| No cabe duda. Para Revolución,
la de las comunicaciones. Ni la Francesa, ni la Rusa, ésta
sí que nos ha revolucionado a todos. Sin salir de nuestra
casa, tenemos dos ventanas abiertas al mundo: la pantalla del
ordenador y la pantalla del televisor.
Es más fácil chatear
con Nueva Zelanda que quedar a tomar café con alguien
del barrio. Sabemos más de la operación de unos
niños egipcios que de qué tal sigue de su úlcera
la tía Aurelia, que, ¡válgame Dios!, fue
su cumpleaños y ni la llamé...
Sesudos analistas, descendientes directos
de Cándido, predicen que esta apertura a la información
traerá consigo una consecuente apertura de la mente:
las ideas fluirán a la velocidad de la luz, acelerando
el proceso creativo de la especie; la media del cociente intelectual
se elevará a 160; científicos, filósofos,
en fin, los sabios de todo tipo proliferarán como las
amapolas del campo; el intercambio con otros pueblos, otras
etnias, otras mentalidades, nos harán más sensibles
a lo que nos es común y más tolerantes con las
particularidades.
Todo eso está muy bien, pero parece
que no nos conocen. Es más probable que la humanidad
acople la nueva situación a su comportamiento milenario
que no al revés. El efecto de la mentada Revolución,
por el momento, tiene un carácter más cuantitativo
que cualitativo. Información, mucha. Comunicación,
la que quieras. Pero ¿qué información
y para qué nos comunicamos?
En el pasado, cuando el mundo de cada uno
se reducía a la propia aldea, el interés se
centraba en conocer la vida del vecino: quien cortejaba a
quien, a qué mujer le pegaba el marido, en cuanto se
vendió la finca y si al tío Paco le llevó
las ovejas la riada. Y aprovechar la salida de misa de doce
para acercarse a las mozas.
¿Qué ha cambiado? Los
intereses son los mismos, ha variado el ámbito. Los
romances de una modelo sueca, la paliza propinada a su santa
esposa por un contable japonés, que a Macrino López,
campesino de Chiapas, le arrasara la cosecha el Niño,
ya son parte de nuestra vida cotidiana. Y ligamos como locos
por internet.
Nos hemos convertido en globales,
pero seguimos siendo aldeanos.
|