¿Qué ha ocurrido para
que las generaciones de jóvenes mejor preparadas en
toda la historia de España (Aznar dixit) estén
siendo sometidas a la humillación de trabajos basura
como única opción de acceso al mundo laboral?
Apenas llegado a la Presidencia del Gobierno el líder
del Partido Popular se mostró orgulloso de la generación
que ese año había salido de las universidades
y escuelas.
Desde entonces, sus expertos en educación se han abocado
a cambiar los planes de estudio que dieron lugar a tales generaciones,
como si se hubieran convertido de pronto en pura chatarra.
Como tantos de mi generación, sufrí un examen
de ingreso a los nueve años, una reválida de
Cuarto, a los 14; la de Sexto, a los 16; el Preuniversitario,
a los 17, y el curso Selectivo de Ciencias, a los 18. Todavía
me sometí a un examen de ingreso en la escuela de periodismo
y me tocó el servicio militar a los 22 años.
Sobreviví pues a los temblores, insomnios y diarreas
que acompañaban como la sombra al cuerpo cada evaluación.
Pese a no creer que todo aquello fuera totalmente necesario
en un mundo tan elitista, no logro entender la aparente dificultad
para acertar consensuadamente con los planes de estudio adecuados
al interés de la masa laboral cultivada que sale ahora
de las aulas.
La paulatina implantación de la enseñanza obligatoria
a edades más avanzadas y su gratuidad trajeron consigo
la bendita masificación de las universidades, a la
que lamentablemente no acompañó una apropiada
puesta a punto del mercado laboral. La eclosión de
nuevas universidades públicas y privadas está
consiguiendo brillantes generaciones de licenciados abocados
a prácticas y becas que lejos de ser temporales se
convierten en situaciones habituales. Se ha dicho que los
deseos frustrados conducen a la melancolía y a este
paso vamos a tener generaciones de jóvenes sobradamente
preparados caminando por el Paseo de los Melancólicos.
¿De qué sirven idiomas,
másters y postgrados si la oferta no precisa más
que conocimientos con nivel de bachillerato? Por supuesto
que sirven, pero debe ser la sociedad la que envíe
mensajes claros de su necesidad que sean acicate y ánimo
para quienes constituirán en el futuro las clases dirigentes
de nuestro país.
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