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Manuel Tapia
"A más riqueza, más
desigualdad". Esta idea constituye uno de los ejes centrales
del libro 'La cara oculta de la prosperidad. Economía
para todos' (Taurus), en el que Joaquín Estefanía,
ex director del diario El País, se detiene a
analizar, entre otros aspectos, los avances tecnológicos
y su repercusión en la sociedad.
El actual director de la Escuela de
Periodismo UAM/El País asegura en el libro que la desigualdad
crea una especie de apartheid que aumenta a medida
que crece la economía. En una entrevista con CAMPUS
DIARIO, Estefanía habla de los grandes grupos económicos
y de sus relaciones con los gobiernos, al tiempo que se muestra
partidario de crear organismos multilaterales que regulen
y gobiernen la globalización para que responda a los
intereses de los ciudadanos.
¿Por qué cuando se trata de dar explicaciones
sobre el origen de un
fenómeno o acontecimiento los teóricos casi
siempre recurren a
interpretaciones economicistas?
Porque la economía lo impregna todo
hoy día. Sin embargo, creo que tenía razón
el viejo Marx cuando decía aquello de que "la
economía lo determina todo en última instancia".
Es muy importante remarcar lo de "en última instancia"
y no en primera instancia. Decir que la ocupación de
Irak por parte de EEUU es para controlar el mercado del petróleo
es reduccionista e incorrecto. Decir que una de las razones
-y no la principal- de esa ocupación es controlar el
petróleo tiene más que ver con la realidad.
Usted afirma en el libro que "todo
poder es una conspiración permanente contra el débil"
y que "cualquier ciudadano es débil respecto a
otros a a alguna situación". ¿Existen respuestas
ciudadanas para afrontar este panorama tan pesimista?
Siempre he creído que cualquiera que
tiene algo de poder -y todos lo tenemos respecto de algo o
de alguien- lo utiliza. Es por ello que las sociedades democráticas
lo son porque tienen contrapoderes que limitan a los primeros.
El pesimismo, que es real, viene del hecho de que hay algunos
poderes (EEUU cuando actúa como única superpotencia,
Microsoft cuando impone su sistema de navegación casi
único, el narcotráfico en algunas zonas del
mundo, etcétera) que son inmensos y tienen un poder
superior al de muchos Estados nación. Por eso es imprescindible
crear organismos multilaterales que regulen y gobiernen la
globalización.
Recientemente, Ignacio Ramonet ha manifestado
que el verdadero poder lo tienen en la actualidad un conjunto
de grupos económicos planetarios y empresas globales
cuyo peso en los negocios del mundo resulta a veces más
importante que el de los gobiernos y los Estados. ¿Comparte
esta reflexión?
Esta pregunta está respondida en las
dos anteriores. Sí y no. Sí, en cuanto que tienen
ese poder e influencia. Y no, en cuanto que ese poder lo practican
"en última instancia" utilizando mediación
políticas, culturales o sociales. Las cosas en este
momento de la historia tienden a la complejidad y son poco
mecánicas.
¿Qué platillo pesa más
en la balanza de la globalización, el de los
factores positivos o el de los elementos negativos?
Depende de los lugares y las coyunturas.
En los países ricos y en parte los emergentes, los
ciudadanos se benefician de la globalización como consumidores.
En los países pobres (sobre todo, África) los
síntomas de la globalización son sólo
un tema de conversación para las élites sofisticadas.
Por otra parte, en todos los países, ricos, emergentes
y pobres, la globalización va acompañada de
un inquietante y exponencial crecimiento de las desigualdades.
De todas formas, el principal defecto de la globalización
es político: es un proceso por el cual las decisiones
que nos atañen a los ciudadanos se toman en lugares
cada vez más alejados de nosotros. Es decir, que sus
efectos pueden ser positivos desde el punto del vista del
consumidor, pero no desde el punto de vista del ciudadano.
Cuando éste se da cuenta de que lo que vota o piensa
cada vez influye menos, las democracias se debilitan. Así
ha nacido el concepto de "democracias irrelevantes"
que acompaña al de globalización.
¿Hasta
qué punto se ve atenazado el poder político
por los intereses del mercado y las presiones de los grandes
grupos empresariales?
En todos los momentos de la historia el poder político
es presionado por el resto de los poderes fácticos.
Estos son algunas veces los poderes económicos; otras,
los poderes religiosos; otras, los poderes militares; y a
veces, los poderes sociales como los movimientos antiglobalización
o los sindicatos.
Usted afirma que la globalización
"hay que domesticarla pero sin
destruirla". ¿Cómo puede ser eso posible?
Insisto: los males de la no globalización son superiores
a los de la globalización. Lo que sucede es que la
globalización, como cualquier otro proceso político,
social y económico, hay que gobernarla para que responda
a los intereses de la gente: para que sea democrática.
La globalización no es una mercancía que deba
desarrollarse bajo lo que algunos llaman la ley natural de
la economía: el mercado. Demasiado mercado mata al
mercado. Esa sí sería una forma de destruirla.
Si tuviera que explicar a un nativo de
la selva del Amazonas en qué
consiste la Globalización, ¿cómo lo haría?
Le diría que la globalización es un proceso
que le permite viajar y saber que el mundo no se acaba en
las fronteras en las que está acostumbrado a moverse.
Que existe otro mapa mucho más extenso, habitado por
seres igual que él. La globalización es, en
definitiva, la interdependencia de las personas y las cosas:
la posibilidad de comunicarlos entre todos.
¿Es la brecha digital un fenómeno
imparable?
Es imparable si no se corrige, si no se toman
medidas para corregirla. Pero el problema no es, en si mismo,
la brecha digital: el uso de ordenadores avanza de manera
imparable por casi todo el mundo. El problema es de qué
sirve un ordenador con Internet a una persona, si ésta
es analfabeta; o si no tiene una línea de teléfono
a la que engancharse. ¿De qué sirve Internet
a una persona que no tiene agua corriente?
"La desigualdad se alimenta de la
riqueza del sistema. A medida que se avanza en los niveles
teórico y económico se retrocede en el aspecto
social". ¿Cabe resignarse ante este diagnóstico?
Aporte alguna alternativa para cambiar esa tendencia.
Votar a Lula en Brasil es no resignarse a que ese país
siga siendo el más desigual del mundo. La primera alternativa
es introducir la desigualdad en la agenda principal de los
problemas que se discuten: no hablar sólo de inflación,
déficit cero o bajada de impuestos. También
de la desigualdad. Y no sólo o exclusivamente por motivaciones
morales, sino porque si las desigualdades siguen creciendo
mucha gente llegará a creer que da igual votar que
no votar, una democracia que un sistema autoritario. Y también
por motivos egoístas de eficacia económica:
si las desigualdades son exponenciales no hay forma de cohesionar
las sociedades ni las empresas; en definitiva, la economía.
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