primera lección de la disciplina,
pues aquellos eran tiempos sencillos en que aún no existían
unidades docentes ni currículos, sino simples lecciones
que daban los profesores y recibían los alumnos, realizando
unos y otros acciones tan evidentes y simples como son enseñar
y aprender. Y yo, que había optado por estudiar letras
sin demasiada convicción, supe después de ese
momento que había tenido la suerte de elegir bien; aunque
el hecho de que un profesor pujara tan alto en la primera clase
debiera haberme hecho temer que podría llegar la ocasión
en que todo se viniera abajo, hasta encontrarme un día
con el mismo desencanto con que hube de tirar para adelante
como pude en aquel colegio que acababa de abandonar, tan parecido
a una cárcel.
El tiempo me demostró que hice bien
en no temer nada. Y era razonable que así fuera, porque
el maestro que comencé a conocer por sus obras, es
decir por sus clases, respondía a una idea que conjuga
el amor con la libertad, en la forma en que lo explica el
anciano director de orquesta de una película de Wadja:
"Los que no aman lo que hacen no son libres". El
amaba tan profundamente su trabajo como para contagiar a sus
discípulos la fuerza del amor por conocer y la consiguiente
libertad que ello proporciona. Esa libertad la disfruté
a conciencia y apasionadamente, como la mayor parte de mis
compañeros, no faltando ni una sola vez a unas clases
que convertían el aprendizaje en un apasionante recorrido
por los caminos del conocimiento gramatical en todos sus niveles
(fonético, morfológico y sintáctico).
No hubo un momento en el que me viera tentado a disminuir
mi atención a las explicaciones que daba el profesor,
en que los contenidos se engarzaban admirablemente con el
método científico que permitía acceder
a ellos, hasta lograr levantar el edificio de una disciplina
con esa rara perfección que los seres humanos explicamos
por medio de la música.
En ese camino hacia la libertad había
dejado de lado la letra y la sangre de los manuales, así
como cualquier otra autoridad que no fueran las razones de
los argumentos. Había prescindido además de
cualquier forma de pedantería, como la que se esconde
dentro de aquellas etiquetas terminológicas que resultan
innecesarias. Con esta sencillez introdujo a sus alumnos a
lo largo de tres cursos por los entresijos de nuestra lengua,
sin perder nunca la cortesía de la claridad y de la
polideza del pensamiento, para abrirnos así las puertas
tras las que se escondían los mecanismos del lenguaje.
Su clase era el resultado de un plan muy
bien concebido, que no termina en la gramática, sino
que conducía hasta al comprensión de los textos
literarios. ¡Qué esfuerzo hubo de hacer con nosotros!
¡Cuántas incitaciones para que quienes accedíamos
a la Universidad con tanto miedo como curiosidad llegáramos
a darnos cuenta de que la poesía no era sólo
cuestión de sílabas contadas, combinadas con
unas cuantas rimas! Ni nuestra preparación ni las condiciones
de trabajo, con setenta alumnos en clase, facilitaban sus
tareas; pero, ajeno Fernando Lázaro a cualquier forma
de desaliento, no le faltó la imaginación para
buscar mil soluciones: en forma de clases prácticas,
por ejemplo, con las que nos convenció de que teníamos
que ingeniárnoslas para aprender a escribir... Cuando
se puso a dirigir a unos cuantos jóvenes alumnos una
obra teatral, su mirada llegó a perder por unos momentos
el brillo de acero que habíamos visto en sus clases,
y aunque distante y tensa siempre, empezó a dulcificarse
con una escondida alegría que luego he podido entrever
tantas veces en ella.
Traer aquí mis recuerdos de las clases
de un admirado maestro no significa que me haya pasado desapercibido
el valor de su investigación en los campos de la Lingüística
y de la Literatura, ni mucho su atención constante
por el buen de nuestra lengua. No se me oculta, por otra parte,
la trascendencia de su gestión al frente de la Real
Academia Española. Pero, aunque todo eso sea importante,
y conocido incluso del llamado gran público, no me
parece inoportuno destacar la que considero su virtud más
digna de ser puesta de relieve: su condición de profesor.
El mejor profesor que he tenido, cuya enseñanza no
terminó de enseñar la ciencia que profesaba,
pues quiso alcanzar esa alta forma de magisterio que consiste
en enseñar a enseñar, partiendo de que la exigencia
que un maestro tiene con los alumnos ah de ser consecuencia
de la exigencia que mantiene consigo mismo.
Lejos ya de los tiempos de aprendizaje salmantinos,
tuve estos últimos años la suerte de convivir
en la academia con Fernando Lázaro Carreter. Su mirada
no había perdido un ápice de su brillo y seguía
percibiendo, bajo la máscara que cubre las paliadas
formas de la realidad, de las ideas y de las opiniones, tantas
cosas que a mí me siguen pasando desapercibidas. Continuaba
sin soportar el murmullo de lo banal y lo torpe, sin dejar
de mantener despierta su atención a los problemas de
su tiempo. En las últimas semanas su mirada fue adquiriendo
esa calidez otoña, antes de dar la razón al
poeta Jehuda Amikhai, quien, habiendo venido al mundo en 1924,
se hubiera considerado joven, de haber sido bosque, pero que,
por haberle tocado la condición de ser hombre, se sentía
en esa tramo del camino demasiado cansado. A Fernando Lázaro
también le pudo al final el peso de su cansancio, reflejado
en la mirada triste que trataba de ocultar la última
vez que hablé con él, hace algo más de
un mes. Me hubiera gustado haberlo podido consolar dándole
la seguridad de que, sin haber podido ser él tampoco
bosque, la sabia de su enseñanza lleva mucho tiempo
corriendo por los vasos de este frondoso soso que forman sus
discípulos.
Termino estas líneas, mientras estalla
la barbarie en un mundo tan ajeno al de mis recuerdos. Incapaz
de librarme de la soledad en que nos deja el maestro desaparecido,
se me acumula la tristeza por la sinrazón. Dios mío,
¿qué hacer ante tanto y tan inexplicable dolor?
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