Jordi Bascuñana
El colombiano Manuel Elkin Patarroyo es un científico
muy singular. En 1994 recibió el Premio Príncipe
de Asturias de Investigación Científica y Técnica
y cuenta con cerca de una treintena de doctorados 'honoris causa'
concedidos por universidades de todo el mundo.
Su hallazgo más celebrado fue la obtención de
una vacuna sintética contra la malaria y ahora, además
de continuar el desarrollo de ésta, trata de utilizar
la misma lógica con que la consiguió en el descubrimiento
de tratamientos para otras grandes epidemias.
Pero, sin lugar a dudas, lo que hace realmente singular a este
científico, es que, a pesar de tener ofertas multimillonarias
de las principales empresas farmacéuticas del mundo,
decidió donar la patente de la vacuna a la Organización
Mundial de la Salud. Años más tarde, han sido
precisamente problemas económicos los que han mantenido
paradas sus investigaciones, que ahora, poco a poco, vuelven
a ponerse en marcha.
En esta nueva etapa, la Universidad Pública de Navarra,
juega un importante papel, ya que le ofreció la posibilidad
de instalar en sus dependencias una filial de su instituto.
Patarroyo aceptó y en unos meses la nueva sede estará
en marcha. Recientemente, ha participado en un curso de verano
de dicha universidad dedicado al tratamiento de las grandes
epidemias y CAMPUS DIARIO le ha podido entrevistar.
Teniendo en cuenta el rapidísimo
avance que están experimentando la técnica y
la ciencia en la actualidad, ¿es usted optimista con
respecto a la erradicación de las grandes enfermedades
que afectan a la humanidad?
Sí, lo soy. Estoy convencido de que
en 10 años habrá una manera lógica de
desarrollar vacunas contra todas estas grandes epidemias.
Lo que más me preocupa es saber si seremos capaces
de montar las campañas masivas para que la medicación
le llegue a la gente con un coste mínimo y, si es posible,
de forma gratuita. Me preocupa que se planteen polémicas
como la surgida en el Congreso del SIDA en Barcelona. No puede
ser que haya un medicamento contra esta enfermedad pero que
su precio sea inaccesible incluso para los países desarrollados.
No es lógico. Si seguimos así acabaremos teniendo
un mundo en el que convivirán enfermos de primera categoría
y moribundos de tercera, sin ninguna otra opción que
esperar a la muerte.
¿Le entristece darse cuenta de
que un acto como el suyo, el de ceder la patente de la vacuna
contra la malaria a la Organización Mundial de la Salud,
no sea más que la excepción que confirma la
regla en unos tiempos donde lo que prevalece es el interés
económico en todos los ámbitos de la vida?
No, porque estoy convencido de que los que
pensamos así acabaremos triunfando. Tenemos una idea
muy clara, desarrollar vacunas, y un deseo muy limpio: que
le lleguen a toda la humanidad. No queremos ninguna ganancia
más que la satisfacción de resolver el problema
y descubrir el cariño de la gente. La humanidad es
una sola y debemos ser solidarios y ayudarnos todos. No tiene
ninguna lógica el hecho de que la gente llene sus bolsillos
o abulte sus arcas cuando se está muriendo la gente
en otras partes. Todos debemos apoyarnos y seguir la misma
línea de conducta.
Concretamente, ¿cuáles son
y en que medida afectan cada una de estas grandes epidemias?
Las enfermedades infecciosas, que son las
que nosotros estudiamos, matan cada año a 17 millones
de personas. Concretamente, según la OMS, mueren 2,5
millones de personas de malaria, otros 3 millones de tuberculosis,
4,5 de diarreas, 4 de bronconeumonías, 1 millón
más de hepatitis, 1 de sarampión y 1 de SIDA.
Todos estos muertos podrían salvarse si se desarrollara
una vacuna y yo estoy convencido de que eso es posible.
¿En que enfermedades se centran
actualmente sus trabajos?
Sigo trabajando en lo mismo de siempre: la
búsqueda de una fórmula lógica que permita
desarrollar cualquier vacuna. Ahora concretamente estamos
luchando contra la malaria, la tuberculosis, la hepatitis
C y el cáncer de Cérvix, que es una dolencia
que afecta al cuello del útero. El problema es que
está todo casi parado debido a los problemas económicos
que he tenido durante todo este año. En mayo hemos
podido volver a arrancar con el nuevo instituto, ya que el
otro está embargado, y de momento estamos trabajando
de manera muy lenta en Colombia. Aquí en Navarra no
hemos empezado aún, pero espero que podamos hacerlo
en el plazo de unos meses. Sólo nos queda resolver
ciertos problemas de tipo burocrático y logístico.
Recientemente Colombia ha cambiado de
presidente, ¿ha sido positivo para usted este cambio?
¿Han mejorado sus relaciones con el Gobierno?
La verdad es que yo no tenía ningún
problema con el presidente Pastrana. La confrontación
estuvo sólo motivada por una ministra que finalmente
fue cesada. Desde ese momento volvimos a tener financiación
y pudimos retomar el trabajo. El problema es que eso sucedió
ya a finales de noviembre. En ese momento empezamos de cero.
El instituto estaba totalmente embargado y teníamos
que crear uno nuevo. Tengo que aclarar que el embargo no fue
sólo cosa del BBVA, allí todo el mundo fue a
rapiñar lo que pudo: farmacéuticas como Wintrop
o Baxter, los laboratorios franceses de Colombia, las empresas
municipales de Bogotá e incluso los sindicatos de obreros,
reclamaron su parte. Al final todo este problema se traducirá
en dos años perdidos. Con el nuevo presidente tengo
unas relaciones estupendas. Cuando Uribe era gobernador del
Departamento de Antioquía, él me dio el doctorado
'honoris causa' de la Universidad de Antioquía.
¿Se han traducido estas buenas
relaciones en algún tipo de sugerencia de que abandone
el traslado de parte de su laboratorio a Navarra?
No, al contrario, en Colombia todo el mundo
está orgulloso de que traslademos parte del instituto
a Navarra. Podían habérselo tomado negativamente,
pensando que se trataba de una fuga de cerebros o algo así.
Pero no, sólo ha habido admiración hacia la
actitud de Navarra y yo soy el primero en suscribirla. Tanto
el presidente de Navarra, Miguel Sanz; como el rector de la
Universidad Pública de Navarra, Antonio Pérez
Prados; como la alcaldesa de Pamplona, Yolanda Barcina; son
merecedores de todo mi respeto y agradecimiento.
En España, debido al problema planteado
por la ilegalidad de las investigaciones de Bernat Soria con
células madre, se ha recrudecido últimamente
el debate sobre si la ética puede imponer barreras
al desarrollo de la ciencia, ¿cuál es su posición
con respecto a este tema?
Primero quiero dejar claro que no conozco
el caso de Bernat Soria ni soy experto en el tema de las células
madre y por ello pienso que dar una opinión sobre este
tema concreto sería algo temerario. Con relación
a lo de la ética hay una cosa que es evidente: la ciencia
tiene marcado un camino imparable. Es buena, lo que puede
ser malo es el uso que se haga de ella. El problema surge
con los intereses que aparecen alrededor del conocimiento.
Un ejemplo claro de esto que digo lo ofrece lo sucedido con
la energía atómica, que es sin duda uno de los
avances más importantes del conocimiento humano. Sí,
la bomba atómica fue un uso realmente negativo de ella
pero no ha habido sólo eso. Los radioisótopos
han representado un gran avance para el diagnóstico,
para el tratamiento de los cánceres, etc. Desgraciadamente,
lo sucedido con los malos usos provoca que estos grandes avances
pasen casi desapercibidos. Este principio sirve para todo
y no debemos olvidarlo.
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