Puede parecer una observación ridícula,
pero esta tendencia por la derecha está presente en los fetos
y en los recién nacidos durante los seis primeros meses de
vida. De hecho, durante las primeras fases embrionarias se
produce una torsión de la cabeza en este sentido justo antes
del desarrollo del corazón y del plegamiento del intestino.
Intrigado por descubrir si esta preferencia,
que parece desaparecer al cumplir el medio año, deja huellas
en el comportamiento adulto, un investigador de la Ruhr-Universität
Bochum (Alemania) decidió observar a las parejas que se besaban
en lugares públicos de Estados Unidos, Alemania y Turquía.
Dos de cada tres de los 124 pares de
enamorados inclinaban la cabeza hacia la derecha en el momento
de disfrutar del beso. Estos datos no serían más que una mera
curiosidad si no tuviéramos en cuenta la teoría que defiende
este investigador germano. Según el experto, el origen de
este comportamiento reside en la asimetría del cerebro humano.
Aunque anatómicamente son semejantes,
los hemisferios cerebrales tienen funciones diferentes. El
izquierdo, que controla el lado derecho del cuerpo, es la
residencia de la razón, del cálculo y del lenguaje. El derecho
se encarga de dar órdenes a la mitad izquierda del organismo
y en él se "cuecen" las emociones, la intuición y la creatividad.
Numerosos estudios han demostrado que
la percepción no es simétrica sino que todo aquello que es
racional se procesa más fácilmente cuando llega a través de
los órganos de los sentidos que se sitúan en el lado derecho
porque, de este modo, va directamente a la región neuronal
más 'sensata', la izquierda.
Por el contrario, todas las manifestaciones
emocionales e incluso artísticas tienen mejor acogida cuando
'entran' por la izquierda, que está conectada con el hemisferio
derecho. Al inclinar la cabeza hacia el lado derecho en el
momento de besar apasionadamente, la parte que queda más expuesta
al cuerpo ajeno es la izquierda. La interpretación del experto
alemán es que el objetivo de esta "estrategia" amorosa es
que las sensaciones que vienen del otro vayan directamente
al hemisferio menos 'sapiens', al más visceral.
El autor de esta peculiar investigación,
publicada en Nature, afirma que no tiene grandes novedades
para los enamorados y que está seguro de que el romance no
depende de la dirección del beso. Sin embargo, piensa que
sus hallazgos pueden ser útiles para comprender por qué el
ser humano está sesgado hacia la derecha.